La historia de Layla y Majnún deja muy pequeñitos a los románticos europeos en la inexistente competición literaria por la medalla de oro de sufridores por amor. Comparado con Majnún, Werther es un aprendiz, incapaz de sobrellevar el dolor, por lo que recurre al suicidio, atajo fácil. Majnún nunca se lo plantea: sería una ofensa no sólo contra Dios, sino también contra su amada Layla. Él prefiere beber todas y cada una de las copas de sufrimiento que su destino le sirve, hasta la última gota. ¿Suicidarse? ¿Demuestra eso mayor amor que la paciencia infinita? ¿No será, en cambio, un acto de extrema debilidad, de pérdida de confianza, un reproche silencioso y egoísta que seguramente amargue a los supervivientes?

Layla -que en árabe significa “luna”- y Majnún -que significa “loco”- son los protagonistas de una leyenda cuyos orígenes remontan, como poco, a la Arabia del siglo VII. Hay cientos de versiones en la historia de la literatura oriental. Que yo sepa, ningún autor occidental ha versionado la historia, aunque muchos la han traducido a partir de los diferentes textos orientales. Entiendo por “versión” aquella formulación de un argumento tradicional que aporta novedades importantes sin llegar a quebrar el núcleo de la historia.

El amor excesivo y desgraciado, sin posibilidad de realización en vida, es un arquetipo recurrente en muchas culturas, aunque quizás no forme parte de los temas más antiguos. Una sociedad requiere cierto nivel de sofisticación cultural para hacer de la obsesión amorosa un argumento literario; cuando las prioridades son la pura supervivencia o la victoria en la guerra los poetas que cantan el amor fatal tienen poca audiencia. Es conocida la teoría (formulada, entre otros, por C. S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia) de que el amor, tal y como lo conocemos hoy, es una invención cultural de los poetas provenzales de los siglos XII y posteriores. Creo que es una tesis demasiado eurocentrista. Desde luego, La historia de Layla y Majnún la contradice. Eso sí, no deja de resultar curioso que la versión del poeta persa Nizami, que es la que vamos a comentar en estas páginas, sea contemporánea de las primeras redacciones de Tristán e Isolda, a muchos miles de kilómetros de distancia. Los siglos XII y XIII de nuestra era debieron ser especialmente propicios a los dramas amorosos, quizás por esa sofisticación social (estructuras familiares rígidas, obligaciones religiosas, limitaciones de los sistemas de castas) que requiere un cierto tiempo de paz y de prosperidad para articularse.

Manejaremos, pues, en esta reseña de Layla y Majnún la edición de Olañeta, Colección Hesperus, 1991, con traducción e introducción (ambas magníficas) de Jordi Qiungles. En menos de veinte páginas de prólogo, Quingles nos ubica en el escenario cultural en el que Nizami, cumbre de la poesía persa, abordó en el siglo XII la escritura de una nueva versión de la leyenda árabe. Por cierto: a disgusto. Fue un encargo (que no pudo rechazar) del rey de Shirvan, territorio próximo al Azerbaiján histórico donde vivía el poeta. La fama de Nizami se había extendido desde la publicación de Cosroes y Shirín, otro poema épico amoroso que merece artículo separado. Quingles también informa de otros famosos versionadores de Layla y Majnún, entre los que destacan el también persa Jami (1484) y el turco Fuzuli (siglo XVI).

Voy a contar la trama y algunos capítulos esenciales -incluido el final- de la versión de Nizami de Layla y Majnún. Si eres de los que crees que el disfrute lector se limita a la intriga en la sucesión de episodios, no sigas leyendo.  Yo creo que hay tantísimas riquezas en la versión y detalles estilísticos de Nizami que reducir su alcance a un simple argumento es como describir Las Meninas diciendo que hay un pintor, un grupo de niñas y mujeres, un perro en primer plano y una pareja de reyes posando reflejada en un espejo, al fondo. Como la Estética de la Percepción predica, la importancia del hecho literario no está (o no únicamente) en la naturaleza objetiva del texto, sino en las vibraciones que la lectura produce en cada alma, que no hay spoiler que pueda neutralizar. Se disfruta la buena literatura como el niño que pide que le cuenten una y otra vez el mismo cuento, a pesar de que conoce su final, porque quiere descubrir nuevos detalles, reimaginar escenas, dejando fluir la voz del narrador en su mente, como un vendaval que levanta el oleaje, como la fuerza que precipita el torrente de su fantasía generando cada  vez nuevas espumas. Y aun diría más, como el Capitán Haddock: la calidad de un texto literario es inversamente proporcional a su sensibilidad al spoiler. Una historia que sólo tiene intriga es como una persona que valora a las demás únicamente por su dinero.

