En realidad, la historia del Arte

es la historia del Porno, en cierta forma.

Desde la Venus de Willendorf a Boucher,

desde Miguel Ángel a La Chapelle,

parte del Arte siempre ha sido Porno

bien hecho, eso sí. La diferencia

entre el arte bueno y el arte barato

es la calidad de la factura, claro.

Digo factura en sentido «hechura», no de precio.

Es tal la fascinación que el cuerpo despierta

que desde que el mundo es mundo hay fetichistas

dispuestos a pagar por una representación

del mismo que más o menos case con sus fantasías.

En eso consiste el Porno. Y el Arte, en parte.

Curiosamente, este enfoque casa bien

con la oposición sistemática de l@s integrist@s

al Arte y al Porno. Tod@os l@s fanátic@os

del mundo mundial eligen la desnudez

como objetivo básico de sus condenas,

ya sean católic@s, musulmanes o feminist@s.

Cuando pienso estas cosas, me siento mejor

navegando en páginas Porno, ya que algunas

contienen genuínas obras de Arte fotográfico,

que quizás algún día se exhiban en los Museos

del futuro. Un pobre consuelo, sí, pero bueno.

 

NationalGallery

 

 

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