Cuando su significado y su orden

no tengan importancia,

cuando juegues con ellas como un niño

con las piezas sueltas de su juguete,

y su sonoridad se traduzca en colores,

los tiempos verbales en rayos de luz,

los pronombres suenen como trompetas,

y seas capaz casi de leer poesía

en hindú, farsi, alemán o chino,

incluso sin saber una palabra de estos

idiomas; cuando cada pérdida de memoria

de una palabra sea

tragedia irreparable y no pares hasta

recuperarla, buscándola de noche,

linterna en mano, por sótanos y calles

polvorientas, azules, oscuros.

Cuando las acaricies casi casi como a alguien

humano o animal, y la palabra «rodilla»

la notes dura, suave, toques el hueso

a pocos milimetros de la piel, notes

cicatrices antiguas, sepas cuál es

con los ojos vendados; cuando

no necesites más que un boli y un papel

para ser feliz o comprender tu desgracia,

cuando hables sólo porque cada palabra

que digas merece ser dicha, y bien

dicha; cuando

los signos de puntuación se cuelen en tus manos

como arena junto al mar, y los puntos

suspensivos, y las comas, paréntesis, asteriscos,

corchetes, negritas, cursivas, fuentes

tipográficas, palabras, cuando fluyan

como un agua inevitable, un río, una cascada,

como lágrimas, como vapor, como un rastro

apenas perceptible, una huella de calor,

un cerco de copa en la mesa,

en verano, evaporándose rápidamente, cuando veas

pasar todo esto, y oigas exactamente

las palabras que estás diciendo, leyendo,

oyendo, viendo, entonces

entonces

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