Cada nueva lectura de Manuel Chaves Nogales agranda su dimensión literaria. Fue un auténtico verso libre de la primera mitad del siglo XX: sin adscripción a generación alguna, independiente hasta la médula, imparcial hasta hacerse extraño. Sin embargo, al leerle resuenan en sus páginas las voces mejores de lo escrito en español en los últimos doscientos años, e incluso algo de lo escrito después de su muerte, en 1944, a la tempranísima edad de 47.

Paseando por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión en Recoletos, Madrid, a última hora de la tarde, encuentro este volumen de cuentos y notas, «La bolchevique enamorada y otros relatos», publicado por Renacimiento. Contiene cuatro cuentos inéditos y -lo que es mejor, a mi gusto- una colección de notas y bocetos agrupados bajo el título «Narraciones maravillosas y biografías ejemplares», publicada en 1920. Muchas de ellas (además de por el título general) evocan al mejor Marcel Schwob.

Chaves Nogales fue periodista y reportero. Su biografía (aquí en la Wikipedia) nos anticipa otra de las resonancias inevitables de toda su obra, la de Stefan Zweig, que como él asistió asombrado al derrumbe de la civilización europea sumida en la barbarie guerrera y exterminadora de los terribles años de 1930 a 1945. En su calidad de reportero recuerda infinitamente a Larra, otro espíritu paralelo a Zweig, por cierto.

La escritura periodística condiciona al narrador. Chaves es preciso: más parece cordobés que sevillano, más estoico que barroco. Sus periodos no suelen ser largos, ni su sintaxis rebuscada. Dice lo que tiene que decir; eso sí, con la máxima precisión y con un vocabulario en el que se ve, inevitablemente, la riqueza del español andaluz. Pero para él escribir bien es un medio, no un fin en sí mismo. Lo importante son las historias que se cuentan.

Como él mismo anuncia en el prólogo de las «Narraciones maravillosas…» alguna vez se planteó escribir una gran novela, pero se dio cuenta de que su talento no era nieto de Balzac, ni hijo de Baroja, afortunadamente. Chaves da lo máximo de sí en la distancia corta, en las tres páginas que dura un artículo o una columna. Sus libros largos (la fabulosa biografía del torero Belmonte, o los cuentos de «A sangre y fuego», unánimemente reconocidos como lo mejor que se ha escrito en materia narrativa sobre la Guerra Civil española) son de hecho una concatenación de artículos, de episodios, de columnas. De nuevo una resonancia: Umbral.

En las «Narraciones Maravillosas…», además de los ya citados, hay Papini («Yo y yo mismo»); hay Andersen («Los zarcillos»); y hay una espléndida anticipación de Vargas Llosa, en «La mujer a la que robaron el alma» -posiblemente el mejor texto del libro- que resonará décadas más tarde en las «Travesuras de la niña mala».

Hay mucha incorrección política, afortunadamente, también, que explica por qué sigue siendo autor semiclandestino: tanto las derechas como las izquierdas, como los tontos o los ignorantes, desconfían de él, porque Chaves nunca fue, no quiso ser jamás «uno de los nuestros», de nadie, de ningún bando. Eso le agranda más aún.

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Dos notas posteriores a la publicación de la primera versión de este artículo: Chaves Nogales fue un republicano convencido,  pero no fanático, ni de lejos. Siempre defendió la razón y condenó la barbarie fuera del bando que fuera.

Y en segundo lugar, después de la lectura del relato «Azucena» rectificó la afirmación anterior sobre el mejor texto de la colección. «Azucena» es sencillamente una maravilla desde la primera palabra hasta el punto final.

 

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