Sólo hay dos géneros: Historia, y Ficción. El primero se ocupa de los hechos; el segundo de las posibilidades. El territorio de la Historia es únicamente el pasado; la Ficción puede campar a sus anchas también por el presente y el futuro.

La Historia se debe a la verdad, mientras que la Ficción sólo obedece a lo verosímil.

Si todos tuviéramos clara una distinción tan simple, la postverdad -pandemia espiritual de nuestro siglo- no podría propagarse.

Una cosa -un hecho, un dato- no pueden ser y no ser verdad a la vez. Vale Shakespeare: «ser o no ser, esa es la cuestión». No hay matices entre la verdad y la mentira factuales; algo ha ocurrido o no ha ocurrido, pero no puede haber ocurrido y no haberlo hecho a la vez. Aristóteles lo formuló de manera diáfana hace más de veinte siglos, fundando así la verdadera Constitución Universal del Conocimiento Humano, sobre la que se basan todas las ciencias.

La ambigüedad y las sutilezas están muy bien como juegos de sofistas elegantes, whisky en mano ante la chimenea, mientras afuera el invierno ruge y hiela. Se comprende que pueda ser divertido, y hasta dandy, poner en cuestión el principio de identidad, y defender con ironía que A puede ser B a la vez, y sin dejar de ser A ni B. Muchos políticos de nuestro tiempo comprarían ese razonamiento, que les permite prometer sin compromiso, y satisfacer a todos, todas y todes. Pero no hay construcción estable sobre un cimiento que puede estar y no estar, a la vez, donde debería estar. Casi da vergüenza tener que escribir estas cosas, tan de perogrullo.

La distinción literaria entre Historia y Ficción no afecta necesariamente a la belleza de lo escrito. Esa es otra dimensión. Hay textos históricos absolutamente insoportables desde el punto de vista estético, y otros más bellos que casi cualquier ficción. La calidad literaria es otro parámetro diferente. Historia y Ficción se distinguen lisa y llanamente por la respuesta a la simple pregunta «¿ocurrió en realidad?». En cambio, lo bonito de una historia es mucho más sutil, gaseoso, impreciso y atractivo.

Historia y Ficción se distinguen en modo binario: sí, o no; 1 o 0; pasó o no pasó. No hay medias tintas, y sobre algo aparentemente tan soso se levantan ni más ni menos que el álgebra de Boole, la computación cuántica y el funcionamiento básico del cerebro de los seres vivos, que simplemente registran hechos para tener mejores oportunidades de anticipar posibilidades.

Pero la estética no es binaria; es curva. La belleza de una frase, novela o poema no se puede establecer con tanta contundencia como la veracidad de un hecho: es subjetiva, equívoca, sugerente, ambigua. Si me permitís una digresión políticamente incorrecta, más propia de los años 90 que de los 2020, diría que la Historia establece si una persona es hombre o mujer -dato cromosómico-, mientras que la Ficción permite imaginar o apreciar su belleza. No me lapidéis, por favor.

Es cierto que el reconocimiento de la veracidad de un hecho, base de la Historia, es fruto de un consenso. Si dos personas que asisten en un bosque remoto a un suceso que nadie más presencia se ponen de acuerdo para testificar, los hechos serán registrados como ellos digan -a menos que los CSI intervengan, claro. Pero el terreno de juego es amplio.

La distinción entre Historia y Ficción debería formar parte de los objetivos y presupuestos de los Planes de Recuperación Económica post-Covid19.

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