Bien, pues como dirían en el podcast Un libro, una hora: vamos allá.

Layla y Kais son niña y niño que se conocen en la escuela (mixta, por cierto) en una pequeña ciudad de la Persia del siglo XII. El amor surge entre ellos con la misma naturalidad que una amapola en primavera, inocente y espontánea. Así lo cuenta Nizami:

Mientras todos los alumnos se afanaban en sus libros, ellos dos probaban otros modos de instruirse. Aprendían la gramática del amor uno en los ojos del otro, y las miradas eran para ellos las notas que sacaban. Por el hechizo del amor se libraban de la ortografía. Practicaban escribiendo letras llenas de caricias. Los demás aprendían a contar, mientras que ellos sabían que no hay nada que cuente, a excepción de la ternura. (p. 38).

Los niños enamorados viven años felices, hasta que en la adolescencia sus compañeros de clase descubren su secreto y empiezan a burlarse de ellos. Se ve que, además de educación mixta, la escuela también tenía mobbing. Las crueles burlas de los compañeros llegan a oídos de los padres de Layla, que deciden sacarla del colegio. Incapaz de asimilar la separación, Kais enloquece. Deja también los estudios, y se dedica a merodear por las calles, desharrapado y lloroso. Sus quejas se concretan en bellísimos versos cantados, que toda la ciudad admira, memoriza y repite. Es así como se olvida su nombre de nacimiento y pasa a ser Majnún, el loco.

Los padres, alarmados por el deterioro de su hijo, deciden acudir a sus posibles consuegros para pedir la mano de Layla, pero éstos lo rechazan, diciendo que de ninguna manera quieren ver a su hija casada con un chiflado. Esto supone la puntilla para Majnún, que abandona la ciudad y busca consuelo en la soledad del desierto. Algunos vecinos se acercan hasta su refugio ocasionalmente para verle, o más bien para escucharle, aunque sea de lejos, pues los versos de dolor que canta son muy apreciados. Se produce así una curiosa forma de correspondencia: los admiradores del loco Majnún llevan sus versos de boca en boca hasta la ciudad, hasta la reja misma de la casa de Layla, que los escucha y responde, componiendo a su vez versos deslumbrantes, que otros admiradores recogen y llevan de vuelta al retiro de Majnún. Este tipo de comunicación por celebridad poética popular es algo que yo, al menos, no había encontrado nunca en ninguna historia, antigua o moderna. Los amantes separados siempre han necesitado mensajeros, que suelen ser un cómplice o alma amiga. Pero Layla y Majnún se comunican por el boca a boca de sus versos, repetidos por voces anónimas en una y otra dirección. No sé si este detalle es invención de Nizami; habrá que ver si figura también en alguna de las otras versiones de la historia. Es una razón más para no temer los efectos del spoiler: comparar los detalles y enfoques narrativos de diferentes intérpretes de la misma historia es uno de los ejercicios más entretenidos de la actividad literaria.

Fracasada la gestión matrimonial, el padre de Majnún intenta la religiosa. Va a buscar a su hijo al desierto, donde pasa los días convertido en un despojo de pellejo cubierto con un harapo; esa es su indumentaria habitual. Podemos imaginar la tristeza del padre al verle así, máxime cuando es su único hijo, largo tiempo deseado, recibido casi en la vejez. Pero no todo está perdido, piensa el infatigable progenitor. Convence a su hijo de que Dios, que todo lo puede, podrá también liberarle del yugo amoroso que le condena a una vida sin futuro. “Ven conmigo a La Meca”, le ruega, “y recemos juntos porque el Supremo te libere de la angustia que atenaza tu corazón”. Majnún accede, y emprenden la peregrinación. Pero al llegar al templo empieza a darse cabezazos contra la pared, y ante los desolados ojos de su padre cae de rodillas para implorar en oración que su amor crezca, que nunca se agote, que Layla ocupe todos y cada uno de los segundos de su pensamiento, por siempre jamás. El padre comprende que no hay nada que hacer. Regresa a su tienda (la versión árabe de la historia transcurre en campamentos seminómadas, aunque en estas líneas a veces hablamos de “pueblo” o “ciudad”), y Majnún a su cueva en el desierto.

