Springora, Cioran, industria y literatura
Hay libros que uno desearía no haber leído. En mi caso, El consentimiento, de Vanessa Springora, best-seller mundial publicado en 2020, es uno de ellos.
He llegado hasta él siguiendo el sinuoso camino que marca este artículo de Vanessa Graell, “Tenemos un problema con Simone de Beauvoir”, publicado en el diario El Mundo el 1 de abril de 2025. En él se explica la incómoda posición de cierta élite cultural francesa en la valoración de una de sus parejas más icónicas, la formada por Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Las revelaciones sobre los numerosos amoríos de uno y otra con jovencitas y jovencitos que se acercaban a ellos fascinados por su prestigio intelectual, y la propia complicidad de la pareja en la gestión y tráfico de estas relaciones, verdaderamente son dignas del autor de La náusea.
Sartre y Beauvoir firmaron en 1977, junto a otros intelectuales como Roland Barthes, Bernard Kouchner, Jacques Derrida, o Gilles Deleuze, un manifiesto a favor de la despenalización de todas las relaciones consentidas entre adultos y menores de 15 años, edad que entonces era la de mayoría sexual en Francia. El promotor de ese manifiesto fue Gabriel Matzneff, el más intenso activista de la pedofilia en la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XX. Él es, también, el protagonista involuntario de El consentimiento.
El texto de Springora narra en primera persona el proceso de seducción y consumación de relaciones entre ella y Matzneff, cuando la primera tenía catorce años y el escritor cincuenta. Hay que decir que su clasificación en el género de novela parece poco apropiada, ya que estrictamente hablando es una perfecta combinación de memorias y de true crime, en el que la propia víctima narra la historia. Toda la fuerza y el valor editorial de El consentimiento radica en la absoluta veracidad de lo que cuenta. Asistimos a una confesión, en cierta forma motivada por un legítimo deseo de reparación espiritual y cultural. El libro no hace ninguna concesión a lo literario, ya que precisamente busca combatir ese sótano de la fantasía escrita en el que las mentes perversas se refugian para justificar sus atrocidades reales. Es más, lo literario es parte del problema de Springora, pues la posición de escritor de prestigio de Matzneff le hace intocable. En un país que adora su idioma como pocos otros y que ubica a sus mejores literatos en lo más alto de la pirámide social, lo literario llega a funcionar como tapadera de lo impresentable. Además, el pedófilo Matzneff utiliza a sus víctimas no solo como compañía sexual, sino como materia prima para sus novelas, convirtiéndolas en personajes de una saga cuyos lectores son cientos de pedófilos onanistas.
Lo realmente impresionante del texto de Springora es la normalidad que la relación pedófila adquiere: la madre (separada) la conoce y consiente, llegando a lamentar cuando ésta termina. Se describen domésticas cenas familiares de madre, hija y escritor amante. El padre se enfurece cuando se entera, pero más allá de esto no hace nada por impedir o denunciar. Los compañeros de instituto de la chica, y la mayor parte del vecindario, saben también que ella se acuesta con el famoso escritor. Técnicamente, es un delito, por la edad de Vanessa, pero nadie hace nada. Sólo hay una persona que, de manera anónima, hace llegar a la brigada de menores de la policía información suficiente para lanzar una investigación, que se lleva a cabo de la manera más displicente posible, evitando molestar demasiado al escritor, y que no da ningún fruto. Quizás el momento culminante de esta consentimiento social generalizado sea la emisión, en fecha tan tardía como 1990, de un número del programa cultural televisivo Apostrophe, dirigido por Bernard Pivot (periodista de prestigio comparable al que pudo llegar a tener José Luis Balbín en la España de la transición), en el que Matzneff defiende públicamente sus hazañas pedófilas, que incluyen viajes a Thailandia para conocer a niños de once años. El periodista y el público asisten con tranquilidad a esta retahíla de abominaciones, y Pivot incluso bromea en algún momento. Únicamente hay una persona en el plató, la escritora canadiense Denise Bombardier, que estalla y se asombra de que un programa como Apostrophe pueda contribuir a normalizar algo que es simplemente atroz. Una extranjera. Ninguno de los franceses o francesas presentes en el plató levantó la voz.
