Desde un punto de vista científico, la información que maneja el gobierno de España respecto a Covid-19 es comparable a la que tendría un espectador de un partido de fútbol que sólo viera la portería de su equipo, y de frente. Ve que entran goles, pero no sabe por dónde se acerca el ataque, ni apenas en qué consiste el juego. Me explico.

Los dos únicos datos que parecen manejar los responsables de la salud pública son la cifra de contagiados y la de fallecidos infectados. Y toda la estrategia consiste en observar las curvas que dibujan ambas cifras en su evolución, confiando en el principio filosófico de que «todo lo que sube, tiene que bajar» -en algún momento, en los próximos días.

Vamos a suponer un país ficticio en el que la población infectada se volviera verde, y un software de ubicación instalado en un chip subcutáneo fuera capaz de identificar en cada momento y en cada lugar cuántos puntos verdes hay, qué trayectos hacen, y con qué otros puntos grises -no infectados- se relacionan. Ciertamente, en ese caso sí que tendríamos una visibilidad total sobre la evolución de la pandemia: se podría confinar individualmente a los puntos verdes, y se detectarían zonas de riesgo en función de la cantidad de ellos en un área determinada. Se podrían hacer cuarentenas hiper-localizadas, permitiendo la vida normal en el resto de áreas sin puntos verdes.

Esta ficción, un tanto orwelliana es, más o menos, lo que ha permitido a Corea y Japón doblegar «el tan ansiado pico» de la curva de contagios y fallecimientos por iniciativa propia, y no por contemplación o conjeturas. Para saber si uno es gris o verde, se le hace un test. Y para saber dónde está se le geolocaliza a través del móvil, algo que ya hacen todos los días cientos de empresas de telefonía para propósitos de marketing y big-data.. Sin ir más lejos, el propio INE (Instituto Nacional de Estadística) español lanzó hace bien poco un proyecto de geolocalización, no sin polémica, ya que en España la privacidad individual se valora altamente, en muchos casos por encima de beneficios como la seguridad colectiva.

Así, mientras en Corea y Japón se pudo monitorizar casi en tiempo real el avance y difusión del coronavirus, aislando núcleos y personas verdes, y comunicándoles su condición para que tanto ellas como sus vecinos tomaran especiales precauciones, en España nos tenemos que limitar a mirar las curvas, conjeturando sobre sus movimientos. La única estrategia posible consiste en inmovilizar a todos los puntos del país, sean grises o verdes, aunque un punto verde inmovilizado junto a uno o varios grises les haga cambiar de color.

Incapaces de visibilizar la situación real, recurrimos a la superstición del encierro total, moderna forma del ascetismo típicamente hispano: hay que sufrir para merecer el don del cielo que haga, como por encanto, que las curvas lleguen a sus picos y comiencen a caer. Miramos a ese cielo de los picos; las oraciones se sustituyen por #hashtags, y las procesiones por aplausos concertados. Se repiten como letanías eslóganes de responsabilidad, y se difunden imágenes de la policía en acción y presuntos delincuentes paseantes sin causa (da igual que fueran grises o verdes) detenidos, con la cabeza gacha, mientras los más exaltados gritan desde los balcones: «¡blasfemia, blasfemo!».

Pienso que el Covid-19 puede ser para Europa lo que 1898 fue para España: el despertar de un sueño de bienestar y excelencia tecnológica que solo era eso, un sueño. 

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