Iré apuntando aquí las notas que me surjan de la lectura de este clásico que finalmente ha caído en mis manos gracias a Bibliostock, una especie de Cuesta de Moyano virtual y global donde se encuentran por muy buenos precios maravillas editoriales.

¿Poesía con metro, o verso libre? ¿Para qué la rima? Creo que la respuesta termina siendo muy simple. La métrica y la rima son sólo recursos nemotécnicos: durante siglos ayudaron al recitador a memorizar los textos con los que se ganaba la vida. La tradición oral ha sido durante muchos milenios el vehículo natural de lo literario -es más, de la ciencia también, de todo conocimiento. No olvidemos que alguien como Platón, padre de la filosofía, desconfiaba de la escritura: estaba convencido de que cualquier forma de fijar el conocimiento sobre un soporte inanimado (y no sobre una persona, un discípulo) era esencialmente inútil, incluso perverso.

Por eso hasta hace un par de milenios todo se producía en verso: leyendas épicas, por supuesto, pero también tratados científicos, textos legales, anales históricos, e incluso actas notariales. El ritmo y la rima fueron durante muchísimos cientos de años el soporte mental de una memoria que no tenía dónde fijarse, dónde arraigar, si no. La piedra y el cincel estaban reservados a los reyes. En Mesopotamia -Sumer- comenzó la producción masiva de soportes más fáciles y perecederos, las tablillas de arcilla grabadas con signos cuneiformes para registrar todo aquello que en la vida urbana requería registro: bodas, contratos, ventas, leyes, sentencias…

Es cierto que el ritmo y la rima tienen una belleza intrínseca, igual que el olor de la leña ardiendo en una noche de invierno siempre agrada. La mente agradece los patrones; la inteligencia ama las repeticiones, que permiten identificar mejor las diferencias.

Pero obviamente el ritmo y la rima no son capaces, por sí mismos, de producir emoción estética, ni en literatura ni en música. Debe haber algo más: la idea. La idea es el fantasma esquivo, el agua que se cuela entre los dedos, el ángel que nunca se deja atrapar enteramente, el pájaro que deja de cantar cuando lo enjaulas. Esa es la maravilla de la curiosidad humana: amamos las pautas -ritmo y rima- tanto como sus rupturas -transgresiones, verso libre, ideas.

Cuando el papel y la imprenta se hicieron universales, el verso libre era cuestión de tiempo, y la rima estaba ya sentenciada. Resultan tristemente patéticos los esfuerzos de tantos y tantos poetas de los siglos XVIII y XIX por hacer pervivir unas métricas ya sin sentido. Espronceda -y otros tantos románticos- se dieron cuenta de que estaban condenadas, aún inconscientemente, y jugaron con ellas apurándolas hasta el extremo, haciéndolas incluso rimbombantes, grotescas, graciosas.

La nueva métrica la comenzó a marcar, desde entonces, la propia página impresa. Es más importante el salto de verso que el número de sílabas. El momento en el que la vista lectora se detiene en el precipicio minúsculo de una línea antes de saltar a la siguiente, el vértigo que pueda llegar a sentir en esa posición, tiene mayor importancia que la rítmica, a partir de cierto momento. Cierto es que ya lo anticipó Quevedo:

Cerrar podrá mis ojos la postrera…

Ese quiebro de final de verso entre el adjetivo y su nombre anticipa la lírica moderna.

Sin embargo, el verdadero salto se produce en el siglo XIX, con Whitman y Baudelaire. No hablaré del primero por torrencial, y sobre todo por ignorancia aún del conjunto de su obra -la tengo pendiente. Pero sí que tengo claro que los «Pequeños poemas en prosa» y el «Spleen de Paris» del segundo son la manifestación de la madurez en la liberación de la poesía de su atávico ropaje de metro y rima.

Es más: ¡cuánto daño ha hecho a la poesía su asociación exclusiva al metro y la rima! Aún hay gente que confunde lo poético con lo métrico-rimado, y cuando las autoridades municipales les piden que escriban grafitis urbanos sobre las aceras siguen recurriendo a lastimosos pareados que dañan la vista, el oído, el alma y el paseo.

¿Fue Lucrecio un poeta? ¿Es poesía «De Rerum Natura»? La respuesta obviamente es que sí, pero no por sus calidades métricas, sino por la romántica y desbordante pasión con la que describe el mundo atómico, la aventura de la filosofía natural. Si lo hizo en verso era solo porque era como se hacía entonces, pero si lo hubiera escrito sin ritmo ni rima su mensaje no hubiera perdido ni un átomo de fuerza. La poesía es el ritmo del corazón, no de las sílabas. La verdadera rima es la del alma con el mundo, no la de un verso con el siguiente.

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