Layla, mientras tanto, crece hasta convertirse en una jovencita muy apetecible. Sigue tan enamorada de Majnún como él de ella, pero su género le impide tomarse las mismas libertades vitales. Obedece a sus padres, y pasa sus días en lánguida melancolía, intentando ser vista lo menos posible. Sin embargo, una tarde no puede evitar que un forastero vea fugazmente sus ojos al pasar frente a la reja. Se trata de Ibn Salam, noble y apuesto caballero, que instantáneamente la desea. La pide en matrimonio, pero los padres de Layla solicitan un poco de tiempo antes de dar respuesta.

Majnún agoniza en su cueva, tocando en el tambor de su corazón los ritmos de los versos de lamento que siguen fascinando a quienes se acercan para escucharlos. Un día entre los días pasa por allí el noble guerrero Nawfal, que se interesa por su historia. Le reprocha su falta de combatividad, y le promete que le ayudará desinteresadamente a conseguir a Layla por la fuerza de las armas. Majnún acepta la promesa. Viaja con Nawfal a su palacio. Recupera peso, le visten con buenos ropajes y agasajan con veladas musicales y danzas exóticas, que tampoco le interesan lo más mínimo.

Antes de tomar las armas, Nawfal acude, como hiciera el padre de Majnún por las buenas, a reclamar la mano de Layla por las malas, amenazando a su familia con la guerra si se oponen. Éstos consideran una ofensa tal pretensión, y aceptan la confrontación bélica. Se suceden semanas y semanas de combates, en los que inocentes soldados de ambos bandos pierden la vida o sufren dolorosas heridas. Majnún contempla estas batallas desde una colina, sin querer participar en ellas, observando cómo otros mueren por su causa, en uno y otro bando. Finalmente, Nawfal obtiene la victoria, y reclama el botín. Así narra Nizami la escena de la rendición del padre de Layla, y su diálogo con el vencedor:

El padre de Layla, doblado por la aflicción, se arrodilló con gran humildad ante el poderoso Nawfal, hundió la frente en el polvo y llenó la tienda con sus lamentos: “Gran Príncipe, mírame”, dijo. “Soy un viejo traspasado de dolor, abatido por el desastre. Si me dejas a mi hija, puedes contar a mi gratitud. Si estás decidida a matarla, ¡hazlo! Córtala en pedazos, quémala, ahógala; no me rebelaré contra tu decisión. Pero hay una cosa que nunca aceptaré: nunca entregaré a Layla a ese demonio, ese Majnún, un loco que debería estar atado con cadenas, no con los vínculos matrimoniales. Después de todo, ¿quién es él? Un necio, un vagabundo sin casa ni hogar que vaga por las montañas. ¿Qué ha hecho en esta vida? ¿Me sentaré con un infame versificador que ha manchado mi buen nombre y el suyo propio? No hay un solo rincón de toda Arabia donde el nombre de mi hija no sea objeto de habladurías. ¿Y quieres que la entregue al causante de todo esto? No me pidas lo imposible. ¡Juro ante Dios que antes le cortaré la cabeza con mis propias manos y arrojaré su cuerpo a los perros, para salvar mi honor y vivir en paz!”.  Por un momento, estas valerosas palabras y la terrible amenaza que contenían dejaron sin habla a Nawfal. Pero éste se compadeció del anciano, y respondió sin rencor: “Levántate. Aunque soy el vencedor, quiero que me des a tu hija sólo si lo haces de buen grado. Una mujer conseguida con la violencia es como una rebanada de pan seco o un caramelo salado”. (pp. 66-7)

Confío en que la lectura del párrafo anterior os confirme en la idea de que hicisteis bien al no renunciar a estas notas tras la amenaza de spoiler. La truculencia magistral de Nizami solo es comparable a la de Ford Coppola. La frase comparativa del pan seco y el caramelo salado introduce una nota de cotidianeidad en el discurso mucho más eficaz que cualquier admonición religiosa o amenaza judicial, ¿verdad?

