2025 ha sido, para mí, el año de Jack Kerouac. Todo comenzó con la enésima escucha de esa canción ultrasensorial que es Cleaning Windows, de Van Morrison, que contiene el verso “Kerouac’s Dharma Buns and On the Road”, lecturas que el anónimo limpiaventanas de la canción, feliz con su trabajo, frecuenta en sus ratos libres. Entonces recordé con agrado mi lectura de En la carretera en los años universitarios, en aquella edición de Losada barata, perfecta y entrañable, y lo bien que lo pasé. Ok, pero, ¿Dharma Buns? El verso de Morrison citaba en primer lugar a esta otra novela de Jack, antes que a la mítica On the road. La traducción de este título es, por una vez, y sin que sirva de precedente para Borges, mucho más bonita en castellano que en inglés: Los vagabundos del Dharma.

Combinar en una misma frase un término tan contemporáneo como “vagabundo”, nítidamente americano, heredero de Twain y de London, con el concepto budista del “Dharma” (que según la Wikipedia, significa ‘ley cósmica y orden’, y también se aplica a las enseñanzas de Buda dadas para alcanzar el nirvana, la liberación definitiva) es de una audacia parecida a la metáfora de Raymond Chandler cuando dice que cierto gángster “pasaba tan desapercibido como una tarántula en un plato de natillas”.

Los vagabundos del Dharma es la novela hippy por excelencia, o más precisamente, la que más y mejor inspira el movimiento, pues su año de publicación es bastante anterior a la eclosión mundial de la paz y el amor. Se publicó en 1958, diez años antes de que John Lennon y Yoko Ono se hicieran las famosas fotos en bolas en su lujoso apartamento de Montagu Square. La novela de Kerouac es a mayo del 68 lo que el Big Bang a un atasco en la M-30, aunque entre los dos últimos hayan pasado cientos de miles de millones de años y entre los dos primeros apenas diez. Cosas del tiempo.

De Kerouac se puede decir lo mismo que Luis Antonio de Villena dice sobre Óscar Wilde:

            “hay en él un canto al esplendor de la vida en libertad, al gozo de sentir misericordia, a la claridad del amor (sea del lado que sea), y sobre todo un afán de felicidad, de hacer del mundo un paraíso de júbilo, una tal exaltación de todos los sentidos, siempre luminosa…” (en Máscaras y formas de fin de siglo, 1988, p. 82).

 

En Los vagabundos… no hay resentimiento, ni denuncia social, ni argumentos contra la pobreza y la injusticia, ni lucha de clases, sino un plan para alcanzar la sabiduría a través de la libertad absoluta y el encuentro con la naturaleza. La mayor parte de la acción transcurre en espacios naturales cuyas descripciones quitan el hipo, y con los que el autor establece un puente de comunicación espiritual de intensidad megatónica. Creo que ninguno de los escritores románticos que tanto amaron lo salvaje llega a las cotas de inmersión y fascinación por la naturaleza que alcanza Kerouac:

           «Una tarde, cuando contemplaba las ramas más altas de estos árboles inmensamente altos, empecé a notar que las ramitas y las hojas de sus copas eran felices danzarinas líricas contentas de que les hubiera tocado estar allí arriba, con todo aquel murmullo del árbol balanceándose debajo de ellas, un árbol que bailaba y se mecía en un movimiento enorme y comunal y misteriosamente necesario, y así flotaban allí en el vacío expresando con el baile el significado del árbol. Noté que las hojas parecían casi humanas por el modo en que se doblaban y luego se alzaban y luego iban de un lado a otro líricamente. Fue una visión disparatada, pero hermosa. Otra vez, debajo de esos árboles, soñé que veía un trono púrpura todo cubierto de oro, con una especie de Papa o Patriarca Eterno en él, y Rosie por allí cerca, y en ese momento Cody estaba en la cabaña charlando con unos amigos y parecía que se encontraba a la izquierda de esta visión como una especie de arcángel, y cuando abrí los ojos, vi que se trataba simplemente del sol que me daba en los párpados. Y como decía, estaba aquel colibrí, un hermoso colibrí azul bastante pequeño, no mayor que una libélula, que se lanzaba en picado silbando sobre mí, diciéndome sin duda hola, todos los días, normalmente por la mañana, y siempre le contestaba con un grito devolviéndole el saludo. Finalmente empezó a asomarse por la ventana abierta de la cabaña, piando y zumbando con sus frenéticas alas, mirándome con unos ojillos redondos, y luego, zas, se iba. ¡Aquel colibrí! ¡Un amigo californiano…! Con todo, a veces tenía miedo de que se lanzara directamente contra mi cabeza con su pico tan largo como un alfiler de sombrero. También estaba aquella vieja rata merodeando por el sótano de debajo de la cabaña, y era conveniente tener la puerta cerrada por la noche. Mis otros amigos eran las hormigas, una colonia de ellas que querían entrar en la cabaña y llegar hasta la miel («Llamando a todas las hormigas, llamando a todas las hormigas. Hay que entrar y conseguir la miel», cantó un niño en la cabaña uno de aquellos días), así que fui hasta el hormiguero e hice un camino de miel que se dirigía al jardín de atrás y durante una semana disfrutaron de aquella nueva veta. Incluso me arrodillaba y hablaba con ellas. Había flores muy bonitas alrededor de la cabaña, rojas, púrpura, rosa, y hacíamos ramilletes con ellas, pero el más bonito de todos fue el que hizo una vez Japhy sólo con piñas y agujas de pino». (pp. 175-6 de la edición de Anagrama, 2019)

