Cioran (pronúnciese “Shoran”) nunca tuvo sentido de la fantasía. Si hubiera aplicado sus prodigiosas dotes literarias al ámbito de lo ficticio, estaríamos ante un autor de la talla de Kafka, Lovecraft o García Márquez. Pero solo le interesaba lo real. Quizás le faltó un tutor literario adecuado, que le hubiera orientado no sólo hacia la filosofía alemana y el racionalismo; una buena lectura a tiempo de Las Mil y Una Noches podría haber cambiado su vida y quizás la historia de la ficción contemporánea.

Esta atrofia del órgano mental responsable de lo fantástico, combinada con su talento, hace de Cioran un color puro, un extremo de rango cromático, un punto cercano al cero térmico absoluto, o al máximo calor posible (ignoro si hay un límite de temperatura por la parte alta, como lo hay por la baja). De la misma forma que el rojo puro se define por la ausencia total de amarillo y azul, la obra de Cioran se entiende por la de fantasía. Por muy inspiradas en hechos reales que se proclamen, las novelas naturalistas son ficciones, como cualquier otra. No hay en toda la obra de Cioran, sin embargo, una sola línea que pretenda levantar una efímera construcción imaginativa, un “érase una vez”. Su obra tiene la pureza y la belleza del diamante en bruto: máxima dureza, máxima transparencia.

Esto se sintetiza en la frase de El aciago demiurgo que Fernando Savater eligió como cita de apertura de su Ensayo sobre Cioran: “Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”. Este afán demoledor, furiosamente triste, recuerda al de Cernuda que quería ver a toda la humanidad con una sola cabeza, para poder cortarla, o mejor, que fuera una sola cucaracha, y aplastarla. Los sueños de Cioran no son los mundos ficticios, sino las pasiones megalómanas de un terrorista del pensamiento, un lobo solitario de las letras, un Sansón cegado que solo pidiera a Dios recuperar su fuerza el tiempo necesario para quebrar las columnas del templo de la cultura y perecer en el hundimiento con todo el resto.

Esta falta de interés en lo fantástico contrasta con uno de sus contemporáneos y compatriotas más notables: Mircea (pronúnciese “Mirsha”) Eliade. Basta leer Medianoche en Serampor o El caso del doctor Honneberger para comprobar que Eliade comenzó por lo fantástico, aunque según cumplía años fue abandonando este sendero en beneficio del estudio de la historia de las religiones, materia en la que llegó a ser máxima autoridad mundial, haciendo de su cátedra en la Universidad de Chicago el epicentro de todas las teorías modernas sobre el particular, con permiso de Joseph Campbell y Solomon Reinach. Claro que la religión es el punto más cercano entre lo indudablemente real (por ejemplo, el hecho de morir) y la inevitable tendencia del pensamiento a encontrar una explicación para todo, aventura en la cual la fantasía es como el olfato para el perro hambriento. Quizás por esto también a Cioran le fascinó lo religioso. Sus lecturas favoritas eran de dos géneros: los místicos, por una parte, y la literatura íntima, por otra, entendiendo por ésta el género que agrupa los diarios y colecciones de cartas de un autor, textos escritos sin destino a la publicación, no concebidos como “obra”, pero finalmente editados, normalmente de manera póstuma.

La publicación, en 1997, de los treinta y dos cuadernos manuscritos que Cioran guardaba en un mueble de su buhardilla parisiense (algunos de ellos con la indicación “A destruir” en la portada), escritos entre 1957 y 1972, le hizo entrar de lleno en el olimpo de este género, o antigénero, mejor dicho, que no adopta (salvo el estilo) ninguna de las convenciones formales de los demás, y da curso simplemente a las ideas y los desahogos de quien se sienta en su butaca favorita y tiene la necesidad de formular sentimientos, de transformar estados de ánimo en frases. Por tanto, aunque se reniegue de ello, lo literario sigue ahí, dispuesto a brillar más que nunca, inesperadamente. También es cierto que estos diarios funcionan como apuntes del natural, notas con buenas ideas que más tarde pueden ser reformuladas en un libro destinado a publicación.

Entre las notas de los Cuadernos de Cioran hay abundantes referencias a la literatura, el oficio de escribir y los géneros literarios. Su compilación podría recordar a El horror sobrenatural en la literatura, de H. P. Lovecraft: un auténtico manual para uso y disfrute de practicantes del escalofrío, o, en el caso de Cioran, del desprecio.

En todo caso, hay consenso unánime sobre la calidad de la prosa de Cioran, tanto más admirable por no ser su lengua materna. Sus rasgos principales son una precisión tan temible como un láser de alta frecuencia, una contundencia tan irrebatible como un martillo pilón y, curiosamente, una ironía tan fina como una cuchilla de afeitar.

Voy a copiar a continuación algunas de las sentencias de los Cuadernos referidas a temas literarios, sin resistirme a otras de corte puramente metafísico, e incluso algunas que podrían figurar en un guión de Seinfeld o en una viñeta de Chumy Chúmez, por su ácido humor negro. Pues, aunque no tuviera fantasía, Cioran sí que tuvo sentido del humor, tan picante a veces como ese tabasco de las hamburgueserías que reta a los comensales a probarlo, ofreciéndoles la hamburguesa gratis si lo resisten. Vamos allá:

Leída la autobiografía de Ignacio de Loyola. Cualquier conquistador parece un abúlico a su lado.

