Hay ciudades españolas de tamaño medio, como Cáceres, Segovia o Toledo, que cada vez están más cerca de la «España vaciada». La degradación de inmuebles en cascos históricos, carísimos de reformar o reconstruir, sujetos a severas normativas; la falta de comercios esenciales y, más recientemente, la demonización del turismo, hace que un paseo por estas pequeñas y preciosas ciudades un día de diario de invierno sea bastante triste, por su vacío y silencio.

Aun así, siempre queda un bar, una plaza o una puerta de parroquia donde la gente comparte conversaciones, cigarrillos y se entretiene como puede. En la España vaciada el problema es esencialmente inmobiliario.

Pero en algunas grandes ciudades europeas, como Berlín o París, la sensación es diferente. Lo que parece deshabitado no son las casas, sino los corazones. La mirada perdida de los jubilados que apuestan algunas monedas en máquinas tragaperras anacrónicas con una cerveza al lado, completamente solos y sin enfadarse por perder; la mirada de súplica del grupo de jóvenes sin techo que siguen el paso de alguien que parece afortunado, como pidiendo no una moneda siendo un poquito de luz; la mirada desesperada pero siempre correcta del cincuentón en paro que nos abre la puerta del restaurante con un vaso de papel en la mano; y la certeza de que todo esto va a más, en un contexto sombrío, bélico y terminal, dejan en el alma una huella de vacío mucho peor que la de las casas desoladas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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