En capítulos anteriores de esta serie hemos establecido que un hecho es la unidad atómico-molecular básica de la narración. A su vez, hay dos tipos de hechos: los que han ocurrido en la vida real forman parte de la Historia, y los que no, de una Ficción. Ambos son legítimos, y esta distinción no supone ningún afán discriminatorio: un hecho ficticio no debe sentirse menos que uno histórico. El hecho ficticio de la acometida de Don Quijote contra los molinos de viento es más importante para la humanidad que muchos hechos históricos probados, como por ejemplo la micción en vía pública de Dionisio el Vagabundo en un árbol del Parque de Berlín, documentada históricamente por las cámaras de vigilancia y la multa correspondiente. Sin querer tampoco menospreciar a Dionisio, su meada, en tanto que hecho histórico probado, es infinitamente menos trascendente que la acometida de Don Quijote contra los molinos, cosa que nunca tuvo lugar en realidad.

Mi premisa básica es que la naturaleza fáctica o ficticia -Historia o Ficción- de un hecho establece (o debería) una frontera booleana. Nunca debemos dejar de ser capaces de distinguir entre lo real y lo imaginario, la verdad y la mentira.

A partir de aquí, todo sería posible. Cualquier combinación de Historia y Ficción que parta de una firme convención sobre la incompatible naturaleza de sus orígenes está bien encaminada. La final de la Champions League es posible porque el fútbol tiene reglas, y la Literatura lo es también gracias a ellas. La distinción elemental entre lo real y lo fantasioso es primordial.

Una vez más: perdón por la perogrullada. Pero es que vivimos en tiempos en los que todo parece valer, incluso negar los principios aristotélicos de identidad y verdad -A no puede ser A y B a la vez- y por ahí no paso. No porque esté en desacuerdo con la multiculturalidad y la corrección de las opciones políticas, o quizás porque, en efecto, mi tolerancia a la diversidad termina cuando me quieran aceptar que algo puede ser blanco y negro a la vez. Sobre todo si no me lo razonan.

La definición atómica de lo factual no es casual. Es cierto que el mismo concepto de átomo -lo indivisible, etimológicamente- ha sido puesto en cuestión por la Física moderna, mediante sucesivas particiones de la unidad básica de la materia que han terminado por hacernos creer que en realidad todo lo que vemos, comemos, somos, creemos y tocamos son sólo entidades mentales adecuadamente construidas, convenciones con impacto sensorial.

¿Hay verdaderamente un átomo narrativo, una unidad indivisible de lo verdadero -hechos? Filosófica y narrativamente hablando, sin duda. Sin embargo, la imaginación reclama territorios cada vez más amplios, en los que todo pueda ser cuestionable, negable, opinable, elegible. Veremos cómo acaba todo esto.

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