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Poco apreciada por la crítica, «Lunar Park» es para mí una de las mejores novelas de las últimas décadas; y en todo caso una de las más disfrutadas: literalmente el libro no se me cayó de las manos durante los quince días de unas vacaciones, con relectura incluída nada más finalizar la primera.  Desde luego está infinitamente mejor construída que «American Psycho». La considero todo un modelo de construcción narrativa, en el sentido borgiano del término: todo acontecimiento en la fantasía del texto tiene una consecuencia posterior en la historia. Recomiendo que, siempre que se acerque Halloween, leáis «Lunar Park» -si aún no lo habéis hecho, claro.

I.Varias preguntas se plantean tras la primera lectura del texto:

1) ¿Cuáles de los hechos narrados son ciertos?
2) Y éstos, ¿qué relación guardan con la vida de B. E. Ellis?
3) En virtud de las respuestas anteriores, ¿qué cabe esperar de Ellis en el futuro?

Es importante responder a estas preguntas, puesto que «Lunar Park» sitúa su punto de partida en la propia experiencia biográfica del autor. En el primer capítulo, a lo largo de treinta y seis páginas, Ellis repasa su trayectoria vital desde sus primeros pinitos literarios en la escuela superior hasta la fecha inmediatamente anterior a los diez días de vértigo en los que se desarrolla el resto del libro. Toda vez que el autor es un personaje público (o más aún: una personalidad mediática, un icono generacional, un «famoso»), es difícil no creer a pies juntillas lo que se nos cuenta en este primer capítulo. Ellis repasa su trayectoria literaria (desde «Menos que cero» a «Los confidentes») en paralelo a su aventura vital, y ambas resultan ser las de una estrella del rock and roll de las letras: mucho equívoco publicitario, mucha droga, mucho glamour, éxito abrumador y excesivo, numerosos escándalos, bastante cinismo y, en definitiva, una lenta y al parecer inexorable deriva hacia la catatonia tóxica de la cocaína, el alcohol, la heroína y los cócteles medicamentosos.

El ritmo de vida que el escritor confiesa haber llevado durante casi dos décadas le ha llevado en ocasiones al límite de los delirios alucinatorios. Así lo describe el detective al que la editorial le encargó vigilarle durante una gira de firmas:

«Feria del libro de Miami: el escritor se encerró en el lavabo de una librería gritando repetidamente a los preocupados empleados que se largaran. Cuando al cabo de una hora salió, volvió a flipar gritando: «¡Quitadme esta serpiente! ¡Me está mordiendo! ¡La tengo en la boca!» (p. 35) (Nota: todas las citas de páginas siguen la edición española, Editorial De Bolsillo, traducción de Cruz Rodríguez Juiz).

También en este primer capítulo de repaso autobiográfico se sugiere por primera vez una intervención sobrenatural. Hablando del mayor de sus éxitos literarios, «American Psycho», Ellis nos informa de que

«alguien -algo- tomó el control y convirtió a este nuevo personaje [Patrick Bateman, protagonista de «American Psycho] en mi único punto de referencia durante los tres años que tardé en completar la novela. (…) escribí el libro sobre todo de noche, cuando solía visitarme el espíritu de ese loco (…) Cuando comprendí aterrorizado lo que el personaje quería de mí, traté de resistirme, pero la novela se obligaba sola a escribirse. A menudo entraba en una especie de oscuro trance durante varias horas seguidas para luego descubrir que había garabateado otras diez páginas (…) yo me contemplaba la mano con miedo mientras el bolígrafo resbalaba por los blocs de notas… el libro tenía algo… bueno, algo maligno». (p. 23)

