Llego a casa y mientras me preparo la cena, para dormir bien, me tomo medio Lorazepam. Sé que tarda -al menos en mi organismo- entre 60 y 120 minutos en hacer efecto, y unas diez horas hasta que se diluyen. Tenemos una relación, el Lorazepam y yo.

El siglo XX ha legado al XXI una triste -o afortunada, según la experiencia de cada cual- condición de era condicionada por los condicionantes químicofarmacológicos en la vida diaria: antidepresivos, hipnóticos, opioides, edulcorantes y anabolizantes diversos de la vida cotidiana, bajo cuyo gobierno deberían entenderse, e incluso legislarse, muchas de las circunstancias, delitos y episodios de la historia contemporánea.

Es sabido que Hitler era multiadicto y dependiente de anfetaminas y estimulantes diversos; la misma industria farmacéutica que alimentó sus delirios nutrió los de Burroughs, Gindsberg y Kerouac. Si algo -remotamente- tienen en común el delirio nazi y el psicodélico es su dieta de psicotrópicos. ¿O no? Los inicios del siglo XX fueron deliberadamente anfetamínicos y opiáceos, y después de la segunda guerra fue el momento de lo lisérgico, es cierto, puede que fuera así.

Anyway, lo que me importa no es establecer una cronología histórica precisa de las relaciones entre la industria farmacéutica y sus derivados comerciales más o menos black market sino apuntar la necesidad de ella: alguien debería hacerla, y a ser posible alguien sobrio. Si Marx, Engels, Dickens o el mismísmo Cioran levantaran la cabeza, estarían de acuerdo en que a partir de inicios del siglo XIX -cuando la industrialización y la explotación colonial comenzaron a aportar sistemáticamente principios activos médico-psicóticos a los aburridos salones de la aristocracia y también a los oscuros arrabales downton alleys de los suburbios- cualquier planteamiento filosófico sobre la lucha de clases, el devenir histórico, la evolución del espíritu humano o la ética metafísica dejó de tener sentido: todo pasó a depender del consumo de químicos.

Es un movimiento histórico tan importante y transcendente como el del inicio del consumo del vino y el alcohol, que fue durante milenios el único principio activo comúnmente admitido en las sociedades occidentales.

Hoy, nuestras cabezas y espíritus están gobernados parcialmente por rutinas de sustancias patentadas que imponen sutilmente pautas de comportamiento que casi siempre escapan a la vigilancia de las leyes: son como hadas incorpóreas que susurran en nuestros oídos, a pesar de que a veces puedan ser también demonios implacables que sugieran crímenes, venganzas, tiroteos, apocalipsis.

El poder de la industria farmacéutica es tal que nadie habla de ella. Ahora, blanqueada por su brillante aportación a la solución de la pandemia, será reverenciada. Y sin duda sus valores positivos son superiores a los otros. Es ciencia en movimiento, es química al servicio de la salud, en un grandísimo porcentaje de su actividad. Pero su incidencia en otros muchos miles de aspectos cotidianos debería ser monitorizada, en mi opinión. Somos química, dijo no sé quién.

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