Y es así como acaba cada día. Cada día

es una pequeña vida. La mañana es la infancia,

vital, despreocupada, llena de proyectos, ideas,

buena gente, motivada, positiva, claro que sí.

El mediodía es la adolescencia: el sol en lo más alto,

el hambre que comienza,

la plenitud de las fuerzas. Comer

es igual que ser joven: un banquete

de sensaciones, camaradas, compañías, sin límites.

La siesta marca el tránsito al inicio de la madurez.

Cuando te quieres dar cuenta, han pasado varias horas,

y el sol desciende, y queda menos día. Sin embargo, lo que queda

es fabuloso: un silencio interior, la sensación de haber

superado la prueba, la sensibilidad a flor de piel

respecto a colores, voces, vinos, versos, libros, mapas.

Así transcurre la cosa, de forma que hacia las nueve

uno se jubila, y cena, aún con fruición, glotonería,

escándalo, como si no hubiera un mañana, de todas formas.

El vino vuelve a correr sobre mesas y bocas, se cuentan chistes, el momento recuerda

los días de juventud transcurridos apenas unas horas antes.

Después de la cena es hora de ver la tele un rato, como en el asilo.

Uno está ya en las últimas. Se cierran los ojos, y apenas hay fuerzas

para sentarse frente al pecé y escribir estos versos. Casi casi se desea

que llegue la muerte dulce del sueño, la hora de dormir, una vez más,

el olvido, la nada, la delicia, la fantasía, el territorio

oscuro y brillante a la vez donde la vida se repliega para digerirse a sí misma.

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