«Las damiselas y el escritor», de María Abengoa
Las damiselas y el escritor, de María Abengoa, es un libro valioso y valiente; incluso necesario. Después de leer El consentimiento, de Springora, produce la misma sensación de alivio que el visionado de La dama y el vagabundo después de leer Justine, de Sade: volvemos a creer en el amor.
Es interesante desde el punto de vista de la arquitectura narrativa, esa geometría de perspectivas propia de la novela que intenta esclarecer unos hechos a partir de los testigos disponibles. Reconstruye la biografía -aunque sería más justo decir la personalidad– del escritor Ramiro Pinilla con testimonios (que la autora califica de “ficticios”, quizás por evitar complicaciones) de bastantes mujeres jóvenes, que le conocieron y trataron, y de las aportaciones de su pareja de hecho, que es la propia María Abengoa. Ella se enamoró de Pinilla cuando tenía 35 años, y el escritor 70. Dejó a su pareja por él, que la correspondió con un cariño atento hasta el final de sus días, a los 91.
Por alguna razón (y esta es una de las claves del libro), Pinilla tenía un don de atractivo y una sincera capacidad de conexión con mujeres jóvenes. Primera ambigüedad resbalosa: ¿qué entendemos por “jóvenes”? Literalmente hablando, la respuesta es “bastante más jóvenes que él”. De acuerdo, pero ¿mayores de edad? En general, sí. Ahora bien, la propia Abengoa dice en las páginas iniciales que pudo conocer a algunas cuando tenían quince, dieciséis o diecisiete años. ¿Algún problema? Para una mentalidad perjudicada por El consentimiento, desde luego. Pero es aquí donde el libro de Abengoa despliega su vuelo liberador, su tranquilidad reconfortante: ¿acaso un hombre de cincuenta años no puede ser amigo de una chica de quince? Pensar que esto es imposible, y que tal relación debe ser siempre juzgada como presunta pedofilia es tener, como diría el insigne Fiti de Los Serrano, “la mirada sucia”.
De todas formas, el misterio está ahí, y es la razón por la cual Abengoa emprende la escritura de su novela: siempre supo que en la vida de Pinilla había amistades y afinidades con mujeres jóvenes -ella misma comenzó siendo una de ellas. Se refiere al conjunto como “las damiselas”, y las divide en dos categorías generales: chicas problemáticas (familias conflictivas, temperamentos rebeldes…) que encontraban en el escritor una escucha atenta y comprensiva, y mujeres de talante artístico que conectaban con Pinilla por su vertiente literaria. La curiosidad está, una vez más, en el origen de la escritura.
La trama se construye sobre el supuesto encargo a un periodista para que, bajo la excusa de preparar una biografía, contacte con algunas de las “damiselas” que frecuentaron al escritor, para obtener un testimonio lo más veraz posible. Obviamente, si la propia Abengoa se dirigiera a ellas obtendría menos espontaneidad, y quizás menos verdad. A lo largo de las páginas se van sucediendo sinopsis de entrevistas con las damiselas: una bailarina, una actriz, una punki, otra escritora… Cada una va aportando su luz y perspectiva sobre un momento particular de la vida de Pinilla, y entre todas componen un mosaico caleidoscópico en cuyo centro, irradiando simetría y organizando las complejas formas de la belleza, descansa la figura del escritor.
Además de los testimonios-entrevistas, Las damiselas y el escritor contiene también fragmentos de notas escritas por la propia Abengoa en momentos importantes de su relación: al conocerle, al irse a vivir con él, al estar a su lado cuando por fin la sociedad literaria reconoció sus méritos, y en los momentos hospitalarios finales. Creo que cualquier lector estará de acuerdo en que es en estas notas (que Abengoa llama “los cuadernos”) donde late lo mejor de la novela. Los testimonios de damiselas son, desde luego, interesantes, pero es en las confesiones de la autora donde el libro alcanza las más altas cotas de expresividad y hondura. En ellas contemplamos el alma de una mujer enamorada hasta las trancas, agradecida a la vida por haberle regalado sus años de convivencia íntima con el escritor, a quien admira profundamente, no solo por sus cualidades literarias, sino sobre todo por el substrato humano que las fundamenta, que es mucho más importante. La escena final cuando una médico de la UCI la sorprende besando los pies del anciano moribundo (creyendo que nadie la veía) resume, quizás en una sola imagen, este amor.
En un mundo de intereses, sospechas, desconfianza, apriorismos, ideologías totalitarias (en lo social y personal), en el que la “mirada sucia” del Fiti parece haberse erigido en ojo de Sauron que todo lo ve y todo lo mancha, el amor total de Abengoa produce ese bienestar de reencuentro con lo esencial al que me refería al principio cuando decía que su libro es necesario.
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