Todos tenemos en la memoria imaginaria escenas de películas de desastres y catástrofes, en las que la masa se comporta como un conjunto enfurecido de individuos enfocados únicamente a su salvación personal, dispuestos al pisoteo del prójimo, a su aplastamiento incondicional, con tal de salvar el pellejo propio. Entre los que me puedan leer seguro que hay, también, personas que hayan vivido esa experiencia personal del pánico masivo, ya fuera en Alcalá 20 -los más jóvenes- o en el Madrid Arena -los menos.

En aquéllos casos fueron incendios, colapsos, episodios momentáneos fácilmente identificables, combustiones de histeria colectiva ubicadas en un lugar y un espacio precisos.

Hoy, con COVID 19, estamos viviendo a un nivel colectivo general, como sociedad, como ciudades, como país, un escenario similar al que quienes vivieron Alcalá 20 o Madrid Arena sufrieron como episodio puntual.

La mecánica de la reacción social es la misma: siempre habrá un honroso veinte por ciento de población o víctimas de un siniestro que mantenga la calma, y se niegue a pisotear al prójimo, o a ejercer su fuerza sobre los más débiles para salvarse. Esa es la buena noticia. La mala es que seguirá habiendo un ochenta por ciento que pisoteará, empujará, dará codazos y antepondrá su propia salvación del fuego a cualquier otro comportamiento que permitiera asegurar un mayor porcentaje de vidas salvadas.

Es así, hoy, en la España del COVID 19: los políticos quieren salvar su poltrona; los sindicatos, su rol protector; los funcionarios, su seguridad personal y familiar; los empresarios, su patrimonio; los pensionistas, su ingreso mensual; los trabajadores, su puesto. Es perfectamente comprensible y legítimo que cada cual defienda, con uñas y dientes, sus intereses. Pero hay un punto en el que esta legítima defensa propia se transforma en agresión preventiva al espacio vital del prójimo, no sea que nos quite nuestro lugar en la balsa de salvamento por si esto acaba como el Titanic. Es un matiz que marca la diferencia entre la generosidad y el atropello.

No hay, desgraciadamente, en el espacio social y mediático español actual, una oportunidad para la reflexión sobre el interés colectivo. Sólo hay microespacios enfocados a los intereses de pequeños colectivos, incluyendo en ellos a los propios medios de comunicación que no pueden dejar de  perseguir la superación de índices de audiencia como garantía de modelo de negocio e ingresos publicitarios. En ningún espacio podemos debatir sin contaminación de intereses, planteándonos únicamente cómo resolver de la mejor manera posible la tremenda ecuación vital y económica de nuestro tiempo.

#SálveseQuienPueda

 

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