Aún sabiendo que vivimos una triste época de polarizaciones, en la que lo emocional gobierna sobre lo racional, y sabiendo también que lo que voy a escribir a continuación puede suponerme reproches más o menos amistosos, tengo que decirlo: Pablo Iglesias no ha hecho bien planteando un ultimátum al diálogo en el debate de Cadena Ser esta mañana, en primera instancia, y tampoco ejecutándolo, en segunda.

Para un investigador tranquilo que siga el rastro de los hechos -el único que deberían considerar las personas de bien- lo obvio es lo siguiente: a) Iglesias exige a la moderadora del debate como condición previa al inicio del mismo una retractación de otro de los participantes; b) tras el turno de palabra de la aludida, Iglesias considera instatisfecha su exigencia, por lo cual ejecuta su condición anunciada, se levanta y se va.

Pero ¿hay que disculparse por dudar?

Iglesias asegura haber recibido amenazas de muerte. Es indispensable, de saque, condenar todo tipo de amenazas y violencias, sin el mínimo atisbo de ambigüedad. Yo le creo, pero creo también en el derecho a la duda, que muchas veces se ha definido como base de la ciencia.

¿Hay que disculparse por dudar de la credibilidad de una afirmación ajena, aunque sea tan dramática como la amenaza mortal? ¿No son las investigaciones policiales, y en última instancia los tribunales, quienes deben estrablecer la verdad oficial-social? ¿Basta la afirmación de una persona -por muy autoridad que sea- para consagrar la veracidad de unos hechos?

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