Probablemente, los dos escritores del siglo XX más intensamente relacionados con Birmania -hoy Myanmar- son Pablo Neruda y George Orwell. El británico (nacido en India) vivió en Birmania entre 1922 y 1927, desde sus 19 a sus 24 años, ganándose la vida como agente del cuerpo de Policía Imperial. El chileno llegó con 23 años de edad, en el verano de 1927, y permaneció allí hasta febrero de 1929, cuando marchó a Ceylán (hoy Sri Lanka), en parte por medrar en su famélica carrera consular, y en parte por huír de una mujer: Josie Bliss, nativa birmana cultivada y angloparlante que acogió al poeta y futuro Premio Nóbel en su casa de Rangún desde abril de 1928 hasta la fuga a Ceylán.

Como es sabido, Josie Bliss inspiró algunos de los poemas decisivos de «Residencia en la Tierra», que a su vez es uno de los libros de versos más importantes del siglo XX, y quizás de toda la literatura en lengua castellana. El más conocido es «Tango del Viudo», pero hay al menos diez o doce más, igual de buenos y decisivos. El lector interesado puede consultar en este blog otros artículos anteriores dedicados a la estancia de Neruda en Birmania y Ceylán.  

En las memorias de Neruda, Confieso que he vivido, el poeta describe el intenso episodio de su despedida final a Josie Bliss. Tras la fuga de Rangún, ella se las arregló para localizar la nueva residencia en la tierra de su amante, y ni corta ni perezosa se presentó ante su puerta -tras un viaje de semanas y miles de kilómetros por tierra y mar, nada fácil- para intentar obtener su regreso. Así describe el episodio (página 105, ed. Círculo de Lectores, 1974):

«Algo vino a turbar aquellos días consumidos por el sol. Inesperadamente, mi amor birmano, la torrencial Josie Bliss, se  estableció frente a mi casa. Había viajado allí desde su lejano país. Como pensaba que no existía arroz sino en Rangoon, llegó con un saco de arroz a cuestas, con nuestros discos favoritos de Paúl Robeson y con una larga alfombra enrollada. Desde la puerta de enfrente se dedicó a observar y luego a insultar y a agredir a cuanta gente me visitaba, Josie Bliss, consumida por sus celos devoradores, al mismo tiempo que amenazaba con incendiar mi casa. Recuerdo que atacó con un largo cuchillo a una dulce muchacha eurasiática que vino a visitarme.

La policía colonial consideró que su presencia incontrolada era un foco de desorden en la tranquila calle. Me dijeron que la expulsarían del país si yo no la recogía. Yo sufrí varios días, oscilando entre la ternura que me inspiraba su desdichado amor y el terror que le tenía. No podía dejarla poner un pie en mi casa. Era una terrorista amorosa, capaz de todo.

Por fin un día se decidió a partir. Me rogó que la acompañara hasta el barco. Cuando éste estaba por salir y yo debía abandonarlo, se desprendió de sus acompañantes y, besándome en un arrebato de dolor y amor, me llenó la cara de lágrimas. Como en un rito me besaba los brazos, el traje y, de pronto, bajó hasta mis zapatos, sin que yo pudiera evitarlo. Cuando se alzó de nuevo, su rostro estaba enharinado con la tiza de mis zapatos blancos. No podía pedirle que desistiera del viaje, que abandonara conmigo el barco que se la llevaba para siempre. La razón me lo impedía, pero mi corazón adquirió allí una cicatriz que no se ha borrado. Aquel dolor turbulento, aquellas lágrimas terribles rodando sobre el rostro enharinado, continúan en mi memoria.»

Este fue el final -al menos vital- de la relación de Neruda y Josie. Ella subió al barco, regresó a Birmania y nunca más volvió a dejar rastro biográfico. Sí regresó -como fantasma literario- a versos de Neruda en años muy posteriores, reapareciendo  en secciones de Residencia en la Tierra escritas ya en suelo europeo a mediados de los años 30, o en el Memoria de Isla Negra, publicado en 1964, unos 35 años después del episodio del puerto.

Pues bien, en Los Días de Birmania de George Orwell hay una escena que recuerda poderosamente a la despedida de Josie Bliss. Ocurre cuando el protagonista, Flory, ilusionado por un posible matrimonio con la joven inglesa Elizabeth, recién llegada desde la metrópoli, despide a su amante birmana, Maj La Mei, con la que mantiene una ambigua relación de desahogos y pagos. Estos son los párrafos, pertenecientes al final del capítulo XIII:

«Suddenly she burst into a furious tirade. Her voice had risen to the hysterical graceless scream of the bazaar women when they quarrel. ‘How can I go back, to be jeered at and pointed at by those low, stupid peasants whom I despise? I who have been a bo-kadaw, a white man’s wife, to go home to my father’s house, and shake the paddy basket with old hags and women who are too ugly to find husbands! Ah, what shame, what shame! Two years I was your wife, you loved me and cared for me, and then without warning, without reason, you drove me from your door like a dog. And I must go back to my village, with no money, with all my jewels and silk longyis gone, and the people will point and say, «There is Ma Hla May who thought herself cleverer than the rest of us. And behold! her white man has treated her as they always do.» I am ruined, ruined! What man will marry me after I have lived two years in your house? You have taken my youth from me. Ah, what shame, what shame!’

