Aviso: estas notas pueden contener spoilers, es decir, echar a perder elementos de intriga narrativa del texto comentado para quienes no lo hayan leído. En ese caso, se recomienda regresar aquí después de la lectura.

La Serotonina de Houellebecq es uno de los textos fundamentales en lo que llevamos de siglo XXI, aunque por alguna de sus características, según comentaré, enlaza muy bien con finales del XX.

Su estructura es sinfónica, con cinco movimientos bien diferenciados. El primero, un trepidante Allegro Intensissimo, corresponde a las primeras 69 páginas del libro (edición de Anagrama, 2019), y en cuanto a contenido, a la relación del protagonista con su novia japonesa Yuzu. Digo «el protagonista» porque Serotonina es una de esas novelas -como Lunar Park, de Easton Ellis- en la que desde el principio asumimos una identidad total entre el yo narrativo y la figura pública del autor, aunque esto no sea cierto en absoluto (o puede que sí), pero en todo caso constituye un pilar esencial para la credibilidad de cada página: estamos leyendo a Houellebecq, asomándonos a la vida de Houellebecq, creemos, de la misma forma que cuando leemos La máquina de follar estar viviendo la vida de Bukowsky -aunque esto pudiera ser también incorrecto, y algún día se sabrá que Bukowsky fue en realidad un tranquilo aristócrata francés residente en Normandía, que se valió de un pobre vagabundo exboxeador de Nueva Orleans para construir una identidad ficticia, indispensable para la firma de libros y la lectura de poemas alcoholizados. Pero bueno, no nos distraigamos. Hablemos de Serotonina.

El primer movimiento de esta gran novela contemporánea es seguramente el de mayor calidad formal: un auténtico despliegue del vocabulario, inventiva y capacidad de provocación del bueno de Michel. Se diría que quiere expulsar de la lectura a tod@s aquell@s que no puedan o quieran renunciar a sus principios de corrección política a cambio de un buen rato de entretenimiento. Es como un primer examen de capacidad de frivolización, o mejor dicho de humor, sin el cual no se puede ni entender ni disfrutar no solo Serotonina, por supuesto, sino nada de lo escrito por gigantes como Cioran, De Quincey, Baudelaire, Chesterton, Kennedy Toole o Dickens.

En estas primeras páginas hay para todos: racistas, feministas, sexistas, socialdemócratas, fascistas, liberales, artistas y paletos: no deja títere con cabeza, en una galopada alegre y despreocupada sobre todos los iconos de la corrección política, con el único objetivo, se diría, de romper cuantos cristales pueda de la cacharrería social mientras exhibe su portentosa capacidad de literatura pura, es decir, su dominio de la gramática, el léxico y la construcción narrativa.

Este primer movimiento Allegro es largo, e intenso, y por eso deja al lector un poquito agotado, pensando que si todo lo que sabe hacer Michel son estos fuegos de artificios provocadores, escandalosos y gamberros, pues está bien, pero tampoco es para tanto. Al fin y al cabo, la literatura sin vuelo es como el sexo sin amor: una experiencia vacía -claro que Woody diría que como experiencia vacía es una de las mejores. Y en este momento empieza el segundo movimiento.

Es un Adagio, también largo y andante. Se inicia con el tratamiento de. antidepresivo Captorix que el protagonista asume tras desprenderse de la maléfica influencia de Yuzu. Yo sospecho que el tratamiento, en realidad, se habría iniciado antes de la cadena de decisiones que le llevan a alejarse de ella, ya que suele ser así, pero bueno, la novela es la que es. Lo digo porque yo también estuve en tratamiento antidepresivo, con Prozac, allá por la década de los noventa, y sé de lo que hablo. No olvidemos que el título de la novela es Serotonina. Por esto decía antes que enlaza con finales del siglo XX, porque el Prozac es de entonces, y tiene toda la pinta de que Serotonina es una magnífica actualización de una experiencia vivida entonces. Repito: sé de lo que hablo, yo viví esa década, ese tratamiento, sus efectos y su desarrollo. Como tantas otras decenas de miles de europeos y europeas (perdón si el orden no es políticamente correcto, ¿debería ser alfabético?). Pero es una gran novela, en todo caso, y los escritores utilizan legítimamente este tipo de dislocaciones espaciotemporales de sus experiencias, ya que muchas veces no son capaces de comprender lo que les pasa sobre la marcha, como el resto de los mortales, hace falta perspectiva.

