El problema de la izquierda es que no comprende o finge no comprender (o comprende pero ignora por interés) que un país no puede gastar más de lo que ingresa. En el sistema económico mundial es necesario que los países sean fiables cuando piden dinero a otros. Eso sí es fácil de comprender. Cuando un país tiene déficit público -gasta más de lo que ingresa- sólo tiene dos opciones: pedir a otros lo que le falta, o subir impuestos a sus ciudadanos. Esta dinámica conduce, in extremis, a la dependencia de los prestamistas o la potencial nacionalización de las propiedades privadas -corralitos, intervenciones de diferentes tipos.

La derecha -que quizás no tenga otras muchas virtudes- sí que puede reivindicar ésta: reconoce el basic fact of life de la dependencia de los prestamistas cuando no se tiene dinero suficiente para pagar las deudas propias. En cambio, la izquierda pretende liquidar las deudas con agravios ideológicos. Exige su condonación a cambio de perdonar ultrajes e injusticias.  Para eso necesita mantener en la consciencia colectiva la imagen de los malvados. Esto pudo tener algún sentido en los orígenes del socialismo, siglos 18 y 19. Pero hoy en día, suena a broma. La población a la que la izquierda apunta como yacimiento fiscal para compensar agravios e injusticias sociales no es otra que los ciudadanos comunes, que acaban sufriendo  las consecuencias de un discurso político y económico anacrónico. Repito: aunque sus objetivos tengan plena vigencia -justicia, igualdad, solidaridad- sus métodos son obsoletos y contraproducentes. Como decía al principio, si eres de izquierdas puede que no comprendas esto, o puede que no lo quieras comprender. En todo caso, cuenta conmigo para conseguir los objetivos, pero no para utilizarlos como reclamo electoral.  Mientras tanto, China -un país totalitario, cerrado a la disidencia- crece. Cuando les debamos más dinero del que podemos pagar, estaremos a su merced.

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