El mundo es un misterio. Por mucho que afinemos la malla del cedazo, siempre habrá agua que escape del intento de aprehensión. Quizás la mejor metáfora de ese misterio sea el número Pi, la relación entre el círculo (la línea curva) y su diámetro (la línea recta): decimales infinitos en cuyo cálculo ya pueden afanarse todos los computadores cuánticos que nunca llegarán a la última cifra. ¿Hay mejor expresión de «lo infinito»?

La razón empírica -madre de la Ciencia- pasa por ser el mejor instrumento pulido hasta la fecha para contemplar y en la medida de lo posible comprender ese misterio. Sin embargo, el uso de este instrumento ha estado desgraciadamente acompañado por un afán utilitarista e industrial que ha puesto el énfasis no en la comprensión sino en la producción de cacharros y gadgets comerciales. No hay que menospreciar la llegada del hombre a la luna (si es que tal cosa efectivamente ocurrió), ni la invención de los antibióticos, la telefonía móvil o la mismísima electricidad -quizás el descubrimiento más grande de todos los tiempos, el que más se acerca a la esencia del mundo. Lo que desespera es que tales maravillas solo parezcan tener derivadas comerciales, o queden en simples trucos efectistas que fascinan pero no aportan gran cosa. No deja de ser lamentable que los siglos de mayores avances científicos hayan sido también los que han colocado a la humanidad al borde de la extinción, ya sea por apocalipsis nuclear o por desastre climático insuperable.

Hasta la irrupción invencible de la Ciencia, eran la Magia y la Brujería las herramientas predilectas para comprender e influir en el mundo. Al fin y al cabo la religión no es más que una sistematización social de la magia, una organización de los misterios en una forma más o menos dogmática y estable. Aunque apela también al individuo, no cabe duda de que la religión es social, fenómeno colectivo. El sacerdote ejerce como mediador e intérprete de los creyentes ante las divinidades de turno, pero su poder deriva precisamente del consenso social, y cualquiera puede llegar a serlo. Sin embargo, ser Mago o Brujo es una opción personal que, en lugar de colocarnos en la cúspide de un sistema social, nos excluye de lo colectivo. Desde siempre, magos y brujos -aunque puedan prestar considerables servicios a los ciudadanos de a pie- se sitúan al margen de la comunidad municipal; la suya es una vida solitaria, de aventuras personales y transferibles únicamente a su aprendiz, si es que lo tienen.

La Magia y la Brujería son conceptos diferentes. La primera engloba a la segunda; no es posible la brujería sin una condición mágica previa. Podría decirse que la brujería es un ejercicio práctico de algunas recetas mágicas que aparentemente funcionan, tanto para producir el bien como el mal. La Magia es anterior; puede identificarse directamente con la esencia misteriosa de la existencia. Magia es la tormenta, con sus rayos, relámpagos y aguaceros; con su desbordamiento de ozono y su despliegue de poderío -por mucho que la ciencia explique convincentemente cada uno de sus fenómenos particulares. Brujería es la capacidad de invocar o predecir tormentas. Lo segundo es más fácil. Bien lo supo ver Tintín en El templo del sol, salvándose de la hoguera inca gracias a la invocación de un eclipse anunciado por los periódicos.

En líneas generales, la Magia tiene prestigio positivo, y la Brujería negativo. A cualquier niño le fascina la magia; y cualquiera también teme a la brujería. De hecho, la bruja es uno de los personajes esenciales y aterradores del imaginario infantil, quizás el más temido, junto con el lobo. Normalmente ambos ejercen sus funciones en lo más profundo del bosque.

Hoy en día asistimos a una reivindicación de las brujas. Mujeres y hombres razonables y formados protestan contra la injusticia que, en su opinión, supone clasificar a las brujas, a priori y sin distinciones, entre lo peor del género fantástico. Sabido es que todo monstruo tiene su defensor, y que nada impide a los Rolling Stones manifestar su simpatía por el diablo, ni a Goytisolo por el Conde Don Julián. Lo maligno es siempre reivindicable, o al menos merece para algunos un proceso revisionista en el que se cuestionen las condenas previas. Especialmente desde Milton y Byron. He llegado a oír decir a buenos amigos que prefieren ir al infierno antes que al paraíso, pues allí estarían más calentitos y acompañados de sus colegas. Quizás olvidan que el calor supone abrasión y dolor insoportables por toda la eternidad, y que de sus colegas lo más que verían son miembros desgarrados y sanguinolentos. Pero bueno, el libre albedrío es lo que tiene, cada cual es libre de elegir su forma de pasar la eternidad.

Retomando el asunto: si bien la bruja siempre es mala, el brujo puede aspirar a un papel cuando menos neutral. Lo mágico en femenino se llama hada.

El Mago ocupa sin duda la posición más alta del pedestal fantástico. Dotado de poderes infinitos, barba blanca y sombrero de cucurucho, gobierna su castillo y las tierras circundantes con benevolencia. Puede hacer cualquier cosa: volar, transformarse, desplazar montañas… Da la impresión de que su vida es mucho más interesante y movida que la de las hadas, que solo aparecen de tanto en cuando con su varita y su tul para remediar algún desaguisado de una protegida, pero por lo demás no participan en aventuras ni tienen una agenda investigadora y social tan intensa. En cuanto a las magas, que yo sepa solo hay una en la literatura universal, hija de Cortázar.

Otro aspecto interesante de la magia es su conexión con el ilusionismo. Este género de espectáculo es sin duda uno de los más simpáticos. Demuestra que la magia es asequible a cualquiera con la práctica y paciencia necesarias; incide en la raíz misma de lo misterioso al actuar sobre la percepción del espectador. Todos saben en un show de ilusionismo que hay truco, pero eso no impide que disfruten como niños del escalofrío que produce el momento de la desaparición, el corte de la caja de sierra en dos mitades o la prodigiosa adivinación de una carta previamente quemada. El ilusionismo se dirige a la credibilidad, coquetea con la verdadera magia, la insinúa y alaba.

El ilusionismo y la brujería son los temas de dos excelentes volúmenes de Taschen que acaban de llegar a mi bibilioteca, y que quiero celebrar con estas líneas.

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