He could not look at her; he stood helpless, pale, hang-dog. Every word she said was justified, and how tell her that he could do no other than he had done? How tell her that it would have been an outrage, a sin, to continue as her lover? He almost cringed from her, and the birthmark stood on his yellow face like a splash of ink. He said flatly, turning instinctively to money–for money had never failed with Ma Hla May: ‘I will give you money. You shall have the fifty rupees you asked me for–more later. I have no more till next month.’ This was true. The hundred rupees he had given her, and what he had spent on clothes, had taken most of his ready money.

To his dismay she burst into a loud wail. Her white mask puckered up and the tears sprang quickly out and coursed down her cheeks. Before he could stop her she had fallen on her knees in front of him, and she was bowing, touching the floor with her forehead in the ‘full’ shiko of utter abasement. ‘Get up, get up!’ he exclaimed. The shameful, abject shiko, neck bent, body doubled up as though inviting a blow, always horrified him. ‘I can’t bear that. Get up this instant.’ She wailed again, and made an attempt to clasp his ankles. He stepped backwards hurriedly. ‘Get up, now, and stop that dreadful noise. I don’t know what you are crying about.’ She did not get up, but only rose to her knees and wailed at him anew. ‘Why do you offer me money? Do you think it is only for money that I have come back? Do you think that when you have driven me from your door like a dog it is only because of money that I care?’ ‘Get up,’ he repeated. He had moved several paces away, lest she should seize him. ‘What do you want if it is not money?’ ‘Why do you hate me?’ she wailed. ‘What harm have I done you? I stole your cigarette-case, but you were not angry at that. You are going to marry this white woman, I know it, everyone knows it. But what does it matter, why must you turn me away? Why do you hate me?’ ‘I don’t hate you. I can’t explain. Get up, please get up.’ She was weeping quite shamelessly now. After all, she was hardly more than a child.

She looked at him through her tears, anxiously, studying him for a sign of mercy. Then, a dreadful thing, she stretched herself at full length, flat on her face. ‘Get up, get up!’ he cried out in English. ‘I can’t bear that– it’s too abominable!’ She did not get up, but crept, wormlike, right across the floor to his feet. Her body made a broad ribbon on the dusty floor. She lay prostrate in front of him, face hidden, arms extended, as though before a god’s altar. ‘Master, master,’ she whimpered, ‘will you not forgive me? This once, only this once! Take Ma Hla May back. I will be your slave, lower than your slave. Anything sooner than turn me away.’ She had wound her arms round his ankles, actually was kissing his toes. He stood looking down at her with his hands in his pockets, helpless. Flo came ambling into the room, walked to where Ma Hla May lay and sniffed at her longyi. She wagged her tail vaguely, recognizing the smell.

Flory could not endure it. He bent down and took Ma Hla May by the shoulders, lifting her to her knees. ‘Stand up, now,’ he said. ‘It hurts me to see you like this. I will do what I can for you. What is the use of crying?’ Instantly she cried out in renewed hope: ‘Then you will take me back? Oh, master, take Ma Hla May back! No one need ever know. I will stay here when that white woman comes, she will think I am one of the servants’ wives. Will you not take me back?’ ‘I cannot. It’s impossible,’ he said, turning away again. She heard finality in his tone, and uttered a harsh, ugly cry. She bent forward again in a shiko, beating her forehead against the floor. It was dreadful.»

Obviamente la escena descrita por Orwell es más teatral -novelesca-, mientras los párrafos de Neruda -combinados con sus versos dedicados a la amante birmana- son más sugerentes. Pero no se trata de hacer una comparación entre ambos fragmentos literarios, sino de reconocer en el comportamiento cuasi-ritual de las dos amantes abandonadas un mismo patrón: el llanto sobre los zapatos, la promesa de entrega total, la postración definitiva. Neruda no cuestiona los sentimientos de Josie, aunque no se deja conmover y se mantiene firme en su decisión de terminar la relación. Flory cree todo es una actuación melodramática más propia de una prostituta arruinada que de una amante despechada, como podemos leer un poco más adelante.

Lo evidente es la constatación de la gran semejanza entre ambas escenas de despedida, narradas por dos escritores de formación y propósitos vitales muy diferentes, y sin duda ambos geniales, cada uno en su estilo, e igualmente apasionados por lo literario. Uno adivina en las despedidas de amantes birmanas un abismo de dolor y pérdida canalizado en un ritual que, quizás, en birmano tenga un nombre.

Dicho lo cual, aunque el ritual sea similar, seguramente los personajes no. Josie Bliss no reclamó nunca dinero a Neruda; al contrario, le acogió en su propia casa cuando el poeta no tenía ni una rupia ni techo estable. Quizás por unos celos patológicos -o por la incomprensión de la tarea literaria de Neftalí Reyes-, el poeta terminó por preferir abandonarla, pero desde luego no es lo mismo que Maj La Mei, que ejecuta el ritual para intentar impedir su descrédito, no para recuperar su amor, y que sí mantenía con Flory una relación basada en adecuadas retribuciones en moneda o especie. Finalmente hay otra diferencia esencial: Maj La Mei es un personaje de ficción, y Josie Bliss existió en verdad, afortunadamente para la poesía universal.

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