Al hilo de la programación azarosa de los canales analógicos -obligados a competir con la rabiosa actualidad a base de hemeroteca- ví ayer Instinto Básico (Paul Verhoeven, 1992), en Telemadrid. Habían programado una soirée bastante interesante proyectando,antes, The Game (David Fincher, 1997), película que merece desde luego comentario aparte.

Nunca ví Instinto Básico cuando me hubiera correspondido. Michael Douglas me caía mal, y la campaña publicitaria generalizada de la propia peli presentando como su principal atractivo que una tal Sharon Stone descruzara las piernas y mostrara genitales me hicieron ignorarla. Demasiado comercial y burdo reclamo para el joven filólogo-periodista que era yo a principios de los noventa. Y por entonces ya no era necesario ir al cine ni a Biarritz para ver esas cosas.

Hoy, treinta años -el plazo legal para la prescripción de los delitos de sangre- después, por fin la he visto, tranquila y reposadamente. A continuación van mis notas a favor y en contra de este peli sin duda icónica de época.

La dirección de actores es magnífica. Gente tan piedrafácica como Douglas o la propia Sharon sacan lo mejor de sí mismos.

La atmósfera sexual generada por Verhoeven (es uno de sus rasgos inconfundibles, y quizás el mejor) no tiene precio. Hay una escena en la que la cámara sigue a los protagonistas a través de una estación de policía y se ven -colateral, casualmente- a dos agentes uniformados -ella y él- coqueteando descaradamente, a punto de besarse. Verhoeven lo impregna todo de sexo, y está bien.

La sonorización de la película es magistral. En sí misma, la música no es especialmente memorable (¿o sí?) pero su uso como motor de continuidad emocional a lo largo de los diferentes momentos de la acción es muy bueno.

Los movimientos de cámara son estupendos. Estamos hablando del cine de una época en la que todo se hacía con steadycams manuales, y en la que repetir uno de estos planos podía costar miles de dólares. Verhoeven hace bailar a la cámara con una elegancia parecida a la de Brian de Palma en Snake Eyes, o a la de Polanski en La semilla del diablo.

Las reverberaciones fotográficas de reflejos de piscina, incluso en momentos en los que no tienen sentido (como la propia cabecera del film) añaden a la historia, combinándose con la banda sonora, una magia visual muy especial.

El uso de grandes primeros planos en los diálogos funciona bien. Es un recurso audaz, pero cuando funciona, funciona. Da emoción, transmite cercanía, implica al espectador. En este caso es perfecto. Tengo la impresión de que -para su época- no muchas producciones recurrían con tanta audacia al gran primer plano con la generosidad y acierto como Verhoeven en Basic Instinct.

En fin, hay muchos aciertos y de mucho calado en el Verhoeven de Instinto Básico. Algunos tan interesantes que reverberan a Lynch o Kubrick. Los planos aéreos de persecuciones o drives en las carreteras costeras de San Francisco, por ejemplo. El espectador avisado puede incluso avistar destellos de Guillermo del Toro en la escena del inspector dormido con película de terror en segundo plano y monstruo de dientes puntiagudos persiguiendo a víctima.

Treinta años después, Instinto Básico sigue siendo una gran película. Lo único que la traiciona, como suele ser, es la trama.

La manía de los guionistas y de los estudios por tramatizar cualquier narración (quizás por poder hacer después innumerables spin-ofs) hunde el final de Instinto Básico. Es la tristístima y pesadísimsa herencia de Agatha Christie. ¿Qué nos importa quién es el asesino? No queremos que una película o un libro sean adivinanzas. Una cierta dosis de intriga siempre está bien, como sal y pimienta de la narración, pero nunca puede pretender suplantar al único verdadero y centro de interés: el comportamiento humano y el misterio del mundo. Si tu novela o tu película privilegia en su interés la trama -quién es el asesino- sobre la razón -por qué- no me interesa.

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