Lovecraft siempre fue muy claro cuando le preguntaban sobre sus predilecciones literarias. En su prolífica correspondencia privada, y en respuestas públicas a preguntas de editores, manifestaba con pocas dudas sus opiniones sobre el ranking de calidad en cuestión de horror cósmico. Las cursivas son adecuadas, ya que para HPL la literatura de horror relacionada con esqueletos, momias o marcianos era -en el mejor de los casos- un divertimento infantil, pero en ningún caso verdadera literatura de miedo. Aunque él no lo supiera, fue más poeta que prosista. No le interesaba tanto la trama como la atmósfera, y eso es lo que distingue a un prosista de un poeta.

Pero no perdamos el hilo, que esto es un artículo. El caso es que cuando le preguntaban sobre los mejores relatos del horror cósmico jamás escritos, el primero de la lista siempre era el mismo: «Los Sauces», de Algernon Blackwood. Vuelvo a la cuestión cósmica: a HPL sólo le daba miedo lo indefinido, lo sugerente, lo capaz de evocar retos mentales y emocionales más allá de lo imaginable. Una furiosa necesidad de fantasía y sobrecogimiento, una admirada rendición a la capacidad y poderío de la naturaleza -también en su lado terrible- puede servir como primera aproximación a definir el horror cósmico. Aunque quizás haya una forma más simple: cualquiera a quien haya sorprendido una enérgica tormenta de verano en un pasaje aislado, en mar o en montaña, y se haya visto desnudo o desnuda frente a cosas tan aparentemente anodinas como el rayo, el relámpago, el trueno, el viento desatado o el vértigo de cambios de presión atmosférica puede tener una idea básica de lo que implica el horror cósmico. En cierto sentido, es el mismo sentimiento de Byron o Espronceda, e incluso Friedrich, sólo que sin la seguridad de salir victoriosos. Cuando Friedrich pinta «El Caminante sobre un Mar de Nubes», desde luego hay sensación de reto al cosmos, pero el gesto del paseante muestra aún la tranquila seguridad del siglo XVIII: es un enciclopédico, un racionalista, tomando posesión de una cumbre, aunque desde luego sobrecogido por el vértigo. Justo es decir que otros cuadros del gran Caspar avanzan algo más en la pulsión precursora del horror cósmico, como «La Melancolía», con esa pareja de tricornios o carnavaleros trasnochados ante un atardecer definitivo. El horror cósmico nace cuando el Paseante de Friedrich duda de su gesto, de su rodilla izquierda elegantemente avanzada, de su condición de gentleman capaz de desafiar a cualquier fuerza conocida o desconocida.

Pero no perdamos el hilo. Leamos «Los Sauces», de Algernon Blackwood, e intentemos comprender la admiración de HPL por este texto de apenas 50 páginas.

La verdad es que la admiración está justificada. No sé si merece definitivamente el título de «mejor relato de horror cósmico jamás escrito», pero desde luego es candidato. Dos excursionistas navegan en canoa por el Danubio centroeuropeo, en paisajes idílicos a los que Blackwood dedica tantas páginas iniciales que uno llega a dudar si está leyendo un relato de horror o un folleto turístico -aunque ya quisieran los folletos. La calidad de las páginas y descriptivos paisajísticos -el mar de nubes- es clave en el relato. Así, fascinados por estas descripciones, nos dejamos llevar a lugares más oscuros, donde los largos brazos de Blackwood nos abrazarán mientras los sauces susurran cosas tenebrosas. Así es: la maestría de la literatura fantástica consiste en hacer imperceptible la transición entre lo cotidiano y lo imposible.

Blackwood recurre únicamente a tres teclas para sobrecogernos: paisaje, sonido y psicología. Los párrafos en los que intenta, y consigue, agarrarnos el corazón a través del oído son especialmente asombrosos. Extraños gongs celestiales -o infernales-, cristalinos tintineos de criaturas devoradoras de almas, ensordecedores estruendos de ríos potentísimos que aturden el sueño hasta suspender la mente… El sonido es fundamental en la creación de la atmósfera de «Los Sauces», nombre que hoy suele corresponder a urbanizaciones residenciales, pero que en la imaginación de Blackwood fue una rendija entre mundos, un vórtice, un eje de comunicación entre lo desconocido y lo tranquilizador.

Sí, supongo que ya lo habéis intuído: «Los Sauces» tiene mucho de precursor de «Twin Peaks». En vez de sauces, abetos Douglas. Pero el mismo sonido inquietante del viento en sus hojas. Y sobre todo esa fantasía alrededor de un lugar en el que lo dimensional de los mundos abre puertas por las que se cuelan y circulan seres, experiencias, depredadores, angustias, víctimas…

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