En el Adagio de Serotonina, el protagonista (prefiero ignorar su nombre de Florent-Claude, que ni él mismo se cree más allá de las primeras páginas), ya bajo la influencia del Captorix comienza su nueva vida bajo tratamiento, y lo hace revisitando a las personas esenciales de la anterior a Yuzu, amores anteriores (Kate y Claire) y su mejor y único amigo de la universidad (Aymeric).

Es un adagio porque toda la virulencia gamberra y cristalera de la primera parte se vuelve ahora ternura, una ternura que nunca podríamos haber sospechado en un delincuente literario como Michel Houellebecq, una ternura que nos toca y nos llega por el flanco descubierto, que nos sorprende y conmueve, y que desde luego levanta el vuelo espiritual que echábamos de menos al final del primer movimiento.

Citaré solo algunos párrafos de esta parte:

«Habríamos podido salvar al mundo, y habríamos podido salvarlo en un abrir y cerrar de ojos, pero no lo hicimos, bueno, al menos yo no lo he hecho, y el amor no triunfó, lo traicioné, y a menudo, cuando no consigo dormir, es decir, casi todas las noches, vuelvo a oír en mi pobre cabez el mensaje de su contestador: «Hello, this is Kate leave me a message», y su voz era tan fresca, era como zambullirse debajo de una cascada al final de una polvorienta tarde de verano, al instante te sentías límpio de toda suciedad, de todo desamparo y todo mal».

«No creo equivocarme al comparar el sueño con el amor; no creo engañarme al comparar el amor con una especie de ensueño de dos; cierto que junto con instantes de ensueño individual, de pequeños juegos de conjunciones y cruces de caminos, pero que permiten, con todo, transformar nuestra existencia terrenal en un momento soportable, que incluso es, en verdad, el único medio de soportarla.».

No parece Houellebecq, ¿verdad?

Eso sí, el Adagio no deja de recordar, de vez en cuando, la brillantez del primer Allegro, aunque sea con una sola frase de violín fugaz, colorida y definitiva, como cuando dice:

«…una mujer, en el sentido prefeminista del término..»

Este Adagio, en el que el autor parece rendir sus mejores armas de brillantez a favor de una simplicidad casi de novela rosa de transporte público, en aras de una mayor eficacia del contenido, lo cual es un salto mortal muy importante y arriesgado, llega también a su fin cuando el lector se pregunta qué vendrá ahora, y es cuando el protagonista llega al castillo de Aymeric, su aristócrata colega universitario de porros y heavy metal, convertido con el paso de los años en fallido empresario agricultor-ganadero de unas tierras inmensas heredadas de su familia.

No sabría decir con certeza a qué tempo musical habría que adscribir esta tercera parte. Desde luego, a uno sombrío. Es la parte galdosiana, balzaqueña, incluso zolesca, de Serotonina. Nos lleva directamente al conflicto social del campo francés, y nos hace -a nosotros, los españoles, que nos tiran los camiones de fresas- sentir simpatía por los campesinos galos. Sin embargo, la simpatía no queda ahí. Aymeric termina por enfundarse un chaleco amarillo versión rural heavy metal y muere en un tiroteo y bloqueo de carreteras contra los antidisturbios CRS, voluntariamente inmolado en una movilización que no se sabe si tiene más de reivindicación social o de búsqueda personal de la apoteosis de un fracaso que no tiene más recorrido.

Este tercer movimiento parece dejar agotadas las fuerzas de inquietud o solidaridad social del narrador; verdaderamente se vuelca en la comprensión de las razones del colectivo del campo francés, personalizado en su amigo Aymeric. El magnífico dibujo del mismo lo hace creíble, simpático, funciona.

Con la muerte de Aymeric concluye el tercer movimiento, digamos Innominado, de Serotonina.

