Lo que la postverdad está consiguiendo es un desistimiento absoluto del trabajo de opinar -no digamos ya del de intentar razonar con otro o con otra una posición diferente. Uno tiene tal sensación de inutilidad de todos los esfuerzos dirigidos al esclarecimiento de un dictamen mínimamente razonable que termina por no querer ni intentarlo. Y así, el campo de juego dialéctico queda entero a disposición de los bandos rivales, cuya meta es simplemente la victoria, debidamente jaleada por sus torcidas vociferantes.

Dicho lo cual, a veces uno siente cosquilleo en las yemas de los dedos, y un calorcito mental que le pide teclear unas cuantas líneas. Ese es mi caso, hoy y ahora.

El tema de esta redacción es: “Desfavorecidos y Vulnerables”. Sin duda de actualidad. En el ranking léxico de la cosa pública, tal y como se expresa a través de sus médiums de comunicación, estos palabros ocupan posiciones bien elevadas; aparecen cada dos por tres. Pero, ¿quiénes son los desfavorecidos, quiénes los “colectivos más vulnerables”? No hay una definición válida -luego por tanto cada cual interpretará la cosa a su manera.

Por lo pronto, el uso de esta etiqueta en boca de los poderes públicos le da a uno un cierto alivio, pues tendemos a pensar que no nos señala, y que hay alguien más desfavorecido y vulnerable que nosotros mismos, y merecedor por tanto de toda nuestra solidaridad. No sé si hay alguna encuesta demoscópica al respecto: ¿se considera usted desfavorecido o vulnerable? Seguramente la mayoría diga que no.

Más inquietante aún que los adjetivos es el sustantivo: “colectivos”. No interesan los individuos desfavorecidos o vulnerables. Solo les prestaremos atención si forman parte de un colectivo. Lo cual nos devuelve a la casilla de salida: ¿cómo definir este colectivo?

En principio parecería que el nivel de renta sería un criterio adecuado, combinado con variables como situación familiar, atención a personas dependientes, disponibilidad o no de vivienda en propiedad, gastos mensuales y otros. Sin embargo, la lógica perversa de la dinámica política electoral rehúye una definición así, pues le conviene más que sea un concepto etéreo, aplicable a unos u otros casos según convenga en cada caso.

Tomemos por ejemplo a los “pensionistas”. Un colectivo amplísimo: casi diez millones de personas en España. Normalmente se nos induce a considerarlo “vulnerable”, así, en conjunto, porque nos imaginamos a viejecitos con bastón y una bolsa de pan caminando muy despacio por la calle. Pero en este colectivo hay una grandísima diversidad: desde quienes perciben 450 euros al mes y viven de alquiler, a solas, hasta quienes cobran 2.700 y viven en pareja -que cobra otro tanto- en piso propio. El abismo social entre ambos casos individuales es inconmensurable, y sin embargo en los discursos políticos ambos son “pensionistas”, es decir, desfavorecidos y vulnerables.

Otro caso es “la clase trabajadora”. Por definición, se entiende de forma decimonónica que engloba a todos aquellos que no son “patronos”. ¿Dónde quedan entonces los autónomos, patronos y empleados de sí mismos a la vez? Pero hay aún otra brecha mayor en este colectivo: ¿son igual de vulnerables y desfavorecidos los trabajadores del sector privado y los del público? Los primeros tienen un salario medio de 1.800 euros mensuales, más o menos, y los segundos de 2.800. Los primeros pueden ser despedidos en cualquier momento mediando la correspondiente indemnización; los segundos tienen el puesto asegurado de por vida. ¿Forman realmente parte de la misma clase?

Si queremos emprender un debate razonable y constructivo sobre las medidas necesarias para cohesionar realmente la sociedad y darle a cada cual lo que necesita y merece, es indispensable redefinir, o dejar de usar, términos ambiguos que evocan una dialéctica muy muy muy antigua y anacrónica. La política es sin duda el sector de actividad social que menos ha evolucionado en doscientos o trescientos años. Los cambios tecnológicos, productivos y económicos que han puesto el mundo patas arriba en pocas décadas no han alcanzado, ni por asomo, a los mecanismos de representación y control de la actividad política. Por eso crece la ultraderecha, porque cada vez más gente piensa que todo es una gran tomadura de pelo. Hace unos años hubo partidos de izquierdas que decían denunciar esto mismo, pero hoy gobiernan y nada ha cambiado. Cuando gobierne la ultraderecha tampoco cambiará nada, si acaso a peor. Sigamos viendo fútbol. A ver quién gana.

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