No son buenos tiempos ideológicamente para los nacidos en los años sesenta. Asistimos a un derrumbamiento de mitos generacionales y referencias personales que parece no tener fin. El mecanismo polarizador de la cancelación nos sitúa entre la espada de la moral y la pared de nuestro propio pasado. Hay casos individuales, como los de Polanski o Neruda, relativamente soportables; uno esquiva el conflicto interior refugiándose en la intimidad de la biblioteca, donde la lectura de Residencia en la tierra o el visionado de El pianista nos siguen conmoviendo, más allá de la culpabilidad evidente del director de cine en la violación de Samantha Geimer, o de la del poeta en su crueldad inhumana con su primera mujer y su hija. Quizás adoptamos mayor distancia, quizás pronunciamos aquellas palabras de la adúltera y la primera piedra.
Llevamos peor el reconocimiento de que la estructura ideológica principal de nuestra juventud -es decir, la fe en un sistema de libertades y justicia de ámbito universal- no es ya más que un montón de escombros. Ver al partido político que un día fue onda expansiva de libertades transformado en maquinaria defensiva, utilizando los nobles ideales de antaño como simple marioneta para distraernos de su vacuidad, corrupción y cinismo, no es nada agradable.
Envejecer es un proceso de desengaño, eso ya lo sabíamos, y precisamente por eso tenemos una biblioteca, porque si hay un mundo en el que no podemos dejar de creer sin grave riesgo de colapso integral de nuestro espíritu, es el de la literatura y el arte.
En uno de los pasajes más demoledores de El consentimiento, la adolescente Springora, destrozada emocionalmente tras descubrir que su amante maduro la miente continuamente, decide acudir a visitar, en busca de consuelo, a un “filósofo rumano” de quien conoce su prestigio. Llega a la suntuosa primera planta del edificio donde vive este filósofo, y le abre la puerta su mujer, una viejecita con el pelo azul, que fue actriz en su juventud. Esta llama a su marido: “¡Emil!”. Y, en efecto, el mismísimo Cioran acude a recibir a la inesperada visita. La reconforta con un café, y tras escuchar su desahogo le recomienda que vuelva con el pedófilo, que se pliegue a sus deseos, pues es un gran escritor. “¡Pero me miente todo el rato!”, protesta Vanessa. “La mentira es literatura, querida amiga. ¿No lo sabía?”, sentencia Cioran.
El mal cuerpo que deja la lectura de este pasaje es indescriptible. Ha querido la casualidad que en las mismas fechas en que he llegado a El consentimiento me encuentro leyendo, noche a noche, el enorme libraco de los Cuadernos (1957-1972) de Cioran, en el que se recogen las notas personales que nunca quiso publicar en vida, un diario íntimo en el que se expresa con mucha más sinceridad y crudeza que en sus obras publicadas, que ya es decir. Desde hace algunas semanas, esta lectura nocturna, a razón de diez o doce páginas por día, me calma y produce la misma sensación benefactora que la escucha de un cuento infantil junto a la chimenea cuando tenía siete años. La calidad humana, la hondura espiritual y la sinceridad iconoclasta de Cioran (que no manifiesta precisamente mucho respeto por las élites culturales francesas de las que fue contemporáneo; véanse sus comentarios sobre el propio Sartre) me sirven de refugio en el derrumbamiento, y me hacen creer que todavía hay esperanza.
Por eso, la lectura del pasaje anterior de Springora me sitúa en una disyuntiva en la que empieza a parecerme comprensible el último paso de Stefan Zweig.
Duermo mal. Algo en mí se rebela.
Al día siguiente busco nueva información sobre el episodio, y localizo dos artículos que sostienen que el encuentro de Springora y la familia Cioran nunca tuvo lugar. Son La falsa conversación (Crónica Global de El Español, septiembre de 2020) y Cioran, Sábato y Springora, en el blog de Amira Armenta de octubre del mismo año.
Ambos se hacen eco de algunos detalles de la visita, confrontándolos con otros testimonios sobre la vida y el apartamento de los Cioran en el París de los años 80. El argentino Ernesto Sábato visitó al rumano más o menos por la misma época. Para empezar, Cioran no vivía en una “suntuosa” primera planta, sino en una buhardilla, una de esas “habitaciones de criadas” que coronan muchos edificios franceses. Su mujer no había sido nunca actriz, fue maestra de escuela. Y ella nunca le llamaba “Emil”, sino directamente “Cioran”.