Alucinaciones asociadas a estados de toxicidad descontrolada, y posibilidades fantasmagóricas: estos son los dos polos entre los que salta, brilla y chisporrotea la fascinante electricidad narrativa de «Lunar Park». Y ambos están bien plantados sobre la tierra firme de la biografía de Easton Ellis, que les da soporte y credibilidad. Al concluír el primer capítulo tenemos la impresión de haber asistido a una confesión en toda regla, a un ajuste de cuentas del autor consigo mismo, con su trayectoria vital y con el mundo profesional y personal que le rodea. No tenemos por qué dudar de la verdad de unas confesiones tan descarnadas. Quizás además nos haya alcanzado antes de comprar el libro alguna de las informaciones sobre la polémica generada por su publicación; hemos oído que algunos de los personajes reales que aparecen en el texto (¿Keanu Reeves, David Duchovny, Jay McInerney, Jayne Dennis, quizás?) han protestado enérgicamente por la impúdica utilización de elementos de su intimidad en la novela. Pero también se nos ha dicho que el más perjudicado en la exhibición total de trapos sucios es el propio autor, Easton Ellis. Y por si fuera poco, Ellis utiliza las últimas palabras de la suerte de abreviadas «Memorias» que constituyen el capítulo primero para advertirnos que

«hay una cosa que debes recordar mientras tenga el libro entre las manos: todo ocurrió de verdad, todo es cierto». (p. 46)

No podía ser de otra forma; la premisa de que lo que se va a contar es estrictamente cierto es la base misma de la literatura, por muy fantástica que sea. Nadie aceptaría leer una sola página si no creyera que lo que se le está contando es verdad; por eso leemos: para buscar espejos de realidad que nos reflejen y nos revelen. Podemos llegar a admitir que la verdad de lo que se nos cuenta es relativa, subjetiva o incluso alucinatoria, pero de alguna forma tiene que
ser verdad para que sigamos leyendo.
II.

Los hechos objetivos sobre cuya veracidad descansa la trama de «Lunar Park» son:

a) el intento de Easton Ellis de formar una familia con la actriz Jayne Dennis, madre de un hijo concebido el mismo día de la muerte del padre del autor, en la habitación de la casa familiar. Jayne tiene otra hija de una relación posterior, y es la única persona interesada en ofrecer al autor una oportunidad de estabilidad y una luz al final del tunel mortal donde termina el primer capítulo;
b) una serie de misteriosos crímenes cometidos en el condado de Midland, New Jersey, en el verano y otoño de 2004;
c) una igualmente misteriosa serie de desapariciones de adolescentes, sobre cuya suerte la policía no dispone de ninguna pista: ningún cadaver, ningún dato; los chavales simplemente desaparecen. Esto ocurre en el mismo condado de Midland y en el mismo lapso temporal;
d) una serie de episodios alucinatorios inducidos por el consumo excesivo de alcohol, cocaína y medicamentos, operando sobre una mente sobrecargada además por una larga historia de abusos tóxicos.

Estos episodios alucinatorios toman la forma de una prolongada pesadilla que se va complicando a medida que avanza el libro, tanto que a veces nos hace dudar de la posibilidad de que el autor conduzca a buen puerto la trama. Podríamos sintetizar estos episodios como una reedición de «Poltergeist», la película de Spielberg, con la variante de que sólo un miembro de la familia percibe y sufre las anomalías sobrenaturales. La familia protagonista de «Poltergeist» tiene la misma estructura que la de «Lunar park»: padre, madre, hijo adolescente y niña de seis o siete años. Algunos de los elementos paranormales son vividos conjuntamente por el padre y sus hijos, pero por diferentes razones (fantasías infantiles, peripecias posteriores), los niños no están en condiciones de refrendar la veracidad objetiva de los episodios.
III.

Recurrir a factores externos a una obra literaria para juzgarla, es decir, valorarla en función de la veracidad objetiva de lo narrado, es una pobre forma de crítica. La novela debe tener sentido en sí misma; su suerte no puede depender de que determinados hechos narrados en ella sean verídicos. Basta con que sean creíbles.