La negativa del padre y su preferencia de ver a Layla antes muerta que casada con Majnún, a pesar del amor recíproco que se profesan, por puro orgullo, es el núcleo de la tragedia, como en Romeo y Julieta, o en la historia de Mircea Eliade y Maitreyi Devi. Un sistema social que impone la voluntad familiar al amor espontáneo de los jóvenes: a esto me refería cuando decía que las historias de amor desgraciado requieren un cierto nivel de sofisticación cultural, un cierto margen de rebeldía generacional.

Volvamos al argumento. Fracasado también el enfoque bélico, en el que nunca había creído realmente, Majnún regresa al desierto. Por el camino comienza su intensa historia de empatía universal con los animales. Encuentra a un cazador que acaba de apresar a un ciervo, y a cambio de que lo libere le entrega la valiosa espada con la que le obsequió Nawfal. Después entrega sus lujosos ropajes a otro paisano que se dispone a degollar a un pollo para dar algo de comer a su familia, a cambio de la libertad del ave. El afán liberador de Majnún llega a su cénit cuando encuentra a una mujer que pasea a un esclavo encadenado, haciéndole bailar como un pelele, para después pasar la gorra, como un número de circo ambulante. Majnún ya no tiene nada que ofrecer, pero le propone a la dueña cambiarse él mismo por la libertad del otro. Se deja encadenar, collar al cuello, y baila en las plazas públicas para deleite de niños y mayores, que arrojan algunas monedas tras el espectáculo. Un día, la extraña farándula llega cerca de la tienda de Layla, pero esto ya no lo puede soportar Majnún. Como un Sansón redivivo, a pesar de su debilidad, rompe de un manotazo la argolla y las cadenas, y emprende de nuevo camino al desierto:

Con un grito agudo, se levantó del suelo como una flecha, con el rostro contorsionado. Delirante como un poseso, agarró sus cadenas con ambas manos y, con un esfuerzo sobrehumano, las rompió. Dándose golpes en el rostro, se alejó corriendo. Sus padres, parientes y amigos fueron informados. Algunos fueron a buscarlo, pero cuando lo encontraron en uno de sus escondrijos de las montañas comprobaron que el pasado, aparte del nombre y el recuerdo de Layla, se había borrado de su mente. Así que trataban de hablar de otra cosa, volvía a quedarse callado, o se evadía, ensimismándose. Esas tentativas no conducían a nada positivo, así que finalmente incluso sus padres tuvieron que abandonar toda esperanza de verlo repuesto y de nuevo entre ellos. (p. 74).

La fama de Layla se incrementa día a día, tras episodios como el fallido asedio de Nawfal, y sobre todo por la popularidad de los versos de Majnún, que siguen corriendo de alma en alma por todo el país. Cientos de pretendientes depositan a los pies de su familia tesoros sin cuento, pidiendo su mano, pero ella rechaza a todos. Finalmente, Ibn Salam, aquel joven que primero la solicitó tras entrever fugazmente sus ojos en la reja, llega repartiendo por el camino monedas de oro, y de nuevo la pide como esposa. Layla resiste todo lo que puede, pero la presión y la autoridad de sus padres son demasiado fuertes. Accede al matrimonio. Su boda es, para ella, una lenta tortura en la que todo el mundo baila, celebra y ríe, mientras ella siente cada golpe de tambor de la orquesta como un puñetazo en su corazón, que no para de añorar a Majnún.

Una vez en la casa matrimonial, rechaza acompañar a Ibn Salam al lecho nupcial. Éste se muestra paciente, y le da unas cuantas semanas de margen. Pasan, y no hay ningún indicio de que ella decida acercarse ni remotamente. Ibn Salam reflexiona:

“¿No es acaso mi mujer? ¿Por qué no puedo tomar lo que es mío? Ya he tratado durante demasiado tiempo de ablandar esta cera con bondad; tal vez la fuerza obtenga lo que se le niega a la lenidad. Quizá sea eso lo que ella espera.”