Cuando El Consentimiento se publica, en 2020, Cioran llevaba veinticinco años muerto, y su mujer, Simone Boué, veintitrés. Su nombre es el único que aparece mencionado de forma explícita en el texto, en el que el propio Matzeff aparece siempre como G. M. Desde la tumba, ni Cioran ni Boué pueden desmentir a Springora. Claro que tampoco hay nadie que pueda testificar que el encuentro, si se produjo, fue como ella lo describe. Así que solo queda la opción personal: ¿a quién creer? O, mejor dicho, ¿creemos a Springora, en este pasaje preciso del libro?
El carácter memorístico, confesional y true crime de El consentimiento nos lleva, como decíamos, a creer que todo lo que se contiene en sus páginas es cierto. Si pensamos, en cambio, que es realmente una novela, como dice la solapa, entonces sería ficción, y no solo el episodio de Cioran, sino cualquier otro puede ser inventado. Esto provocaría, a su vez, el derrumbamiento de todo el texto, cuyo poder se basa en la verdad de los hechos.
¿O no? ¿Es El consentimiento un texto ambiguo, mezcla de memoria y ficción, perfectamente trabado para convertirse en el best-seller global que llegó a ser en pocas semanas, con secuela de película incluida? El problema, entonces, no estaría en lo literario, sino en lo editorial. El arte y la fantasía quedarían a salvo, y sería su industria asociada la que resultaría seriamente afectada.
Solo el tiempo parece capaz de aportar, algún día, luz suficiente sobre esta polémica. Matzeff todavía vive, aunque ha sido repudiado por la sociedad cultural francesa. Tiene varios procesos penales abiertos, pero al parecer se archivarán por prescripción. Springora ha publicado, en 2025, En el nombre del padre, un spin-off de El consentimiento dedicado a la figura paterna, siempre ausente, impredecible y violenta.
Decía al principio que hay libros que uno lamenta haber leído. ¡Hay tanta literatura que aporta luz y humor a nuestras vidas, que las mejora y enriquece! El consentimiento me deja varios posos de amargura: por la hipocresía del mundo que describe, por el sufrimiento de la autora y víctima, y por las dudas innecesariamente sembradas alrededor de la figura de uno de los pocos santos varones que quedan en pie en el desolado paisaje cultural de mi vida. Seguiré leyendo a Cioran.
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Estimado Alberto, ha sido sobre todo la última frase de tu artículo lo que ha llamado mi atención e impulsado a poner un comentario. Dices que Cioran es uno de los pocos santos varones que te quedan en pie. Es curioso porque yo pensaba que hoy día ya no quedaba mucha gente para quien Cioran pudiera ser ‘santo’.
Se ha dicho bastante sobre Cioran, no siempre palabras muy felices. Hace unos meses leí el libro de un historiador rumano, Costica Bradatan (Elogio del fracaso), que le dedica una buena parte del libro a Cioran, más concretamente, al ‘fracaso’ de Cioran. Cualquier buen recuerdo de mis lecturas juveniles de Cioran se manchó con la lectura de estas páginas de Bradatan.
Ahora que estoy leyendo una excelente biografía de Cioran, escrita por la rumana Anca Visdei (Cioran ou le gai désespoir) me doy cuenta de que no hay un solo Cioran. Hay varios. La autora dice que se entrevistó muchas veces con Cioran antes de que él cayera en el Alzheimer, y lo descubre como un hombre «encantador e inteligente, un pensador sutil». Es el viejo y enfermo Cioran. Y la autora dice también que no entiende cómo este hombre tan encantador pudo haber escrito lo que escribió en la década de 1930. Era el Cioran joven (que también estaba enfermo) con su «brutalidad y su locura criminal».
Cioran sigue siendo por supuesto una figura interesante, pero menos santo que… ¿oportunista?
Hola, Amira, muchas gracias por tu aportación. Desde luego no hay personalidades simples. Como el mismo Cioran decía repetidamente, «la fama es siempre un malentendido», y la idea que nos hacemos de las personalidades culturales no responde únicamente a la objetividad, sino también a lo que desde un punto subjetivo queremos ver o proyectamos en ellas. Mi observación en este artículo se dirige sobre todo a la veracidad, o no, de la entrevista de Springora con él, momento narrativo de El Consentimiento que a quienes creemos que, a pesar de todo, el balance humano de Cioran y de su aportación a la cultura contemporánea es positivo, resulta tristemente impactante. Es por ello que, en ausencia de pruebas y debiendo optar únicamente en función del instinto personal, prefiero mantener mi crédito en la figura de Cioran. Reitero el agradecimiento a tu comentario, y tomo buena nota de las referencias bibliográficas que indicas, que incluyo entre mis lecturas pendientes para profundizar mejor en esta figura.