Esto no es en absoluto contradictorio con lo dicho anteriormente. Exigimos a la literatura que sea verdad para poder entrar en el trance fantástico de la lectura; pero una vez concluída ésta, no habremos disfrutado menos si posteriormente descubrimos que nos han contado una sarta de mentiras. Es más, nos dará casi igual. En esto la literatura se parece mucho al amor: antes de hacerlo nos gusta creer que es real, y después nos basta con haberlo pasado bien.

La novela se debe juzgar únicamente a partir de sí misma, con criterios intratextuales.

Por eso haremos una segunda lectura de «Lunar Park». Es de estas obras que necesitan dos lecturas: la primera para disfrutarla y la segunda para intentar entenderla. La primera produce un goce inocente e infantil, el del puro suspense, el de no saber cómo demonios el autor puede llevar a buen puerto la trama, ni hasta qué grado de irrealidad y horror nos va a conducir. La segunda, un placer cultural e intelectual: descubrir los mecanismos y los puntos de apoyo que permiten que la trama se sostenga. Y, en el caso de «Lunar Park», además, buscar errores en el texto que puedan desvelar falsedades ocultas y, de esta manera, tranquilizarnos si descubrimos que, en efecto, lo que se nos acaba de contar no es verdad, no puede ser verdad.

Tanto si descubrimos algún gazapo, alguna costura por donde se vea la tramoya, como si no, el placer es el mismo: en el primer caso nos alegraremos por haber descubierto que el horror es limitado; en el segundo admiraremos la pericia narrativa del autor y nos maravillaremos una vez más ante la posibilidad de que lo narrado en «Lunar Park», como nos aseguró Ellis al final del capítulo primero, haya «todo ocurrido de verdad, todo sea cierto».

Después de la segunda lectura, yo sólo he conseguido encontrar un dato que puede apuntar a una supuesta falsedad de la trama. Tiene que ver con la concordancia cronológica interna. El padre de Bret murió en Agosto de 1992; el mismo día de la muerte Jayne y Bret concibieron a Robby, que tiene once años en el momento de los hechos. Robby nacería en 1993, luego el 30 de Octubre en el que comienza la novela tiene que ser el de 2004. En las páginas finales, hay un episodio que transcurre en el mes de Agosto posterior, aniversario de la muerte del padre de Ellis. Este Agosto tiene que ser por tanto el de 2005. Pero sucede que la primera edición del libro salió a la venta en ese mismo mes. Esto deja al escritor y la editorial sin tiempo material para escribir, corregir, imprimir y distribuír el libro.

Bien es cierto que el episodio al que me refiero tiene lugar en la fase final de la obra, cuando la realidad y la ficción han perdido sus límites y cuando el propio autor está esquizofrénicamente desdoblado y la novela avanza como una cinta de Moebius en la que no está del todo claro quién es el personaje y quién el autor.
IV.

Terminada, pues, la segunda lectura de «Lunar Park» no hemos conseguido identificar ningún error narrativo que nos permita dar respuestas ciertas a las preguntas planteadas al principio de estas líneas.

Por ello, ahora sí necesitamos recurrir a la investigación extratextual, irnos de navegación por hemerotecas virtuales, exprimir Google en busca de datos que nos permitan seguir confrontando lo narrado en la novela con lo que aceptamos comúnmente como hechos verdaderos y objetivos.

En mi caso, comencé a tirar del hilo buscando referencias de la vida personal y familiar de Easton Ellis y Jayne Dennis. Esto me llevó hasta la página oficial de la actriz, jaynedennis.com. Y allí, en un escueto «disclaimer» encontré la respuesta a la primera y la tercera de las preguntas. Hallar esta respuesta fue tan satisfactorio que no voy de ninguna manera a desvelarla aquí, y además recomiendo encarecidamente a quienes lean esto que sigan con «Lunar Park» el mismo periplo que yo: primera lectura de puro disfrute narrativo, segunda para atar cabos y repasar la trama, y posterior investigación sobre el autor y la novela.

Si lo hacéis así, os garantizo al menos dos semanas de auténtico disfrute literario y varias semanas posteriores de amplia sonrisa interior. Y además, se responde de rebote a la tercera pregunta.

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