El pensamiento dejó paso a la acción. Ibn Salam tendió la mano hacia el jardín, decidido a coger de la palmera el dátil que no se daba de buen grado. Pero, ¡ay!, en vez del fruto probó la espina; en vez de dulzura saboreó amarga hiel. Antes de que se diera cuenta siquiera de lo que le ocurría, el jardinero le golpeó tan fuerte que casi lo dejó sordo y ciego.

“Si lo intentas otra vez -le dijo Layla- lo lamentarás por ti y por mí. He jurado a mi Creador que no me entregaré a ti. Puedes derramar mi sangre con tu espada, pero no puedes tomarme por la fuerza.”

Ibn Salam estaba muy enamorado de Layla, de modo que condescendió a sus deseos. Y se dijo: “Aun cuando ella no me ama, prefiero que se me permita sólo mirarla antes que no poseerla de ningún modo. Así las cosas, puedo por lo menos lanzarle una mirada de vez en cuando; de otro modo, la perdería definitivamente.” (p. 77).

El tiempo pasa. Convertido en un anciano que ve próximo su fin, encorvado y débil, decide hacer un último intento para rescatar a su hijo. Se calza las babuchas y emprende un largo y tortuoso camino por desiertos y roquedales, preguntando a los mercaderes por el paradero de Majnún. Su cana cabeza soporta los rayos abrasadores del sol, y el frío de las noches causa dolor en sus huesos. Tras varias jornadas devastadoras, encuentra la caverna donde se refugia su hijo, convertido en un espectro viviente:

¿Era aquel realmente su hijo, aquella criatura que apenas guardaba parecido con un ser humano, aquel esqueleto viviente, recluido como un ermitaño, hundido en la idolatría, separado solo por un pelo de la región de los muertos, con la hoz pendiendo ya sobre su cabeza? Andaba a gatas como un animal; ¿o era ya, tal vez, uno de esos espítitus de las regiones infernales que aparecen y desaparecen, adoptando extrañas formas? Se contorcía como una serpiente, con la cabeza descubierta y desnudo a excepción de una tira de cuero que le ceñía los lomos. (p. 81).

Sigue un intenso diálogo entre ambos, en el que el anciano expone todas las razones por las que debería abandonar su tumba en vida para regresar con él a la aldea. Inicialmente, Majnún atiende sus razones; se viste con las túnicas que le ha traído, y se alimenta mejor durante algunos días. Pero pocos días después le comunica que no hay nada que hacer:

«Demasiado tarde para los dos. Es otoño, aquí y en mi interior. Y he de partir, quizás antes que tú. ¡Que los muertos no lloren a los muertos, padre mío!»Oyendo estas palabras, el padre comprendió que Majnún ya no le pertenecía. Estaba prisionero en el país del amor, y nadie podía sacarlo de allí. (p. 83).

El padre abandona toda esperanza. Regresa a su casa:

Poco después se agotaron sus fuerzas y su alma desplegó sus alas. Durante dos días ésta estuvo cerniéndose; luego, rompiendo sus ataduras, el ave celestial remontó el vuelo y fue a su última morada, junto al trono de Dios, mientras la tierra recibía lo que le pertenecía. (p. 84).

¿Se puede describir de un modo más hermoso el fallecimiento? ¿Os imagináis al alma como un ave celestial rondando durante dos días el cuerpo donde ha morado para después romper las ataduras y despegar definitivamente hacia la altura?

Majnún queda solo de nuevo, cambiando de vez en cundo de emplazamiento o escondite, si ve que en las proximidades vienen a instalarse campamentos nómadas. Se desarrolla uno de los aspectos más llamativos de la versión de Nizami, y que según Jordi Quingles es aportación personal suya: la intensa afinidad de Majnún con el reino animal, en escenas de un franciscanismo paradisiaco, como si el amor hubiera devuelto al loco Majnún la condición de Rey de la Creación, con aceptación explícita por parte de todos los animales, que no olvidan los favores pasados de Majnún liberando presas, y comienzan a aproximársele cada vez en mayor número y variedad:

Entre ellos había animales de todas clases y de todos los tamaños, pero, ¡milagro!, no se atacaban unos a otros y perdían todo temor cuando ese extraño en quien confiaban estaba entre ellos. Parecían olvidarse de su hambre y se volvían mansos y amistosos.

