Uno de los mantras mediáticos del 2020 ha sido la referencia a «colectivos más desfavorecidos». En discursos gubernamentales, políticos y empresariales, este sector de la población ha aparecido una y otra vez como gran protagonista o referente, tal nuevo actor de moda en el teatro de la comunicación social.

La cuestión es: ¿cuáles son los colectivos más desfavorecidos? No existe un listado oficial, no es una categoría documentada; sólo es una referencia semántica, abierta a múltiples interpretaciones.

Ya que es así, y a la espera de que los gobiernos responsables vayan publicando en los boletines oficiales correspondientes (cada vez más olvidados a favor de los simples noticieros; se diría que un decreto entra en vigor cuando sale por la tele) el elenco nacional, comunitario, comarcal, municipal o por distritos / códigos postales / calles y barrios de los colectivos más desfavorecidos, uno puede permitirse reflexionar sobre el tema, y hacer sus propias propuestas.

A simple vista, parece claro que todos los desempleados deberían formar parte, por derecho de origen, del elenco nacional. Nada hay más desfavorecedor que no tener un trabajo, ingresos regulares, ocupación, compañeros de café, un lugar en ese gran concierto dodecafónico que es la economía de un país. Admitidos.

Después, podría pensarse que los pensionistas -por su condición de mayores, y por cierta inercia ideológica- deberían también ser miembros natos del club. Pero aquí las cosas se comienzan a complicar. ¿Una pareja de pensionistas que cobren ambos la máxima (unos 2.700 euros brutos al mes), y tengan casa pagada e hijos ya emancipados, ¿pueden considerarse realmente desfavorecidos? Se abre el debate. ¿Dónde se pone el listón?

¿Podría considerarse Colectivo Más Desfavorecido (CMD) a todo el conjunto de personas que no tienen -a diferencia de los funcionarios públicos- un empleo asegurado de por vida?

Es obvio que hay múltiples grupos sociales que deberían poder reclamar sin duda la insignia de CMD.  Personas dependientes, mayores que viven solos, habitantes de zonas rurales sin servicios básicos, pacientes de patologías poco frecuentes… Sin embargo, se supone que ya hay conceptos y programas socio-económicos específicos para cada uno de ellos: ley de dependencia, programas de recuperación de la España vaciada, ayudas a la investigación… ¿Por qué, entonces, este nuevo contenedor ideológico-social, los CMD?

Lo diré: me repatea especialmente la letanía CMD por su inconcreción y por recordar demasiado groseramente al discurso tradicional de las sociedades hipócritas cuando se referían a «los pobres».

En una sociedad hipersensibilizada ante el agravio, todos podríamos reclamar pertenencia a un CMD. De hecho, así funciona la dinámica electoral. VOX argumenta gran parte de su atractivo político sobre la base de que los hombres son CMDs frente a las mujeres, favorecidas en exceso por una legislación parcial hacia su condición desfavorecida por género. También la inclusión de los inmigrantes en los presuntos o supuestos CMDs (repito: no hay elenco oficial, todo puede suponerse) alimenta un agravio de los desfavorecidos españoles que reclaman para ellos las ayudas económicas destinadas a quienes desembarcan en patera.

Por cierto, ¿podría reclamar la inclusión en CMD a título individual? ¿La marginalidad literaria podría ser también requisito de entrada para las ventajas de pertenecer a un CMD? Da igual, de todas formas estos colectivos tampoco tienen otra alegría mayor que verse reflejados en discursos y tertulias que el viento se llevará, como a todas las modas.

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