La cosa digital tiene muchas y muy buenas ventajas, pero no hay nada como el papel, a la hora de leer. La digitalización sirve para encontrar libros raros: gracias a Wallapop, Iberlibro o Bibliostock se ha constituído en los últimos meses una gran Cuesta de Moyano Virtual (CMV) en la que se pueden encontrar a precios fabulosos -por lo bajos- maravillas que hace años costaban diez veces más en librerías. Es el momento de los bibliófilos, sin duda.

Porque la bibliofilia es un vicio indisolublemente asociado al papel. Uno puede utilizar lo digital para encontrar, comprar, catalogar, investigar, y sobre todo para descubrir nuevos talentos, pistas, historias… Los momentos empleados con el móvil en la mano navegando por la Wikipedia para hilar biografías, obtener datos, y reconstruír en general ese maravilloso crimen colectivo que es la Historia de la Literatura y el Pensamiento (HLP) son sin duda de los mejores de nuestras vidas.

¡Ah, pero…! Como diría Skinead O´Connor, Nothing Compares to el momento de recibir el libro impreso, tenerlo en las manos, esnifarlo, palparlo, sentirlo. Lo de esnifar no es de coña: miente quien niegue que el mejor momento del cole era el día de la entrega de los libros nuevos, a los que abríamos como tesoros de ilustraciones y sabiduría pero sobre todo para enchufar las narices a sus junturas -casi erótica imagen, los muslos del libro plegados y brillantes en su raja central- y aspirábamos con los ojos cerrados ese perfume de pegamento y ciencia de todo lo que íbamos a aprender en el año.

Luego ya, crecimos, qué se le va a hacer. Algunos lo hicimos afortunadamente rodeados por libros familiares, y descubríamos en ellos no ya el perfume plástico de los textos escolares, sino un venerable aroma de tiempos remotos, mucho más embriagador, todavía, y que -cosa la más sorprendente y maravillosa de todas- sigue siendo el mismo pasados más de cincuenta o cien años. Cuánto ha cambiado el mundo en un siglo no necesita explicación, pero que los pequeños volúmenes de la Biblioteca Universal de Aguilar o la selección de Cuentos de la Literatura Universal de Menéndez Pidal en Labor sigan oliendo igual, cosa es prodigiosa y digna de la más encendida admiración.

Sin duda, el componente vegetal de los libros -el papel- tiene la culpa, la magnífica, la grandísima culpa de todo esto. Lo digital es frío, no huele, no da tacto. El papel puede ser rugoso como un viejo amigo, o dulce y satinado como la mejilla de un niño. Y su olor, su perfume despierta en nosotros más evocaciones que cualquier magdalena, por mucho que el bueno de Marcel buscara en los supermercados de la memoria.

Así, a través del papel, se consumó un triste pero bellísimo sacrificio natural: el de cientos de millones de árboles convertidos en pulpa y celulosa para trasladar de un hombre a otro sus ideas. ¿Mereció la pena? No lo sé. En cierta forma, es una especie de combustión: igual que en los incendios la madera se consume y se transforma en humo -en polvo, en sombra, en nada- en el proceso industrial del papel los árboles asumen una vida secundaria como transmisores de la palabra, las ideas, la belleza -ay, también de ideas malas, leyes perversas, órdenes genocidas, es cierto.

Todos somos la brizna de hierba que crece entre dos adoquines. Los árboles tomarán su revancha -espero y deseo- cuando los humanos nos hayamos ido, y poblarán de nuevo selvas precámbricas surcadas por libélulas gigantes. Entonces, quizás, comentarán, ya que nadie les oye: ¿os acordáis de los hombres?

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