El espectáculo del estruendo
Ayer fui al cine, después de bastantes años. Tenía curiosidad por ver la nueva versión de La Odisea, fascinado por el hecho de que un poema construido hace casi tres milenios siga generando interpretaciones. Elegí uno de esos complejos de salas donde la gente compra sacos de palomitas antes de entrar.
Ya antes de comenzar la sesión sentí cómo vibraban las paredes por la proyección en la sala contigua. Se apagaron las luces, para dar paso al bloque de trailers. El bombardeo de efectos sonoros lacerantes, explosiones de ultratumba, sonidos tan graves que uno no los oye sino que los siente en la tripa y el cerebro fue atroz. Se supone que los trailers ofrecen las secuencias más afortunadas de la película en cuestión, que suele incluir explosiones con diversos motivos: bombas terroristas, accidentes de aviación, carreras de coches, tiroteos y otras secuencias que también en la vida real son estruendosas.
Pensé que merecía la pena pasar ese mal trago para amortizar la compra de entrada, desplazamiento al extrarradio, consumo de combustible y tiempo lejos de mi perrita, así que resistí. Comienza la película. Un bardo golpea el suelo de madera en una taberna helénica, y cada golpe retumba en la sala como el tambor de Satán en el juicio final. Las escenas de la caída de Troya son mucho más estruendosas que cualquiera de los bombardeos actuales en cualquiera de las guerras del mundo.
La cuestión es que estos estruendos superan en mucho lo necesario para trasladar adecuadamente la sensación sonora de la caída de una muralla o el choque de una piedra de gran tamaño contra el agua. En la época de Ulises no se conocía la pólvora, pero da igual: cualquier secuencia, incluso las íntimas, despliega un repertorio explosivo que reduce la mascletá al rango de molesto ruidito en el desván.
En un momento determinado concluyo que el espectáculo cinematográfico no es la historia de la película, sino el estruendo. Piensan que el espectador acude para experimentar la sensación de las ondas sónicas de frecuencias ultragraves desmenuzando su corteza cerebral y sus tripas. Que cuanto más ruido, mejor. Un simple flechazo clavándose en la madera tiene que ser un silbido huracanado que concluya con un golpe tan seco como el de la guillotina cortándonos la garganta.
No sé en qué momento de la civilización la humanidad decidió que el ruido era divertido. Desde entonces, la evolución tecnológica ha puesto a su alcance maquinarias impresionantes para transformar una simple caída de alfiler en un trueno cinematográfico, además de un repertorio inigualable de nuevas fuentes de estruendo: sirenas, cohetes, petardos, motores, obras, cláxones e incluso botes de spray enchufados a una trompeta para producir el sonido más ensordecedor posible.
Tampoco entiendo por qué hay legislación aplicable al volumen máximo con el que uno puede escuchar música en sus auriculares y no la hay para evitarnos la tortura de las salas de cine, habilitando por ejemplo un mecanismo para que cada cual pueda oír la película al volumen que desee, ya que ver cine en pantalla grande sigue siendo bonito, pero no al precio de la salud auditiva, mental y craneal. .
Añádase a todo lo anterior el dato de que yo soy relativamente duro de oído. No quiero ni imaginar lo que supondría una sesión de cine como la que yo sufrí (hasta cierto punto, pues me marché del cine tras la escena del cíclope) para un niño de corta edad.
Decía San Juan de la Cruz que el silencio es el idioma que utiliza Dios para comunicarse con nosotros. El ruido, por tanto, es la estrategia de los demonios para impedirnos escucharle. Que nuestra sociedad (llamarle «civilización» en este contexto sería demasiado benigno) haga del estruendo un espectáculo da mucho que pensar.
La peli bien, por cierto. Cuando la echen en la tele la veré desde el punto donde me marché, incluso si tengo que pagar algo.
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