Recién editada por Huerga y Fierro, la Antología de Poetas Locos compilada por el profesor y escritor Óscar Ayala es un libro para tener a mano, especialmente en esos momentos de estrés o planicie en los que dudamos de nuestra cordura.

Reúne textos de 101 autores, del Romanticismo a nuestros días, que de alguna forma han entrado -a veces sin regreso- en el brumoso territorio del desorden mental -a veces incluso buscándolo como motor de una creación más singular, más profunda, más personal. A la vista del índice cualquier aficionado a la literatura echará en falta nombres y se preguntará por qué sí están algunos otros. Es inevitable, y hasta positivo: todos llevamos dentro no solo un seleccionador nacional, sino un antólogo literario. El libro puede encontrarse aquí y en la propia librería de Huerga y Fierro, en calle Sebastián Herrera, 9, Madrid; espacio que bien merece la visita.

Este trabajo no pretende de ninguna forma ensalzar la locura, que en muchos casos es una patología muy dolorosa para quien la sufre y para su entorno, sino explorar la frontera entre inspiración y demencia. La cita de Artaud que abre el libro es reveladora: «Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.» Todo un manifiesto. De locos.

La antología nos permite descubrir autores poco conocidos, como Armando Buscarini, Jaques Rigaut, Francisco Matos Paoli o Unica Zührn. También nos muestra el lado demente de otros muy conocidos, como Mark Twain, Herman Melville, Goethe o el mismísimo Juan Ramón Jiménez.

No hace mucho que Litoral publicó su propia compilación, «La Locura: Arte y Literatura«, en la que además de textos se reúnen obras de pintura, diseño, fotografía y poesía visual. Y en el epílogo de su antología, Óscar Ayala cita otras compilaciones sobre el mismo eje. Desde la antigüedad, la creación artística ha sido equiparada a un rapto de locura, un secuestro de musas fantasmales que susurran al oído nuevas combinaciones de versos, colores o notas. Para escucharlas bien, hay que silenciar el discurso propio, compuesto a su vez por multitud de mensajes sociales, claves de comportamiento, códigos de conducta. Enloquecer un poco, vaya.

Y como yo también quiero ser seleccionador nacional, diré que echo de menos a Bukowsky, y a De Quincey, y que no entiendo muy bien, en efecto, por qué está Goethe, a quien en mi ignorancia tengo por una multinacional de la literatura tan sólida y bien engrasada como un Mercedes Compressor. Además de cambios en la alineación, podría contemplarse otra táctica de juego: en vez del ataque alfabético, quizás funcionaría bien una envolvente cronológica para seguir la evolución de los delirios líricos en los dos últimos siglos. Como digo la intención de estas líneas es motivar la lectura, y el debate, en busca quizás de una futura segunda edición de la antología, dentro de algunos años, aunque sólo sea para tener la ocasión de volver a encontrar a gente como Óscar. Según él mismo, en la foto siguiente aparece también «el fantasma de Leopoldo María Panero, agazapado, descojonándose justo detrás de mí y poniéndome cuernecitos….«. Es verdad que hay una sombra extraña a su espalda, en el lado derecho. También estuvieron -estos sí, en carne y hueso- en la presentación Ignacio Gómez de Liaño, Emilio Sola, Jesús Malía y Juan Luis Repullés, entre otros.

De izquierda a derecha, Óscar Ayala, David Domínguez y Silvia Ramos en Huerga y Fierro.

El libro se abre citando a Artaud, y al cerrarlo suena un poco en el cerebro aquella canción de Ketama… 

Haceos con vuestro ejemplar y decidme, ¿quién sobra, quién falta?

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