Hay un nivel en el que escritores como Rice Burroughs -en sus cuentos de la África profunda- o Robert Howard -en Conan, el Bárbaro- recurren a dioses extraños como figuras importantes de la narración. Parece conveniente que en un pasado remoto haya dioses sangrientos, de grandes colmillos, furiosos, impenetrables, aunque siempre dispuestos a echar una mano al guerrero que merece morir una muerte gloriosa. Sean bienvenidos estos dioses.

Hay un segundo nivel, el de Lovecraft, en el que se construye una cosmogonía completa de los dioses antiguos, y eso son los Mitos de Ctulhu, y eso es Nahartlotep, El que Babea en la Oscuridad, y tantos otros amigos -menos fieros de los que los pintan- del universo lovecraftiano.

En el primer caso, los dioses extraños son figuras de atrezzo, «extras» de lujo en una peli en la que el prota indiscutible es el humano de turno. Está bien.

En el segundo, los dioses extraños son algo más: son ellos los protas de la historia, muchas veces, o al menos adquieren un rol esencial en el argumento, constituyéndose en anti-protas, en antagonistas, en los «malos» de la película frente a un humano que todavía sigue siendo el «bueno».

El concepto de «horror cósmico» de Lovecraft descansaba largamente sobre la concepción -más o menos humanizada- de un panteón siniestro de dioses babeantes y reptantes, y a pesar de ello dueños del destino humano, muy superiores a nosotros. Está bien.

Pero es que hay un tercer nivel: la recreación de las Sagradas Escrituras de una entera cosmología precedente al género humano, al horror y a las aventuras: eso es lo que hace Lord Dunsany.

La lectura de «Los Dioses de Pegana» resulta una auténtica revelación literaria. Si su autor, Dunsany, hubiera dejado este texto -traducido en un lenguaje aparentemente prehistórico, supuestamente indescifrable, pero accesible- en algún recoveco curioso de una excavación arqueológica de Texas o Perú, sin duda hubiera dado lugar a una nueva licenciatura universitaria, y habría revolucionado el campo académico de la arqueología. «Los Dioses de Pegana» es un fake perfecto de sagradas escrituras de una civilización que nunca llegó a existir, pero que podría parecerse mucho a la nuestra.

Al principio, el libro se cae de las manos; es demasiado raro. Pero su semejanza bíblica teje hilos de araña mentales y obliga a recuperarlo. Es verdaderamente un Antiguo Testamento alternativo, con su Génesis y resto de capítulos perfectamente admisibles.

En Pegana -el cosmos, el universo,  todo- hay muchos dioses, pero todos son creación de uno (Mana Yood Sushai), que después de crearlos se ha echado a dormir y odia que le despierten. Todo lo que existe, todo lo que es -el tiempo, la muerte, el movimiento, el hogar, el sexo- son juegos y divertimentos de los dioses creados por Mana Yood Sushai, que ahora duerme.

Mung es la Muerte. Se aparece a los hombres un recodo inesperado del camino, y salta ante ellos diciendo «¡Yo soy Mung!». El hombre que lo ve palidece, y sabe que ha llegado su hora, mientras Mung hace el Signo de Mung ante el hombre y provoca que la vida se desate de sus miembros mortales.

El Tiempo es solo el Perro de los Dioses en Pegana. Se dice que un día se volverá contra ellos y los atacará, pero nadie lo sabe con certeza.

Es, verdaderamente, una proeza literaria. No es extraño que Lovecraft considerara a Dunsany el más «cósmico» de los autores de su cuerda, ya que no es fácil simular una religión entera, una cosmogonía integral, de forma tan creíble.

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