Finalmente, un león se puso a velar sobre Majnún, como un perro vigilando el rebaño. Otros animales se unieron a él: un ciervo, un lobo y un zorro del desierto.  Cada día había más. Si Majnún se quedaba, el lugar pronto parecía un campamento de animales. Se convirtió en un rey con su corte, como Salomón. ¿No nos representamos al buitre como un comehuesos? ¿Y no era Majnún puramente un esqueleto recubierto de piel? Pues, con todo, descansaba tranquilamente a la sombra de las alas de los buitres, que, a mediodía, le protegían del calor del sol. ¡Qué buen rey, en efecto! Un rey que no oprimía a sus súbditos, que no los desollaba a impuestos y que no sacrificaba su sangre en guerras con otros pueblos.

Influidos por el ejemplo de los buitres, los demás carnívoros perdieron también su instinto de matar. El lobo no devoró más a la oveja, el león no le puso ya las garras encima al onagro, la leona le dio leche a la cría de gacela húerfana, y el chacal enterró su enemistad secular con la liebre. Era un ejército pacífico el que viajaba con Majnún cuando este vagaba por las soledades, con sus animales siempre tras de él. ¿Era el amor que le prodigaban menos gratificante que el de los seres humanos? No lo creáis.

Si Majnún quería descansar, la zorra le limpiaba un sitio con el rabo. El onagro le ofrecía su cuello como almohada, el ciervo sus lomos como cabezal. La gacela le acariciaba los pies, el león vigilaba, pronto a saltar, y el lobo y la pantera daban vueltas alrededor del campamento como exploradores de vista penetrante. (p. 87).

El señorío de Majnún sobre el reino animal queda patente cuando recibe la visita, en su nido del desierto, de algún viajero atraído por su fama, o un camellero extraviado:

Los animales ya se habían puesto inquietos, advirtiendo al extraño. Un leve gruñido se hizo audible aquí; otro allá; la tierra fue arañada, golpeada; hubo furtivos avances. Pero Majnún levantó la mano y todos se tranquilizaron al instante. (p. 93).

Como muchas obras orientales, La historia de Layla y Majnún contiene algunos relatos con sentido y final propio insertos en la trama, a modo de parábolas para ilustrar una conversación, como en Las mil y una noches. Mucho se ha escrito también sobre la naturaleza sufí de la obra de Nizami. El sufismo, rama mística del Islam, predica el acercamiento a Dios a través del éxtasis, sea éste producido por la meditación, el baile, la música o incluso el consumo de vino (que abunda en Cosroes y Shirín). Es lo más parecido a las tesis de Rimbaud, Huxley o Kerouac con anterioridad al siglo XIX. El propio Jordi Quingles tiene escritas páginas muy esclarecedoras sobre el tema, en Persia y los orígenes del sufismo (Mandala Ediciones, 2008). Aunque tampoco hay que rebuscar mucho en La historia de Layla y Majnún para relacionarla con el sufismo, de igual manera que no debemos obsesionarnos con los paralelismos entre el Ulises de Joyce y la trama de la Odisea. Es evidente que el amor perfecto, la felicidad total, es algo que no puede alcanzarse en esta vida, que Nizami compara con “el tumulto de una posada donde hemos parado a descansar en un viaje”. Sólo cuando nuestras almas desplieguen sus alas y vuelen a la unión con el Creador podremos comprender y sentir el bien absoluto. En ese sentido, Majnún, (y Layla también) es un místico que siente y adivina la existencia del paraíso, pero comprende que no puede alcanzarse en forma humana.

