Alejándonos del lago, nos adentramos en las callejuelas del barrio comercial (calle Hang Bac y adyacentes, al norte del lago). Aquí sorprendemos todo tipo de escenas a medio camino entre la urbanidad comercial y la vida y costumbres tradicionales de Hanoi. Los contrastes son, como casi siempre, muy fotogénicos. Nadie se molesta por la proximidad de una cámara, y cada cual sigue con su venta, su negocio, su transporte o su espera mientras fotografiamos con toda calma.

La zona situada al norte del lago Hoan Kien es un simpático laberinto de calles y callejuelas donde transcurre el animado espectáculo de la vida comercial, familiar y social de Hanoi. Cada tiendecita es un espectáculo, y no sólo por el género que pueda exhibir, sino por la actividad que en cada momento despliegan las cuatro o cinco personas que viven de ella (y muchas veces, también viven en ella, en el piso de arriba).

Todo el mundo come en la calle; muchas veces en sus propias tiendas (especios a veces de cuatro metros cuadrados saturados de género y con un estrecho pasillo para ir y venir), o sobre la acera, delante del establecimiento. Para ello utilizan unas pequeñas banquetas de plástico (se ven en la primera foto) que son sin duda parte esencial del paisaje del Hanoi urbano. Se plantan en cualquier lado y ya se tiene una terracita. La de la foto es más o menos formal, pero a menudo se ve a alguien que llega con una neverita de refrescos, se sienta junto a ella, dispone cuatro o cinco banquetitas a su alrededor, y ya tiene un baretín al aire libre. ¡Viva la iniciativa privada! Es raro que el turista almuerce en uno de estos lugares, pues es aprensivo y teme la diarrea. Pero animan considerablemente la escena urbana.

Se dice a menudo que las grandes ciudades occidentales potencian el anonimato. Hanoi -capital tradicionalista de Vietnam, muy apegada a modos de vida del pasado- da la impresión de ser un gran teatro abierto en el que todos pueden ser actores y espectadores, simultáneamente. El viajero -cámara de fotos al hombro- se integra en el bullicio de las calles sin mayor problema, y tiene la impresión de que inmediatamente se le considera uno más, turista, desde luego, pero tan digno de respeto como el que más. Esto es muy de agradecer, y desde luego no ocurre en muchos otros países.

Así, nos paramos tranquilamente a fotografiar alguna vieja fachada en la que el contraste de la belleza cosmética y la fachada ruinosa, carcomida por las plantas, llama la atención. O nos admiramos por la pujanza de una buganvilla casi vencida por el polvo urbano, componiendo un cuadro abigarrado de uralitas, anuncios anacrónicos y letreros comerciales. En las terrazas no es raro sorprender a un aplicado ciudadano que lee la prensa ajeno al trajín de las aceras.

O nos adentramos por calles más tranquilas atraídos por el deambular de las porteadoras: mujeres de todas las edades, diminutas y de apariencia extremadamente frágil, que llevan en cestos unidos por un pasador de madera pesadas cargas de piña, castañas, melones o los más variados productos. La clave de su artilugio de carga es la flexibilidada de la madera (¿de yuca, de teca, alguien lo sabe?), que hace que las cestas suban y bajan acompañando el compás del paso de la porteadora, y este vaivén, bien llevado, bien armonizado con el propio paso, hace la carga ligera. Las muy canallas se entretienen, de todas formas, dejando que alguna turista (quinta foto) sostenga un momento su carga, para que compruebe que no es de mentira, que los cuarenta o cincuenta kilos que llevan colgando son bien de verdad.

Capítulo aparte merecen las motos. Son la pertenencia única y valiosa de muchos hombres jóvenes de Hanoi, y los verdaderos glóbulos rojos de la circulación vital de la ciudad. Apenas hay coches en la ciudad. La moto es mucho más práctica. Jóvenes como los que se ven parados en la foto 6 están esperando nuevos clientes o haciendo un alto en la jornada laboral. Su trabajo consiste en asistir a todo tipo de desplazamientos laborales, familiares, de transporte de objetos diversos, emergencias… Son mototaxis, vaya. Cobran unos 3.000 dongs (12 céntimos de euro) por kilómetro. Y viven exclusivamente de transportar vietnamitas, porque ningún turista en su sano juicio se expone al trance de ser transportado en moto a través del vertiginoso tráfico de cualquier ciudad vietnamita, donde no hay más reglas que evitar las colisiones, y todas las demás (ceda el paso, stop, semáforos, circular por la derecha o por la izquierda…) parecen absolutamente desconocidas. Prometo que en mi próxima visita a Vietnam, de todas formas, alquilaré una moto taxi para un paseo aventurero, y grabaré un plano subjetivo de la aventura para deleite de los lectores.

Entre que las motos tienen asientos muy alargados y que los vietnamitas son finitos, no es raro ver tres, cuatro y hasta cinco personas sobre la moto. La disposición familiar suele ser la siguiente: niño pequeño de pie entre los brazos del padre y el manillar, padre conduciendo, niño mediano a su espalda y madre cerrando la fila. Y, si hace falta, hatillo de ropa o bidones de agua por algún lugar. La foto no es tan dramática, pero ilustra el caso más light.

Las fotos siguientes muestran algunos de los quehaceres de los hanoítas. Sentados -o más bien acuclillados- en su curiosa postura (las rodillas totalmente plegadas, el culo casi tocando el suelo, la espalda recta), una mujer pela una especie de castañas que se comen por todas partes; una abuela platica con su nieto; y otra mujer cocina sobre unos ladrillos y casi se asfixia por el humo que, de paso, perfuma toda la calle.

Para finalizar, dos jóvenes paseando en atuendo tradicional por los jardines del Templo de la Literatura, un bonito parque cerrado que hace de oasis de silencio y verdor cuando el bullicio de las calles comerciales amenaza con agobiarnos.

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