Eludir impuestos está bien. Todos lo hacemos. Es como la masturbación: hace 50 años te decían que te quedarías sordo, que te engordarían los muslos, cosas así, que luego la ciencia reveló falaces. Hoy en día, las charlas complementarias de la educación básica en cualquier sistema democrático europeo avalan el onanismo como práctica no pecaminosa, sin más, con total normalidad, como debe ser.

Con los impuestos pasa algo parecido. La religión socialista predica que debemos contribuir solo a la hacienda pública, y reservar todo nuestro capital espermáticomonetario para ese gran momento de la declaración trimestral o anual, pero la realidad es que a todos nos pone mucho más la canita al aire íntima y privada de evitar, sin dañar a nadie, pagar más de lo debido.

Bromas aparte, hay más: sigue siendo cierto que la prosperidad colectiva se basa en el estímulo de la individual: Adam Smith, hasta nueva orden, sigue plenamente vigente. Una sociedad en la que a cada uno de nosotros no nos interese prosperar individualmente nunca alcanzará el éxito colectivo. No es necesario, a estas alturas, citar referencias históricas recientes, ¿verdad?

Por eso, eludir impuestos está bien. Atención: digo eludir, no evadir. La elusión -sustantivo del verbo eludir- es el acto de evitar, legítimamente, algo que no deseamos. Diría incluso que «elusión» es un vocablo especialmente bonito, culto, que evoca a la ilusión, que hace soñar.

Eludir impuestos está bien. Evitar pagar más si podemos legalmente pagar menos está bien. Ahorrar está bien. De hecho, las leyes abundan en mecanismos de exenciones fiscales para estimular a los contribuyentes a pagar menos impuestos a cambio de ciertos comportamientos: invertir en pensiones, radicar empresas en ciertos lugares, etcétera.

Igual que la administración ofrece un descuento del 50% por el pago anticipado de una multa (¿puede considerarse esto una invitación a la elusión contributiva?), o incluso con el mismo mecanismo que los comercios rebajan sus precios cuando les conviene: hay múltiples mecanismos legales para pagar menos que son totalmente legales, legítimos, perfectos y recomendables.

«Elusión» no es lo mismo que «evasión». El segundo término, de notables reminiscencias penitenciarias, hace referencia -no a una maniobra o regate legítimo- sino a un fraude o infracción de ley. La elusión es saber jugar las cartas de lo legal; la evasión es hacer trampas.

Por todo lo anterior, el titular del diario punto es publicado hoy «La consejera delegada de Bankinter invita a la elusión fiscal…»  merece algunas reflexiones. En nuestro mundo post-verdadero, la palabra «elusión», sólo se diferencia, a oídos interesados, de «evasión»,  en dos letras. Probad a decir rápidamente «¡elusión!» y luego «¡evasión». Varias veces. Rápido y muy alto. Veréis como al final ni los niños son capaces de diferenciar una de otra.

Y en eso consiste hoy, tristemente, el juego de la información: no se trata de contribuir al silencio necesario para la correcta interpretación de los mensajes, sino al contrario, de generar el máximo ruido posible para que el debate público se parezca cada vez más a esas tertulias televisivas en las que, al final, el que tiene razón es el que habla más alto.

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