Memorias, literatura e industria
(Este artículo debe ser leído después del anterior, Springora, Cioran, industria y literatura).
El segundo de los libros sugeridos por el artículo de El Mundo es Memorias de una joven informal, de Bianca Lamblin, cuyo nombre de soltera (en Francia las mujeres adoptan el apellido de sus maridos en matrimonio) fue Bienenfeld. El título hace referencia a uno de los más famosos de Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal, publicado en 1958. El de Lamblin vio la luz en 1993.
Como en El consentimiento, estamos ante la versión alternativa de una historia erótica narrada, muchos años después de los hechos, por la víctima, aunque en este caso sería más preciso hablar de la otra parte. Lo que lleva a Bianca Lamblin a escribir su libro no es la denuncia de un consentimiento colectivo a la pederastia, sino la necesidad de contar su propia versión de los hechos en una historia de amor triangular entre Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y ella misma. Lamblin tenía 17 años cuando inició su relación erótico-afectiva con Beauvoir, en 1938. Un año después comenzaría otra paralela -no solo consentida, sino también inducida por Beauvoir- con Sartre. En aquel tiempo, Simone era una brillante profesora de filosofía en París, y Bianca una de sus alumnas. No es extraño, escribe Bianca, que algunas alumnas se enamoren de sus profesoras, ni viceversa. Lo que sí es menos frecuente es que se establezca un trío entre alumna, profesora y pareja de ésta. No hay nada que objetar a esta fórmula; es una relación perfectamente posible entre personas mayores de edad (en la Francia de entonces se era mayor de edad sexual con quince años); una modalidad de lo que hoy se denominaría “poliamor” aplicada en el campo de la vida académica juvenil, propensa a la experimentación vital.
Bianca Lamblin nunca hubiera escrito sus Memorias si Sylvie le Bon, hija adoptiva de Beauvoir, no hubiera publicado en 1990 (cuatro años después de la muerte de su madre), las Cartas a Sartre, una colección epistolar en la que Simone expone sin ambages sus sentimientos e inquietudes, dialogando de tú a tú con el amor de su vida, en la intimidad del escritorio. Al conocer estos textos, Lamblin supo que había sido engañada no solo por Sartre, sino también por Beauvoir. Su libro no es una denuncia, como el de Springora, sino una reparación. Es una defensa de su apellido, su trayectoria y su historia.
Bianca descubre, al leer las Cartas, de que la profesora a la que entregó su corazón y su cuerpo no solo propició el encuentro y amorío con Sartre, sino que urdió también la ruptura del filósofo con la joven, concretada en una tenebrosa carta de principios de marzo de 1940. Subyace a toda la historia una resbalosa necesidad de Beauvoir de, por una parte, suministrar al amor de su vida otras relaciones eróticas, quizás para evitar que las encontrase por sí mismo, y por otra controlar los tiempos de ruptura; un esquema de dominación erótico-sentimental triangular, en el que el ángulo más débil es la persona más joven e inexperta. En este caso, Bianca.
Al darse cuenta de todo esto, Lamblin sufrió la conmoción interior que impulsa la escritura de sus Memorias. Digámoslo una vez más: el suyo no es un afán de venganza, sino de reparación, una pura voluntad de dejar constancia de su versión de los hechos, y de sus sentimientos respecto a ellos. Hay en la vida de todos nosotros convicciones esenciales, confianzas inquebrantables en ciertas personas, y cuando éstas, por unas u otras razones, se resquebrajan, la crisis resultante alumbra zonas desconocidas de nuestro espíritu, y esa iluminación es a veces muy positiva y necesaria.
El libro de Lamblin es muy superior, literariamente, al de Springora. Hay en él un despliegue coral de fuerzas sociales bienintencionadas que en El consentimiento brillan por ausencia. Las páginas referidas a la resistencia francesa contra la ocupación alemana en la región de Vercors son asombrosas. Porque las Memorias de Lamblin tienen un eje histórico importantísimo: el auge del nazismo alemán, el antisemitismo exterminador, la segunda guerra mundial y las diferentes posiciones de la sociedad francesa, en sus múltiples estamentos, ante todo ello.
Muchas de las quejas formuladas por Lamblin apuntan a un repliegue de la pareja Sartre-Beauvoir motivado por la condición judía de la joven Bianca. La ruptura del trío tuvo lugar en los mismos meses en los que Alemania invadía Francia. Durante toda la guerra, Bianca no recibió nunca la mínima muestra de interés o preocupación por su suerte de parte de la pareja de intelectuales. Un desapego total, despreciable, que contrasta vivamente con el apoyo de los padres de su futuro marido, Bernard Lamblin, que conociendo los riesgos que en aquellos momentos bélicos podía suponer esposar a su hijo con una judía no dudaron en hacerlo, a la vista del enamoramiento. La sospecha de que la cautela antisemita subyace en la ruptura del trío arroja sobre Sartre y Beauvoir una sombra de infamia que ninguna de sus posiciones progresistas de posguerra puede borrar.
Bianca Lamblin retomó la amistad con Simone de Beauvoir (no con Sartre) hasta la muerte de ella. Pero fue cuando vio publicada sus Cartas a Sartre cuando, dándose cuenta de lo que realmente pensaba de ella, se sintió liberada para contar todo lo que, en otro caso, hubiera permanecido en el ámbito de la memoria personal, una historia de amor con una profesora y su amante, sin más.
Los intereses del mundo editorial también operan en este caso. Beauvoir tenía un interés extremo en el control y conservación de la correspondencia epistolar, tanto de la suya propia como de la de Sartre. ¿Consideraba quizás estos textos materia editorial susceptible de publicación exitosa? ¿Fue eso lo que motivó que su hija adoptiva, Sylvie le Bon, publicara las cartas?
También la relación de la vida con la literatura es un ingrediente esencial de la historia de Bianca. Tanto Sartre como Beavouir transformaron en personajes de sus obras a muchas de sus relaciones de la vida real. La novela La invitada, de Beauvoir, gira enteramente en torno a Olga Kosakiewicz, otra de sus alumnas con las que mantuvo relación, pasándosela también a Sartre, con el “agravante” de que Simone también tuvo lío después con el novio de Olga, sin que ésta lo supiera.
De todo esto resulta una nueva victoria para Cioran: la literatura, desde el Romanticismo a la actualidad, es una tapadera, y solo en los escritos íntimos se manifiesta realmente la naturaleza de la persona.
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