29 de enero de 2020.

Uno de los efectos más beneficiosos de leer a Cioran es el descubrimiento de figuras inesperadas de la historia literaria. Arroja una nueva luz a nombres que, hasta entonces, sólo habían sido referencias fonéticas, nombres «que nos suenan», pero a los que no habíamos dado ninguna carta de realeza, naturalidad o dignidad. Sin embargo, cuando Emil los menciona se nos aparecen súbitamente alumbrados por una luz totalmente nueva, y nos interesamos por ellos.

El interés del rumano más simpático de los últimos siglos por los aspectos personales, íntimos -incluso impúdicos- del acto literario es el origen de este foco inesperado, esta nueva forma de alumbrar la historia de la literatura y la cultura europeas desde el siglo XVIII al XX. Las «Confesiones» de J. J. Rousseau inauguraron formalmente la impudicia de lo personal como género literario, -en lo que tiene igualmente de orgullo por lo individual, de atención a lo único de nosotros mismos-, y desde entonces abundan las obras cuyo único protagonista es, precisamente, el menda lerenda, es decir, uno mismo, su pequeña cotidianeidad, sus tristezas, amarguras, decepciones, cosas…La abundancia de referencias a memorialistas, pensadores y confidentes de lo íntimo en los escritos de Cioran es abrumadora, y como digo hace que su lectura suponga la oportunidad de descubrir o realumbrar autores y autoras que hasta entonces dormitaban inofensivamente en los apuntes de clase.

Leídas únicamente las 100 primeras páginas de los esperadísimos «Cuadernos» de Cioran recién editados por Tusquets, dos autores han reclamado mi atención inmediata. Podría decirse que Cioran es mi máximo influencer literario, ya que han bastando sus menciones y elogios a las obras de estos dos para que rápidamente buscara en Amazon un par de libritos para inciarme en ellos. Estos dos autores son Emily Dickinson y Joseph Joubert.

El libro de Joubert aún no me ha llegado, pero el de Dickinson sí. El entusiasmo de Cioran por su poesía -el entusiasmo de un escéptico vale doble- me llamó la atención. Y en efecto, tenía razón.

Me ha llegado la la Antología Bilingüe de Dickinson a cargo de Amalia Rodríguez Monroy, editada por Alianza. Sorpresa absoluta. Descubrimiento de una poetisa con una fuerza y finura extraordinarias. Intrigado por la dimensión asiática de sus reflexiones: es demasiado taoísta a veces, demasiado Li Tai Po otras. Pero en todos los casos de una potencia extraordinaria.

Mientras llega Joubert (y luego llegarán más, y más…) quiero instantáneamente agradecer a Cioran, a Simone Boué -su viuda que desobedeció la instrucción de «destruir» anotada en muchos de los 32 cuadernos-diarios de Emil publicados por Tusquets, y a la propia editorial, esta iluminación. La foto de ambas portadas ilustra este matrimonio -o encuentro casual, qué más da.

30 de enero de 2020

La inercia de mi formación académica me pedía, inicialmente, elaborar un sesudo tratado sobre las impresiones de lectura, sus relaciones y circunflexiones. Algo argumentado, razonado, analógico.

Pero me he dado cuenta de que para escribir una reseña adecuada de este fantástico libro hay que seguir su pauta. Nada continuo, nada sistemático. Escribir cada día las impresiones del día. Así se rinde el homenaje mejor a la literatura confesional en la que los Cuadernos de Cioran se inscriben y de la que son, quizás, la cumbre histórica.

Cioran es una escucha, una antena, una sintonía con lo más íntimo y personal de cada cual. Es la impudicia de la filosofía, afortunadamente. Siempre me ha hecho gracia que se la califique como «filósofo», etiqueta que él mismo rechaza de plano.

 

 

 

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