Asisto con mi amigo José Manuel a la presentación de Zeta, nuevo libro en prosa de Manuel Vilas, que en realidad es el primero, como veremos a continuación. José Manuel aparece en la foto junto al escritor, que le firma su libro de poesías completas (de momento).

Mi primer contacto con Vilas fue la compra de Alegría, hace un par de años, atraído por la apabullante unanimidad de la crítica en su consideración. Abrí las primeras páginas, pero algo me distrajo. Está en su lugar alfabético esperando su recuperación, que seguramente no tarde. En mi archivador mental, Vilas fue a engrosar el fichero de «autores de éxito», justamente atribuido.

Hace pocos meses, José Manuel me habló de su buena experiencia leyendo la poesía completa del autor, y como me fío bastante de mi amigo me hice con un ejemplar (en Wallapop, porque todos tenemos límites presupuestarios. Alabado sea). La poesía es mucho más fácil de leer que la narrativa. Uno va a una exposición de fotografías y cada una le dice su cosa, pero si va al cine se supone que tiene que dedicar dos horas de su vida al producto. Es lo mismo con la poesía y la narrativa. Así que leí varios poemas de Vilas con interés y deleite. Entonces le clasifiqué como «poeta de la experiencia», etiqueta que en realidad vale para todos, pues ¿qué verso humano no deriva de una experiencia? El hecho de que el «autor de éxito» fuera también «poeta de la experiencia» le hizo subir enteros en mi aprecio.

Y así llegué ayer a la librería Alberti, donde Vilas presentaba Zeta, acompañado por Valeria Correa y Juan Casamayor, pues el libro se ha editado en Páginas de Espuma. Juan comienza relatando los tiempos de amistad con Vilas en la Zaragoza de los años ochenta, en una facultad de Filología que parece ser ubicua, pues lo que contaban es lo mismo que yo viví en la de Madrid más o menos por la misma época: una pasión por la literatura y la música, una curiosidad insaciable, una búsqueda de la verdad vital que se creía encontrar muchas veces en el fondo de un sol y sombra o en la última calada de un porro, y a lo mejor era cierto, mientras duraba.

Zeta recoge los primeros intentos en prosa del poeta Vilas. Textos que han estado en el cajón hasta el día de hoy, y que la amistad de Juan se ha empeñado en recuperar en honor a unos viejos tiempos que siempre fueron nuevos, que son eternos, pues cada generación tiene los suyos. (No es verdad que ya no se haga música como en los ochenta, ni que haya desparecido su dinamismo cultural, dicho sea de paso. Lo que ocurre es que los que envejecemos dejamos de saber dónde están).

En su presentación, Valeria evocó el tema de la multiplicidad de escritores en una misma persona. El universo mental y literario de Zeta es el de un poeta veinteañero de los años ochenta; el mismo quizás del Emilio Sola en Hijos del Agobio, de Eduardo Haro Tecglen en Pérdidas blancas e incluso del de Felipe Benítez Reyes en El pensamiento de los monstruos (aunque este libro sea mucho más tardío). Un universo de movidas, amistades eternas fluctuantes, decisiones imposibles y juramentos inquebrantables. De barras de zinc y pinchos de mejillones, de grandes amores y mayores aún amoríos.

Hace falta valor para publicar Zeta. Un «escritor de éxito» podría haber prescindido de dar a la luz unos textos que, como el propio Vilas dijo en la presentación, desconcertarán a muchos de los lectores de Alegría o Nosotros. Bromeó el autor diciendo que algunos escritores deberían firmar con un apellido distinto sus trabajos en cada etapa de sus vidas, pues resulta desconcertante que tanto Pobres gentes como El jugador sean de Dostoievski (la segunda parte de la comparación es de cosecha propia). Por eso es valiente la publicación de Zeta. Puede que algunos de los admiradores del «escritor de éxito» vean con otros ojos al Manuel Vilas que también quiso ser Kerouac o Bukowsky (pretensión nada despreciable, por cierto), que hizo hablar a las neveras y sintonizó con Beckett cuando es posible que todavía no supiera de él. En mi caso, la presentación de ayer ha supuesto un encuentro en la tercera fase: tras el «autor de éxito» y el «poeta de la experiencia» he descubierto a la persona, que no es poco, un tipo cercano, directo, gracioso, con el que lamento no haberme ido a tomar unos vinos.

Escribir nunca debe ser una máscara. O sí, pero de manera consciente. La literatura no puede suplantar a la vida. Puede ayudar a entenderla, a hacerla mejor, pero no debe tiranizarla. Los libertarios dicen que el estado es como un mayordomo que toma las riendas de la casa y le dice al dueño lo que puede hacer y lo que no. La literatura nunca puede ser eso, ni rozarlo. Las máscaras están bien, y ha de haber convenciones y géneros para que los autores puedan coincidir con cientos de miles de lectores y sintonizar parte de sus fantasías en la misma frecuencia. Pero más allá de todo debe prevalecer la persona.

Muchos concejales borran sus cuentas de Twitter (lo de X no me acaba de cuajar) cuando salen elegidos. Al publicar Zeta, Manuel Vilas reivindica el derecho a la historia personal en su integridad, a los errores, a la apertura de la trastienda donde se fraguan las joyas que deslumbran en los bailes de palacio pero están fabricadas en humildes y oscuros talleres. Creo que no tardaré mucho en recuperar Alegría.

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