El cuarto y penúltimo tempo es Montagna Rusa. Ya sé que este tempo musical no existe, pero no encuentro otro para describir el aire. Si en el Allegro inicial Houellebecq intentó (y seguro que consiguió, en gran medida) desprenderse de los lectores adocenados y bobalicones incapaces de elevarse por encima de lo políticamente correcto, en esta cuarta parte intenta lo mismo con los supervivientes, somentiéndonos a una peripecia moral vertiginosa en la que durante algunas páginas cada línea que leemos, casi cada palabra, nos hace sentir cómplices de algo que no quisiéramos vivir, ni siquiera comprender, ni siquiera imaginar. ¿Os acordáis de American Psycho? Pues es algo parecido, pero más fino, más sutil. Una montaña rusa de intriga y narrativa en la que se nos lleva al borde de un abismo en el que ya no es la corrección política, sino la base misma de la moral, la que se pone a prueba.

Afortunadamente, se acciona el eyector de seguridad en el momento preciso, pero nos deja un poso amargo de voyeurs desalmados.

El quinto y último movimiento es, de alguna forma, la bajada en curva parabólica desde la cúspide del cuarto, un lento descenso en paracaídas desde que saltamos eyectados en la página 246 justo antes de un impacto que hubiera sido fatal.

Lo malo es que el vuelo de caída es en vertical a un pantano grisáceo y dudoso del que nada bueno parece emanar. El protagonista de Serotonina (¿Michel, Claude-Florent?) ya ha visitado a todas las personas de su pasado que hubieran podido ayudarle a construir un futuro. No queda más, por tanto, que un lento hundimiento en la soledad, sin esperanza. O bien, claro, desprenderse del paracaídas y acelerar los últimos metros del salto lo suficiente para terminar, de una vez por todas, con todo.

Houellebecq abre la ventana, y de nuevo nos invita a la posición de mirones de un espectáculo tremendo: el inminente suicidio anunciado. Contamos las hojas que faltan para el final -solo unas pocas, ya- pero de todas las ficciones admisibles en una novela escrita en primera persona, la del suicidio no pasa la prueba, no es posible, nadie puede escribir una novela autobiográfica que termina en suicidio, otra cosa sería un diario, quizás, pero una novela que está concebida y presentada desde el inicio como «voy a contaros mi historia» no puede terminar así. Quizás por ello Houellebecq, muy a la francesa, deja el final abierto, en un sorprendente párrafo final con invocación a Cristo incluida, y -por primera vez- con amargo y no irónico lamento por la suerte del mundo y sus habitantes.

El final de Serotonina es una de las dos debilidades de un texto por lo demás magnífico y de gran hondura. Pero un final abierto no es un final. Es un recurso de novelista que se ha metido en tal jardín que no puede hacer otra cosa.

Antes de este final, Houllebecq nos regala una breve pero interesantísima disquisición sobre la literatura, la filosofía, la líbido y el sexo, personalizada en Thomas Mann, Proust y Conan-Doyle, con un cierto y bienvenido aire de repaso o enfoque de la reciente historia cultural desde el punto de vista de la amargura -repito, en las páginas finales Michel parece haber perdido definitivamente la ironía deslenguada del Allegro inicial, no hay alegría, es triste.

Serotonina, entre otras cosas, es una novela sobre la líbido, el deseo, el sexo, el amor y las complejísimas relaciones entre todo esto y mucho más. No en vano los antidepresivos obligan a elegir entre recuperación emocional o líbido; abocan -temporalmente, luego uno se recupera- a la impotencia o a un franco desinterés por el sexo, como si éste fuera incompatible con la salud emocional, cosa que por otra parte se desmiente una y otra vez en el texto, y que alcanza su mayor expresión cuando el Dr. Azote prescribe a Claude-Florent una receta con los números de móvil de tres escorts de toda confianza.

El otro aspecto menos grato de esta lectura es la relativa condescendencia que el autor muestra hacia la pederastia. Podría ser excusable cuando se trata de un juego de palabras o una broma burra, pero en el episodio del ornitólogo alemán ocurre algo más que palabras (aunque todo en una novela sean palabras, claro). Que el protagonista ni siquiera se plantee intentar una acción de denuncia policial para conseguir la detención del pederasta deja peor sabor de boca aún que haber sido capaces de acompañarle en la subida hacia el vertiginoso punto de no retorno del cuarto movimiento. Esto hubiera abierto una línea de acción.

La desesperanza, la desilusión y el escepticismo son algunas de las legítimas herramientas narrativas de un escritor fuera de lo común. Pero quizás si asumiera que ante ciertos comportamientos uno no puede simplemente seguir compadeciéndose no hubiera tenido que dejar el final abierto, ni la ventana abierta.

 

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