Hay un pasaje especialmente interesante en materia espiritual. Solo, en la noche sin luna de su refugio desértico, bajo la inmensa cúpula estelar tachonada de miles de estrellas, con la Vía Láctea como camino de las almas y todas las constelaciones que los hombres, hasta la invención de la contaminación lumínica, conocían mejor que nosotros el callejero de nuestras ciudades, Majnún se vuelve hacia Venus, el planeta legendario del amor, y le lanza una oración desesperada para que su conflicto termine, para que de alguna manera pueda al fin tener a Layla junto a él. Silencio. La noche siguiente, el loco se vuelve hacia Júpiter, rey de los planetas, símbolo de poder, y le transmite una oración parecida, adaptada a su perfil. Silencio. La noche tercera, Majnún comprende que las estrellas sólo son eso, bonitas luminarias encendidas, sugerentes y bellísimas, pero sin alma. Entonces dirige su plegaria al Creador, en términos parecidos, quizá más humildes. Esa noche, tiene un sueño:

Brotaba un árbol de la tierra delante de él. Rápidamente, ese árbol alcanzaba gran altura y extendía su copa hacia el centro del cielo. Siguiendo su crecimiento con la vista, Majnún veía de pronto un pájaro que bajaba sin temor hacia él a través del follaje desde la rama más alta. Llevaba algo brillante en el pico, como una gota de luz. El pájaro la soltaba justo encima de la cabeza de Majnún. Era una joya, que caía en la coronilla de Majnún y se fijaba allí, como brillante diadema.

El durmiente despertó. Los dedos róseos del nuevo día habían tocado ya la costura del horizonte. El sueño se desvaneció. Con todo, Majnún sintió todo su ser inundado de una felicidad cual no había experimentado en mucho tiempo. (p. 92).

¿Quién no ha tenido alguna vez un sueño reparador de esta calidad y textura? Sueños que tocan nuestra esencia, que trasladan un mensaje imposible de describir en palabras, pero clarísimo emocionalmente. Esa gracia onírica le llegó al loco Majnún después de dirigir su plegaria al Creador, y no a los objetos creados, por muy astros planetarios que fueran. Refutación de la idolatría.

Cerramos el paréntesis religioso, y proseguimos con la trama, sobrevolando episodios como el cruce de cartas entre Layla y Majnún, por mediación de un tío de éste, misivas sin ninguna finalidad práctica, pero que sirven de desahogo espiritual a uno y otra, y contienen también sorpresas para el lector, que esta vez no desvelaré. Más misterioso resulta el episodio en el que un anciano de la región consigue arreglar un amago de encuentro físico entre ambos, en un jardín secreto. La mínima distancia a la que llegan a estar es a diez pasos:

Cubierta con su velo y protegida por la creciente oscuridad, Layla fue a toda prisa al jardín, con el alma corriendo más que los pies. Vio a Majnún, pero se detuvo antes de llegar a la palmera en la que éste se apoyaba. Le temblaban las rodillas, y sus pies parecían estar clavados en el suelo. Sólo diez pasos la separaban de su amado, pero éste estaba rodeado por un círculo mágico que ella no debía romper. Volviéndose hacia el anciano, que estaba a su lado, dijo: “Noble caballero, hasta aquí se me permite ir, más allá no. Aun ahora soy como una vela. Si me acerco al fuego, me consumiré. La proximidad trae el desastre, y los amantes deben evitarla. Mejor es estar enfermo que avergonzarse más tarde del remedio. ¿Por qué pedir más? Ni siquiera Majnún, el perfecto enamorado, pide más. ¡Ve hasta él y pídele que recite algunos versos para mí! ¡Que hable, que yo seré oídos! ¡Que sea el copero, que yo beberé el vino!” (p. 109).

Y, en efecto, Majnún, mirando a los ojos de Layla por primera vez desde la adolescencia, recita:

Si bien los cuerpos se separan,

las almas libremente vagan y se comunican.

Yo viviré para siempre. El temor mortal, la decadencia,

y la propia Muerte han dejado de ejercer su poder.

Compartiendo tu vida por toda la eternidad,

yo viviré si tú permaneces conmigo.

(p. 110).

Después de cantar estos versos, Majnún «dio un salto y huyó al desierto como una sombra. Aunque ebrio con el perfume del vino, sabía, no obstante, que sólo podemos paladearlo en el Paraíso.”