Podría devorar todos los días un libro de recuerdos. Me gusta devorar vidas.

En materia de prosa no existe ninguna regla.  Sí, ser parco en adverbios.

El hombre sólo tiene realmente la sensación de superarse cuando medita alguna mala acción.

A alguien que me pregunta por qué no vuelvo a mi país, respondo: “De los que conocí, unos están muertos, los otros están peor”.

Detesto la literatura propiamente dicha, la que no es más que ejercicio, oficio.

Hay que escribir sin pensar en el pasado ni en el futuro, ni siquiera en el presente; hay que escribir para aquel que, sabiendo que va a morir, todo está suspendido para él, excepto el tiempo en el que se desarrolla el pensamiento de su muerte. Y es a ese tiempo al que hay que dirigirse. Escribir para gladiadores...

Entre los escritores, todos son aficionados, excepto los enfermos y los desgraciados.

Todo lo que puede ser comprendido no merece serlo.

Todo es cuestión de distancia: desde dónde vemos un problema.

Cualquier acontecimiento tiene como causa y como efecto un malentendido.

No leer a los escritores de los que se habla. Leer únicamente por necesidad y por casualidad, como venga. Más vale leer por gusto a un autor anticuado que por esnobismo a uno de moda.

Discernir, cuando se lee un libro, si procede de una necesidad interior o solamente del trabajo: esa debería ser la función del crítico. Pero como la mayoría -en verdad, la cuasi totalidad- de las obras son fruto de la aplicación, el crítico está demasiado acostumbrado a ellas para poder percibir las excepciones.

Nada es más desecante y más fútil que la persecución exclusiva de la “idea”. Lo insignificante debe tener derecho de ciudadanía, tanto más cuanto que es a través de ello como se accede a lo esencial. La anécdota está en el origen de cualquier experiencia capital. Por eso es mucho más cautivadora que cualquier idea.

Salvo los muy grandes, todo el mundo se emplea en inflar un texto o una pieza de música.

El “estilo” es la mentira misma.

Tuve la ingenuidad de creer, como Valéry, que el lenguaje lo era todo. No, el lenguaje no lo es todo, no es casi nada. Si se tiene algo que decir, se dice y sanseacabó. La búsqueda de la elocuencia es una de las empresas más ociosas que existen.

Es más fácil deshacer que hacer. Esto explica el mal y, en último término, la muerte.

En fin, podríamos continuar varias páginas con referencias como estas, pero las anteriores bastan para hacerse una idea de la posición literaria de Cioran y de la calidad de su prosa.

Para la redacción de este artículo, además de los Cuadernos, he tenido presente el Ensayo sobre Cioran de Fernando Savater, así como Manía epistolar. Cartas escogidas 1930-1991, selección de la correspondencia personal del rumano publicada por Taurus en 2025. Encuentro al final de este libro varias cartas dirigidas a Friedgard Thoma, una admiradora alemana de treinta y cinco años que entabló con el escritor, entonces de setenta, una tórrida relación epistolar, incendiada por alguna foto que ella incluyó en el sobre postal. Así que Cioran, insensible a la fantasía literaria, sucumbió como cualquier otro a la amorosa, tanto como para culminar la relación epistolar con otra presencial durante cuatro meses, aprovechando una ausencia de su mujer, Simone Boué. Esta relación recuerda la de Alberti con Beatriz Amposta, y otros escritores al borde de la ancianidad con mujeres mucho más jóvenes. La correspondencia completa entre la pareja fue publicada por la propia Thoma en 2001. Ver al destructor Cioran babeando de amor resulta curioso:

Usted se ha convertido en el centro de mi vida, la diosa de un hombre que no cree en nada, la mayor felicidad y la mayor desgracia que he tenido. ¿Oder? Cuando usted pronuncia esa palabrita, aun muerto resucitaría de inmediato.

Después de varios años enfermizos, la música y la poesía han vuelto a mi vida gracias a usted.

¡Poderoso Eros, y fantástico poder de Venus, capaces de transformar el desierto cerebral de un terrorista metafísico en un jardín rococó! Este artículo de Nuria Azancot contiene más información sobre el romance de Emil y Friedgard. La foto de portada de este artículo es de ambos en París, en 1985.

¿Quién sabe? Quizás dentro de algunos siglos, o milenios, Cioran sea un personaje legendario, y las generaciones futuras duden de su existencia real, como nosotros de la de Homero. Se cumpliría, así, una paradójica y bellísima victoria de lo fantástico sobre lo real, tampoco de extrañar, por otra parte, ya que ambos son como el Ying y el Yang, el frío y el calor, o el amor y el odio: dos caras de la misma moneda, dos manifestaciones inseparables de la misma fuerza vital. Solo que el paso del tiempo siempre juega a favor de la fantasía.

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