Mi firme soledad, ¿por qué los ecos
permites que me lleguen, de aquel tiempo
en que no te conocía, hasta la celda
transparente donde me muevo y muero?
Una voz, una canción, quizá una imagen,
golpean mi memoria inesperadamente,
y contra la luz que portan se adensa
la grave tiniebla ya rutinaria.
En este mi desierto no crecerán
nuevos jazmines, pero el aire acerca
de perdidos un perfume que enloquece,
recordándome que fueron para mí
sus pétalos blancos, tus encendidos labios,
la voluntad de azar donde el amor florece.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.