La Filología es -como diría Borges- un oficio improbable. A nadie resulta útil la fatiga de los libros, la acumulación de ellos, la pasión por las historias. Otras profesiones teóricas, como las Ciencias Exactas (matemáticas) e incluso la Filosofía (ignoro por qué) han encontrado en los últimos años (desde que escribo estas líneas) acomodo placentero en el mercado laboral al más alto nivel, incluidos ministerios y consejos de administración.

Los filólogos, sin embargo, seguimos en la sombra. Condición natural, quizás, pues lo único que le pedimos al Emperador es que se aparte o se mueva, según convenga, para que el sol nos alumbre o su figura nos proteja. Algo cínicos sí que somos.

Estas líneas que ahora escribo son una reivindicación de la Filología en toda regla. Comenzando por su significado: amor a la palabra, philo-logos -o al conocimiento, si es que esto puede ser desligado del verbo.

La historia de la filología reserva, a quien sepa degustarla, algunas de las lecturas más intensamente placenteras y absorbentes que se puedan imaginar. Ya supongo que lo mismo ocurre con los apasionados de la navegación a vela, la entomología precámbrica, la ingeniería de metales dispersos o tantas y tantas otras disciplinas fabulosas, ya que lo importante no es nunca el contenido, sino la pasión, la luz que lo ilumina, la forma en la que nos dirigimos a él o ella.

Los lectores habituales de este blog -y espero que tú, poeta futuro que ahora lo estás leyendo, perdones esta tontería de suponer que tal especie existe de manera colectiva- saben que hay algunos títulos de obras filológicas que para mí son cumbres del espíritu dignas de todo: la historia de la lengua española, de Menéndez Pidal, y los comentarios de Dámaso Alonso a la obra de Góngora, notablemente. A partir de aquí, Nabokov, Gerald Brenan, Ramón, García Gual, y tantos y tantos otros y otras que han admirado el ajeno afán por comprender el mundo nombrándolo y adjetivándolo, que eso y solo eso es, a fin de cuentas, la Filología.

Valga este preámbulo para dar bienvenida al selecto club de mis admiraciones incondicionales al librito «El joven Neruda», del académíco chileno Hernán Loyola. Esta obra reconstruye la biografía literaria y humana de Neftalí Ricardo Reyes -Pablo para sus amigos- desde la infancia hasta el fin del ciclo de escritura de «Residencia en la Tierra». La obra filológica de Loyola tiene de todo: cotilleos de corazón, amoríos y desencuentros; referencias bibliográficas; citas epistolares; investigaciones detectivescas… y todo ello al servicio de una narrativa que pretende, en definitiva, datar y contextualizar adecuadamente los momentos generadores de los poemas esenciales de Neftalí desde «Crespusculario» a la segunda Residencia.

Para quienes no conozcan las circunstancias básicas de dicha trayectoria, baste decir que la peripecia biográfica del Sr. Reyes -Neruda, para sus admiradores- le llevó en todos esos años de Temuco, su localidad natal en Chile, a lugares tan dispares como Rangoon, Colombo, Shaghai, Calcuta, Tokyo, Batavia (hoy Yakarta), Buenos Aires, París, Madrid… «Residencia en la Tierra» tiene –grosso modo- dos etapas esenciales: la oriental, desde 1928 a 1931, cuando Neruda se enfrentó a la más honda y desenfrenada soledad sonora en Birmania y Ceylán -encontrando en ella, sin embargo, la verdadera clave de su personalidad, y un amor como muy pocos; y la europea de 1933 a 1935, cuando residió en Madrid y fue parte esencial y muy dinámica de la Generación del 27. Su amistad con Lorca, Aleixandre, Alberti y otros miembros y miembras de la Edad de Plata es un capítulo indispensable de la historia literaria española. Es más: no se entiende que, por ser chileno, no se incluya de oficio a Neruda en la nómina de poetas españoles de la Generación del 27: tal fue su nivel de integración y afinididad con el colectivo deslumbrante, a pesar de incorporarse al mismo algunos años después de su fecha fundacional, ya que por entonces estaba vagabundeando en Birmania, coqueteando con Josie Bliss.

La lectura de «El joven Neruda», de Hernán Loyola, ofrece detalles y páginas inenarrables, también, sobre otra de las polémicas literarias más divertidas de los siglos recientes: la que enfrentó a Vicente Huidobro -el «moderno», el «vanguardista», el «parisino»- con Neruda -el «romántico. El odio y la inquina de Huidobro y sus acólitos contra Pablo dan lugar a capítulos de historia literaria comparables a la enemistad de conceptistas y culteranos en el siglo XVII, con la salvedad de que si bien Neruda pudiera ser comparado lejanamente a Don Luis -con humildad, pero quizás-, en cambio ni de coña Huidobro llegaría a las canillas de Francisco de Quevedo. Pero la historia es apasionante. La Filología también tiene eso: interioridades, cotilleos, amoríos, rumores… porque los poetas y escritores no son espíritus puros, sino hombres y mujeres de carne y hueso, y se odian y aborrecen con la misma intensidad que hacemos la peseta al hijo de puta que nos adelante por la derecha en un cruce imprevisto.

Estoy seguro de que mi lectura de «El joven Neruda» dará lugar, todavía, a más líneas como estas, que la comunidad mundial de lectores de este blog devorarán con ansia y compartirán instantáneamente en redes sociales. De momento lo dejo aquí, que es muy tarde. Por cierto, la imagen que preside estas notas es la de la Casa de las Flores, en el barrio de Arguelles, Madrid, donde el matrimonio Reyes- Hagenaar (Neruda y Maruca) residió en 1934 y 35, y donde tuvo lugar una buena parte de la vida social y amistosa de los grandes del 27. Es curioso que yo, que he viajado a Rangoon y Ceylán tras los pasos de Neruda, me haya enterado ahora de que tenía otra de sus residencias terrestres a muy pocos kilómetros de la mía, en el barrio de la universidad donde estudié Filología. ¡No se para nunca de aprender!

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