 

Sentir una comunión empática trascendente con los árboles y los pájaros no es algo infrecuente, pero hacerlo con las ratas y las hormigas es prueba de un franciscanismo de pura cepa. Otros párrafos de la novela recuerdan a Caspar Friedrich, o al agente Cooper aspirando el perfume de los abetos Douglas:

          «Llegaban viento y niebla del Pacífico, los árboles se doblaban profundamente y bramaban. Desde la cima de la colina no se veía nada excepto árboles, árboles, un mar rugiente de árboles. Era el paraíso.» (p. 162).

 

Puede que en las citas anteriores haya un punto naïf, un algo “flipado”, pero es que eso es precisamente la esencia del movimiento hippy. Sobre todo, lo que hay en Kerouac es una corriente de pensamiento continuo, el famoso “monólogo interior” que buscaron como la ciudad de El Dorado todos los escritores desde finales del siglo XIX, desde Proust a Beckett pasando por Joyce y Luis Martín Santos, y que finalmente encontró este norteamericano de Massachussets, capaz de escribir en rollos kilométricos de papel de teletipo para evitar la pausa mental de cambiar de hoja en la máquina de escribir. Por eso Truman Capote se refería a él irónicamente no como “escritor”, sino “mecanógrafo” (“typewriter” en vez de “writer”). Claro que Gore Vidal vengó justamente a Kerouac al comentar que la muerte de Capote significaba “un paso brillante en su carrera”.

La peripecia vital y literaria de Kerouac, junto a la de otros miembros de la Generación Beat, como Ginsberg, Bourroughs o Ginsberg, queda magníficamente documentada en el libro Las mejores mentes de mi generación, del propio Ginsberg. Se trata de la compilación de los cursos que impartió a partir de 1977 en la Universidad Naropa (Colorado) y en el Brooklyn College. Por eso, el estilo es fresco, directo, lleno de anécdotas e información útil. Ginsberg consideraba a Kerouac “un santo”, y manifiesta por él una devoción amistosa y una admiración literaria sin límites:

                “Todo lo que escribe es oro puro a causa de la realidad de su mente” (Las mejores mentes…, Anagrama Crónicas, 2021, p. 160).
                “Poseía una sinceridad deslumbrante, una franqueza simple, brusca y natural” (p. 143).
           “Hay que entender que él es el engendrador. Yo era muy consciente de eso y quienes lo leen también deberían serlo. Nada de esto [la Generación Beat] existiría si no fuera por Kerouac. No seríamos más que una banda de profesores anfetaminosos, maricones y presidiarios. Kerouac era el generador eléctrico. La energía y el entusiasmo procedían de él.” (p. 143).

 

Resultan sorprendentes, en especial, dos cualidades de Kerouac: su productividad y su memoria. Murió con 47 años, y dejó miles de páginas en forma de novelas y poemas, que todavía hoy constituyen un territorio parcialmente inexplorado donde cada lector puede trazar su propio viaje, con la seguridad de que siempre encontrará esa “sinceridad deslumbrante, energía y entusiasmo”. En cuanto a la memoria, uno se pregunta cómo alguien que vive tantas aventuras urbanas, suburbanas y montañeras puede recordar, años después, cada pequeño detalle de ellas, teniendo en cuenta además la cantidad de vino ingerida. Es como lo que dicen sobre la movida madrileña: “si te acuerdas, es que no estabas allí”. Pues Kerouac se acuerda de todo, y lo describe minuciosamente, cada paso, dónde estaba cada cual, lo que dijo, los gestos de respuesta, quién pasaba por allí, el día que hacía, dónde estaba la gasolinera más cercana, el número de teléfono del amigo que tenía un apartamento donde podrían dormir: todo, lo recuerda absolutamente todo. Es fascinante. Esta combinación de memoria prodigiosa, bondad natural y escritura espontánea es lo que hace de Kerouac un gigante cuyo legado literario sin duda será objeto de redescubrimiento por las generaciones futuras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *