Muerte por agotamiento
Moriremos por agotamiento. Un día se manifiesta una minúscula gotera en el techo del baño. Es insignificante, pero exige intervención del seguro. Llamamos al vecino; dice que él no ha sido. Cortésmente le explicamos que la ley de la gravedad está de nuestra parte. Dice que tiene que hablar con su seguro. Pasan siete días. Volvemos a llamarle. Nos enfadamos. Accede a abrir un parte en su compañía. Ésta nos llama a los dos días. Concertamos visita con el perito. El día señalado, diez minutos antes nos llama para cancelarla por asunto familiar grave y concertar nueva cita. Una mañana perdida. Otra. Concertamos nueva cita. El día señalado viene, hace un par de fotos al techo y se va. Dice que nos llamará el pintor. Una semana después, llama el pintor. Concertamos cita. El día señalado llega con dos horas de retraso. Nos pide que validemos la pintura. Está muy bien. Recoge sus cosas y se va. El día siguiente, cuando se ha secado la pintura, al ir a utilizar el inodoro nos damos cuenta de que está rota la bisagra de la tapa. Es obvio que el pintor se subió ahí en algún momento y la rompió sin querer. Le llamamos. No coge. Llamamos otra vez, treinta minutos después. Le decimos que la tapa del inodoro está rota, y muy rápidamente responde casi gritando «¡Yo no he roto nada! ¡Yo llevaba mi escalera! ¡Y usted validó el trabajo». Colgamos. Llamamos a la compañía de seguro para reportar el caso. Toman nota. Pasan los días. No pasa nada. Volvemos a llamar. Toman nota. A los tres días llama un perito para pasar a ver el daño. Este llega puntual a la cita concertada. Levanta la tapa del inodoro y ve que en efecto está rota. «Claro, pero es que el pintor dice que él no ha sido», dice. Se va. Esperamos siguiente movimiento. No pasa nada. Diez días después llamamos a la compañía. Nos dicen lo mismo. Pedimos una dirección de correo para formular una reclamación. Nos lo dan. Escribimos la reclamación formal. Recibimos un correo automático informándonos de que toda reclamación formal que no se presente con el formulario homologado por la Ley 44/2002, de 22 de noviembre, de Medidas de Reforma del Sistema Financiero español, no será tramitado. A estas alturas llevamos cientos de minutos perdidos en llamadas y cuatro mañanas perdidas en visitas de peritaje, reparación o ausencias. Cada llamada es un mínimo de treinta minutos, de los cuales los veinticinco primeros son de conversación con el bot de inteligencia artificial que pide todos los datos posibles, con una voz tan empalagosa que sube el azúcar en sangre. Muchas veces las llamadas se cortan, sin más, y hay que volver a empezar. También hay que soportar lentas torturas musicales.
Así llegamos a la primera fase del agotamiento. Decidimos reparar por nuestra cuenta la tapa del inodoro, y ya está. Pero justo en ese momento recibimos una llamada de la compañía de seguros, informándonos de que el departamento de calidad ha estudiado nuestro caso y decidido reembolsar los gastos en los que incurramos en la reparación. Este gesto nos anima. Esa es la trampa. El trámite para conseguir esto desencadena un nuevo aluvión de llamadas y gestiones. Compramos online una tapa similar a la rota. Cuando llega, contratamos a un freelance para instalarla. Estamos preparando un café mientras el freelance hace la reparación, cuando nos llama para informarnos de que el modelo que han enviado no es el adecuado. Tenemos que devolverlo y volver a contratarle otro día. Le digo que muy bien, que se vaya, que ya le avisaremos. Tengo otro aseo en la casa, así que dejo la tapa rota en el primero, y ya veré si algún día la arreglo.
Y así todo. Cualquier gestión, por ínfima que sea (con excepción de las de compras o contrataciones, claro) raya en lo imposible, se descompone en un millar de ramificaciones diminutas que extienden su red alrededor de nuestras almas, asfixiándolas. Ya sea con las administraciones públicas o con las empresas privadas, siempre es así. Tenemos razón, y nos la dan, pero para conseguir los resultados asociados al hecho de tener razón hay que seguir tal romería de trámites que al final desistimos. También pasa con las opiniones, y con la propia verdad: sabemos que tal o cual noticia es mentira, que tal o cual persona miente, y lo decimos, hablando con un amigo en un bar. Nos interrumpen desde la mesa de al lado, como si estuviéramos hablando con ellos, diciéndonos que no tenemos razón, y que quien verdaderamente miente es otro, mucho peor que el primero. Hay una gran tentación de arrojar el contenido del doble de cerveza a la cara del inoportuno, pero la reprimimos, mascullando un simple «no estoy hablando con usted». El inquisidor no se da por aludido. Sigue recriminándome mis opiniones. Le hago una foto con el móvil. Se enfada. Me dice que le dé el móvil, que borre esa foto. Le digo que esa foto ya está en mi nube de seguridad, y que si hace el mínimo movimiento de agresión estará documentada y le costará una pasta en indemnización. «¡Te daba una hostia, gilipollas…!», dice, echando el brazo hacia atrás en movimiento de revés a lo McEnroe. Llamo a la policía municipal. Les digo que me están amenazando en plena calle. Les doy la dirección. Envían una patrulla. Para cuando llegan los de la mesa de al lado se han ido.
Moriremos por agotamiento. Tenemos razón, hacemos lo correcto y la ley nos ampara, pero dar los pasos necesarios para ejercer cualquier derecho básico se ha complicado tanto que terminaremos por desistir. También desistiremos de establecer la verdad. Aceptaremos pulpo como ángel de la guarda, renunciaremos a la historia, y al futuro, guardaremos silencio para siempre. Nuevas manchitas aparecerán en el techo del baño, pero ya no se lo diremos a nadie.
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