Uno tiene sus querencias. Tarde o temprano siempre vuelvo a escuchar a Graham Parker, Elton John, BB King, Annie Lennox… También se tienen querencias de canciones, y de películas. Con pasmosa e indicativa regularidad, mis borracheras desembocan de vez en cuando en «I don’t want to miss a thing», la canción clip de la peli «Armaggedon», de 1998, dirigida y producida por Michael Bay.

El vídeoclip en sí ya es una obra maestra del género, ese alucinante y maravilloso «subgénero» del cine que entre 1990 y 2005, aproximadamente, produjo, sobre todo para MTV, pero en definitiva para la difusión de la música cuándo ésta aún se vendía en soportes físicos, algunos de los relatos cortos que sobrevivirán en la historia de las artes visuales cuando muchas películas hoy consideradas de culto queden sepultadas en lo más hondo de los olvidos. A las generaciones jóvenes quizás les cueste imaginarlo, pero hubo un tiempo en el que los vídeoclips musicales eran algo más que tuerquins y contorsiones de grupos de baile. Cada fotograma de un vídeo como el anterior está medido e inspirado hasta la máxima profundidad posible, en una época sin drones ni timelapses, pero en la que, eso sí, los efectos especiales alcanzaban cotas nunca vistas de la mano de nuevas herramientas digitales.

Michael Bay, director de Armaggedon, es copresidente y copropietario de la empresa de efectos especiales Digital Domain. También es copropietario de Platinum Dunes, una empresa de producción que ha rehecho películas de terror como The Texas Chainsaw Massacre (2003), The Amityville Horror (2005), The Hitcher (2007), Friday the 13th (2009) y A Nightmare on Elm Street (2010). Se dice pronto, ¿verdad? Aquí está su bio completa en Wikipedia.

El videoclip musical aportó al cine frescura de intención, que es lo que siempre necesita, y sobre todo una excelencia de factura técnica que muchos largometrajes -especialmente los subvencionados- no han llegado a rozar jamás siquiera. De la misma época es aquella minipeli de Meat Loaf, «I would do anything for you» (1993), una auténtica lección de producción cinematográfica cuya memorización plano a plano debería exigirse a todos los estudiantes y estudiantas de comunicación audiovisual, si es que queremos llegar a algo.

Armaggedon ganó 4 Óscars: mejor canción, obviamente, pero también mejor sonido, mejores efectos especiales y mejores efectos sonoros.  Fue severamente criticada por su menosprecio de la verosimilitud científica, como si esto importara a alguien a la hora de hacer una película fantástica. A ver cuándo, de una vez, se enteran los críticos de que la verosimilitud es una cualidad muy tangencial y prescindible de la construcción narrativa: es incluso contraria a ella: cuánto más inverosímil sea una historia, y más nos enganche, más arte. El talento consiste en hacernos comulgar con ruedas de molino, conseguir que abramos la bocaza absortos por la maravilla del despliegue técnico, la persuasión narrativa.

De todas formas, el reparto de la peli es también excepciónal: Bruce Willis (que si sólo tuviera una virtud es su cara de piedra que nunca falla), Ben Affleck, y una Liv Tyler que por aquélla época protagonizaba también algunos de los vídeoclips MTV más rompedores de su padre, tales como el «Crazy» con Alicia Silverstone que era una deliciosa versión light y muy carnal de Thelma y Louise, también de aquélla époc, por cierto. También están en Armaggedon Steve Buscemi (Reservoir Dogs, Boardwalk Empire), y Billy Bob Thornton, entre otros.

Hay humor, hay tonterías, y hay una de las mejores secuencias de acción pura jamás producidas: el aterrizaje de la nave de Bruce en el asteroide asesino. Lamentablemente, no encuentro esta secuencia en vídeo compartible, pero puedo describirla: es una apoteosis de cinco minutos de aterrizaje de una masa de hierro y acero chocando contra puntas de piedra cósmica, deshaciéndose en mil pedazos, perdiendo motores, alas, tanques y segmentos, destrozándose la panza en un festival de chispas incendiarias, provocando un estruendo de chirridos y baúles por el suelo capaz de silenciar el mensaje de la historia, rompiendo cristales, llevando a sus tripulantes al filo de la muerte, y finalmente deteniéndose como una vaca herida sobre una pequeña llanura benévola del cuerpo extraño interestelar. ¿Os hacéis una idea?

Otra de las ternuras implícitas en este peliculón es el papel liderador de Estados Unidos en la lucha contra las amenazas planetarias. Dicha cosa si queda patente en este extracto: https://vimeo.com/92324047 

Claro que es ingenuo, tonto, nacionalista… y todo lo que queráis, pero hay que tener en cuenta que si hoy se dirigiera un asteroide asesino hacia la tierra, el presidente Trump diría algo así como «bueno, parece que va a impactar en China, nos viene bien». Nostalgia de cuando el mundo parecía una verdadera aldea global, y no el patio de vecinos malhumorados y adversarios que es hoy.

En fin, amigos, un peliculón. Todo lo que os puedo decir es que compréis una buena bolsa de pipas Facundo, un par de cervezas (o si encontráis vino Q de Ribera de Duero, es magnífico) y aprovechéis alguno de estos días navideñofestivos para rever Armaggedon y disfrutar como los niños y niñas que siempre quisimos ser hasta que nos dijeron que teníamos que ser responsables, solidarios, conscientes y no sé cuántas otras cosas más. Que también, ¿eh?

(Dos notas más para disfrutar del videoclip: atención al compás extendido a partir del minuto 3.14″, que retarda unos segundos el golpe de platillo para hacerlo coincidir con el despegue de la nave, que tiene lugar en el mismo hangar donde está teniendo lugar la actuación de Aerosmith y cuyo humo empapa al grupo, provocando además un cambio de coloración fantástica de azules a sienas a partir de aquí. Y la escena final, con una de las últimas tomas producidas en el siglo XX, y en la historia, de esa «niebla» de pantalla catódica que Spielberg supo interpretar como nadie en «Poltergeist»).

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