Layla sigue siendo una mujer casada. Su respetuoso marido, Ibn Salam, languidece a su lado, consumido por un amor que ella rechaza consumar. Cae enfermo, y muere. Layla debe guardar dos años de luto, y luego será libre. Pero, agotada también por la intensidad de sus emociones, también ella enferma de fiebres fatales. Sintiendo próxima su última hora, le dice a su madre:

Cuando haya muerto, vestidme como una novia y acicaladme. Como ungüento para los ojos, coged polvo que haya pisado Majnún. Preparad añil con su tristeza, rociad mi cabeza con el agua de rosas de sus lágrimas y cubridme con el perfume de su aflicción. Quiero que me pongáis un vestido de color rojo de sangre, pues he dado testimonio como los mártires. Rojo es el color del festín, ¿y no es la muerte mi festín? Luego cubridme con el velo de la tierra, que ya jamás me habré de quitar. Él vendrá, lo sé. Se sentará junto a mi tumba buscando a la luna (Layla), pero no verá sino el velo -la tierra- y llorará y se lamentará. Entonces, madre, recuerda que es mi amigo, ¡y qué amigo más leal! Recuerda que te lo dejo como mi legado. Trátale bien, consuélalo, no lo mires nunca con severidad. Hazlo así, por el amor de Dios, porque yo lo he amado, y mi deseo es que también lo ames como yo.” (p. 115).

Poco después de pronunciar estas palabras, el alma de Layla despliega sus alas. Después del duelo familiar se entrega su cuerpo a la tierra, bajo una hermosa lápida. En pocos días, la noticia del fallecimiento llega a Majnún, que corre a visitar la tumba, escoltado por su corte de animales salvajes, lo cual causa el espanto de otros visitantes, que huyen. Majnún se abraza a la lápida, llora y canta desconsoladamente, y parte poco después, de regreso al desierto. Nadie se atreve a visitar desde entonces la tumba de Layla, por miedo al poeta loco y a su ejército de bestias.

Majnún se siente desfallecer. Su gastado corazón, arañado como un tambor de piel a punto de resquebrajarse por los continuos golpes de mazo, le anuncia su final. Usa sus últimas fuerzas para regresar a la tumba de Layla, y expira sobre ella, abrazado a la lápida. El capítulo final, de pocos párrafos, es de una intensidad cinematográfica y espiritual digna a la vez de Walt Disney y San Juan de la Cruz:

Muerto, Majnún siguió tan solo como lo había estado en vida. Habiendo hallado el reposo, quedó a salvo de las lenguas burlonas. Durante mucho tiempo nadie lo supo, ninguna curiosidad turbó su sueño tranquilo. Algunos dicen que permaneció tendido sobre la tumba de su amada durante uno o dos meses. He oído decir, también, que ese periodo fue más largo aún, que pasó casi un año.

La gente creía que estaba vivo. Cuando se acercaban a observar desde una prudente distancia, veían a los animales salvajes rodeando la tumba. Protegido por ellos, Majnún dormía tranquilo, como un rey en su litera. Ni siquiera ahora abandonaban a su señor, no dispuestos a creer que éste no volvería a despertar. Pacientes, esperaban; y la tumba de Layla parecía haberse convertido en un hogar para los animales errantes.

Así pues, el difunto no fue molestado; ni siquiera los carroñeros lo tocaron. Lo poco que quedaba de él se convirtió en polvo y volvió a la tierra; al final, solo quedaron sus huesos.

Sólo entonces abandonaron la guardia sus animales. Uno tras otro, se fueron y desaparecieron en el desierto. Cuando la mágica cerradura se hubo retirado del tesoro oculto, la gente se acercó para resolver el enigma y encontraron lo que quedaba de Majnún. La muerte había consumado tan bien su obra, que nadie experimentó temor o repugnancia. La blanca concha, ya sin su perla, fue limpiada, y los hombres dejaron caer lágrimas como gemas en su interior.

Todos lloraron: los miembros de las tribus de Majnún y de Layla, así como gentes de corazón puro de otras familias, que lloraron por los amantes y se rasgaron las vestiduras.

Y Majnún fue enterrado al lado de Layla. Con esta inscripción:

Dos amantes yacen en esta tumba, esperando

su resurrección del seno oscuro de la sepultura.

Fieles en la separación, leales en el amor,

una sola tienda les dará cobijo en el Paraíso.

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