Sólo llevo veintitrés de las más de doscientas páginas de El Poder de los Cuentos, de Georges Jean, y ya estoy maravillado. En tan corto espacio, el autor establece cinco características básicas definitorias del género cuento, con las que no puedo estar más de acuerdo:

1.- Un cuento es una narración, en sentido notarial. No es una floritura o digresión adjetival y poética. Se parece más a un atestado policial que a cualquier otra cosa. Establece hechos ocurridos en un determinado orden. Es un acta notarial de un episodio, por muy imaginario que el episodio en sí pueda ser. Atención: lo imaginario no es incompatible con lo exacto.

2.- Un cuento es intemporal y ubicuo. No necesita para ser creíble referencias de fechas o lugares precisos. Los cuentos suceden en el tiempo de «érase una vez» y su geografía es mental, imaginaria, infinita.

3.- Un cuento tiene un final. Esta es, quizás, la característica que más me gusta de todas. En estos tiempos de series y culebrones interminables e indefinidos, la conclusión de los cuentos es una bendición. El cuento no se quiere prolongar indefinidamente; no es una saga, milonga o pesadez: lo que cuenta tiene un principio, un desarrollo y un fin, y cuando se acaba, se ha terminado, es el FIN. Esa gloriosa palabra tan en desuso hoy en día.

4.- Los personajes de un cuento son relativamente planos. No es que no tengan profundidad psicológica, sino que importa más su condición actuarial en el propio cuento. Son reyes, mendigos, perros, zorros, dragones, doncellas, santos, ladrones, pastores, caballeros, caminantes… pero sean lo que sean importa menos su individualidad romántica que su rol en el desarrollo de la acción del cuento.

5.- Los cuentos son esencialmente orales, en su transmisión. No necesitan la escritura. Ya que sus personajes son planos y su territorio la intemporalidad, no necesitan soporte impreso para pervivir a lo largo de milenios. Por eso hay cuentos -como el del Amigo Verdadero (aquél que te ayudaría a enterrar un cadáver sin hacer más preguntas) que atraviesan los siglos tal cual, con ligeros cambios de vestuario o atrezzo, pero sin perder un ápice de su esencialidad narrativa.

Estas son las cinco características que Georges Jean cuenta en las magistrales 23 páginas de inicio de El Poder de los Cuentos. A mí me gustaría añadir alguna más:

6.- El cuento traslada una enseñanza, un mensaje. No es un texto escrito para deleite onanista. Se supone que después de leerlo u oírlo aprendes algo.

7.- En el cuento, los personajes son buenos o malos. No hay ambigüedades morales. Aunque es cierto que este séptimo punto es redundante con respecto al cuarto (la planitud de los personajes)  quizás sea conveniente destacarlo algo más. El bien y el mal están claros desde el punto de partida de la narración en un cuento.

Está bien haber llevado a siete los cinco postulados iniciales de Jean, aunque solo sea por simetría numérica o álgebra kabalística. Quizás lo escrito en estas notas pueda aplicarse mejor a géneros como «fábulas» o «leyendas» que a otros como el cuento contemporáneo. Está claro que las historias de Cronopios de Cortázar o muchos otros de los cuentos breves producidos bajo égida del romanticismo o el realismo -sin dejar de ser magníficos momentos de producción literaria- no encuadran con los siete mandamientos del cuento que quedan anotados arriba.

Estos siete requisitos -o mejor, características- se refieren a un género de cuento que en parte sinonimia con leyenda, en parte con fábula y en parte con novela breve, también. Ya que La Metamorfosis, de Kafka, si se mira bien, cumple todas las características necesarias y podría ser considerado según ellas uno de los mejores cuentos legendarios de la tradición universal. Incluso aunque desaparezca la escritura. Siempre habrá alguien que recordará a Gregor Hamsa pateando boca arriba sus extremidades de insecto mientras la familia aporrea la puerta para que no llegue tarde a trabajar.

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