Es como si el Dámaso Alonso comentarista del Polifemo hubiera sido abducido por Kennedy Toole. La originalidad de Pálido Fuego, de Vladimir Nabokov, demuestra la posibilidad de fertilizar cualquier sustrato lingüístico, por muy árido que parezca. Recordemos que Lolita se presenta como la declaración ante un jurado del Humbert acusado de asesinato. En este caso, la trama se articula a partir de los comentarios académicos a un poema que recuerda bastante a La tierra baldía (que no he leído). Sin ningún pudor, Nabokov va introduciendo en los propios comentarios -supuestamente asépticos y eruditos- una trama descacharrante que hace que la sonrisa aflore a nuestros labios simplemente de pensar en el libro.

Llevado por la impaciencia y por la costumbre, he consultado varios artículos wikipédicos para saber más sobre Pálido Fuego, antes de terminar el libro (de hecho, cuando llevo leídas poco más de cincuenta páginas). Ahora comprendo por qué los spoilers se llaman spoilers. Ahora sé lo que va a pasar al final del libro, y aunque eso no disminuye un ápice el placer de la lectura (¿lo aumentará, incluso, sería posible eso?), me apena haber privado a mis deterioradas neuronas de la oportunidad de encontrar por sí mismas la solución al enigma. Espero que me perdonen ofreciéndoles a cambio la de destripar las claves ocultas que conducen a ella, esparcidas por las avenidas del libro como rastros insignificantes -un papelito de caramelo, un manchón de pintura-, junto a los que habría pasado sin darles mayor importancia. Es como si estuviera entablando una relación con una mujer de la que estuviera profundamente enamorado pero supiera por algún arte adivinatoria infalible que me iba a terminar abandonando. ¿Disminuiría eso el placer de cada café, cada paseo por el Retiro, cada revolcón o cada pelea? En absoluto. Es más, lo alumbraría todo con una nueva luz, la de la magia revelada, la del futuro cierto.

Sí: definitivamente reivindico el spoiler. Si un libro o una película no lo resisten, es que no tienen nada más que ofrecer que una respuesta de acertijo o crucigrama. Pero en Pálido Fuego hay mucho, muchísimo más.

Es un libro que ensancha los límites de lo literario, un juego de ficciones entrelazadas cuya última página deja un sabor de altura comparable a la de Cien años de soledad.

Algunas de los episodios están tan bien escritos que se imprimen en la mente de manera cinematográfica. Imposible olvidar las escenas del joven rey Charles Xavier dejando pasar las horas mientras la joven Fleur se aburre igualmente a la espera de un aproximación erótica sencillamente imposible. O las de la fuga de Palacio por túneles subterráneos de canales enfangados «por cuya orilla caminaba un murciélago enfermo como un tullido con un paraguas roto».

Por no mencionar las dos o tres claves sobre lo literario que contextualizan el conjunto:

«Todo esto está muy bien, Charles. Pero, ¿cómo sabe usted que todas esas cosas íntimas acerca de su horrible rey son verdaderas? Y si son verdaderas, ¿cómo se puede confiar en publicar esas cosas personales de gentes que posiblemente todavía viven?

– Mi querido John -contesté suavemente y con insistencia-, no se preocupe de esas tonterías. Una vez que usted lo transmute en poesía, todo será cierto, y los personajes estarán vivos. La verdad purificada del poeta no puede causar dolor ni ofensa. El arte verdadero está por encima del falso honor».

(páginas 216-7 de la edición de Compactos Anagrama)

O dicho de manera más escueta: «la vida humana no es sino una serie de notas a pie de página de una vasta y oscura obra maestra inconclusa» (pag. 274).

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