Yacimiento es una reflexión lírica sobre el lenguaje, la palabra, el logos; es la obra de un auténtico filólogo. Confluyen en el texto dos tendencias de similar potencia: por una parte la que reivindica la palabra como fuerza capaz de ordenar lo disperso, dando sentido al caos:

escucharla convierte en yacimiento

las ruinas que a diario transitamos

 

Por otra, la que culpa a los convencionalismos verbales de distanciar al género humano (y femenino, claro) de sus verdaderas raíces. Se hace necesario, entonces, escuchar otras voces capaces de transportarnos a los orígenes:

            hay que

dejarse llevar por el entendimiento primitivo

            hay que

zambullirse en esa ciénaga de energía paradójica

que con vehemencia

aumenta 

a medida que se emplea. 

 

Se buscan

voces de alas descongeladas

voces arrebatadas a las zonas más oscuras de la inteligencia

voces que aventen y que lleven lejos

este irrespirable

polvo

de 

ser 

 

Se diría que en Yacimiento Rimbaud prevalece sobre Platón, y Ginsberg sobre Fray Luis. Pero lo que verdaderamente gobierna todo es una inspiración observadora en cuya raíz vibran ecos orientales:

al sencillo susurro de la orden del general sucede el estrépito de la guerra

con frecuencia una idea libera sin ninguna intención la belleza

y la convierte

     en caballo

     en río enfurecido

           que deja al descubierto la miseria

                 de nuestra inteligencia

     en víbora que eleva su veneno a la dignidad de esperanza

 

Ayala nunca pierde la compostura. Su propuesta es reformista, no revolucionaria: nos invita a recuperar el logos primigenio de cada cual, nos hace pensar en la conveniencia de desanquilosar cosas e ideas del día a día, pero sin bombas, sin programas colectivos, sin fantasmadas: cada cual debe escarbar en su yacimiento personal con sus propias herramientas y métodos. Somos arqueólogos de un espíritu individual y único modelado a la vez por una inteligencia colectiva, el lenguaje. Al final del libro se recuerda el objetivo:

conocer el sutil proceso químico-semántico que convierte la ruina en yacimiento

y la inmundicia en luminoso tesoro

 

Hay otro aspecto de Yacimiento que interesa especialmente, y es el tipográfico. La poesía de transmisión oral -madre de todas las formas literarias- emplea recursos mnemotécnicos como el metro y la rima con una función lírica a veces dudosa. Para memorizar romances o cantares de gesta, el metro y la rima se hacían indispensables. Pero a la hora de hacer de esta necesidad mnemotécnica virtud estética, los resultados son dispares. Por una de esas inercias mentales capaces de perpetuar una confusión durante siglos hemos crecido convencidos de que el metro y la rima son inherentes a la poesía, pero nada más lejos de lo cierto. El hecho poético en sí proviene de la acertada expresión de ideas, memorias, sentimientos y evocaciones, de forma capaz de impactar certeramente el corazón del lector. No es la habilidad orfebre de combinar periodos de sílabas en estructuras simétricas lo que nos impacta, aunque pueda maravillarnos y tenga sin duda su mérito. Lo decisivo es la contundencia y el acierto capaz de transformar una simple combinación de palabras en algo diferente, como el aire en la tormenta estalla en rayo. Lo esencial en la poesía es la combustión verbal, el cambio de estado que por alguna razón transmuta un puñado de barro -vocales y consonantes- en algo vivo y alado.

Desde que empezamos a consumir poesía escrita, impresa, el metro y la rima estaban condenados. Demasiado perduraron, en mi opinión. En cambio, la página impresa ofrece recursos visuales capaces de contener un intenso significado poético. Véase Retórica Tipográfica, de Alberto Carrere. La inmensa obra de poesía visual de Joan Brossa elevó la capacidad expresiva de lo tipográfico, y hasta de los simples objetos cotidianos, a alturas admirables. En todo caso, hoy en día los poetas utilizan con normalidad recursos tipográficos interesantes y expresivos; en Yacimiento encontramos no pocos: el diferente sangrado de márgenes para establecer conexiones o jerarquías verticales; o los espaciados diferentes entre caracteres para ralentizar una palabra    f u g a z m e n t e   , alumbrándola así con otra luz, por citar dos ejemplos. Esto enriquece considerablemente la lectura. No sé si se ha establecido ya un catálogo de figuras poéticas tipográficas tan detallado como los existentes para la lírica convencional, pero sería interesante.

En las páginas finales de Yacimiento encontraremos referencias que debemos considerar inspiradoras del autor: Byron, León Felipe (uno de los padres del verso libre, por cierto), Pound, y Eliot, cuya Tierra Baldía es quizás un paisaje similar al Yacimiento de Ayala, en el que solo la voz indicada, buscada y preparada como un conjuro, puede colocar las cosas en su sitio para hacer inteligibles las ruinas. Cuestión de relato, dirían los comentaristas políticos, si les dejáramos entrar en terreno literario, cosa que de ninguna forma permitiremos.

Yacimiento, de Óscar Ayala, ha sido publicado por la editorial Huerga y Fierro en su colección «La Rama Dorada», y puede conseguirse aquí.

 

 

 

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