Es uno de esos autores -como Kafka, Bukowsky, Lynch, Lorca, Cernuda, Cervantes, Góngora, Cioran- a los que uno vuelve sistemáticamente. A lo largo de los años, en diversas situaciones y momentos espirituales -si es que uno tiene algo parecido a un alma-, la relectura de Ramón Gómez de la Serna surge espontáneamente, con la misma naturalidad con la que se visita el barrio de la infancia, se reescuchan los discos de los primeros Rollings o se vuelve a pasear por el Retiro. Y en cada una de esos regresos la figura de Ramón se agranda.

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La historia literaria oficial le tiene, sin duda, consagrado como uno de los mejores entre los segundos espadas de la Edad de Plata de las letras españolas. Se reconoce su innovación formal como inventor de la «greguería» -ese chispazo metafórico con el que generó la mayor parte de su lírica; se reconoce su rol fundamental como dinamizador de las vanguardias de principios del siglo XX -y sólo por esto Umbral debería, también, ser agradecido.

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Pero ambas medallas anteriores se quedan muy cortas. Según pasan los años, Ramón crece. Fue bajito, sí, de estatura, pero su obra le agiganta día a día.

En primer lugar, la «greguería» resulta visionaria del sistema de consumo literario y artístico actual: fragmentado, breve, ocasional. Vivimos bajo el signo del «flash». Warhol lo supo ver, a mitad de siglo XX, en artes plásticas. Ramón lo adivinó mucho antes, intuyendo que la publicidad, los eslóganes, los titulares periodísticos y radiofónicos, y la ya entonces creciente lucha mediática por la preciada atención de los espectadores, lectores y radioyentes eran circunstancias sociológicas determinantes para un nuevo formato de creación poética. Simplemente dicho: «visionó» Twitter muchas décadas antes de su implantación.

Claro que este poder de anticipación, en sí mismo, no basta para dotar a un espíritu de verdadera grandeza literaria. Leonardo también anticipó el aeroplano. La capacidad de atar cabos entre las tendencias de futuro para acertar sus combinaciones es sin duda una proeza de inteligencia. Pero la literatura es otra cosa.

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Y aquí es donde encontramos, una y otra vez, la verdadera grandeza de Ramón. No en la invención de un género epigramático, telegramático, tuitero, publicitario y actualizador del aforismo; no en su generosidad social como agregador de sensibilidades en torno a cafés y tertulias de vanguardias, sino en la misma esencia eterna de lo literario: la capacidad de expresar los pensamientos y emociones más temporales, individuales e intensos como si fueran eternos, colectivos e inofensivos.

Valgan algunos ejemplos, naturalmente tomados de sus Greguerías:

«El que está en Venecia es el engañado que cree estar en Venecia. El que sueña con Venecia es el que está en Venecia» (¡platónico y sabio Ramón..!)

«El arroyo trae al valle las murmuraciones de las montañas» (animista, qué delicia de metáfora imaginar a las aguas como cotillas de pueblo contándose chismes…)

«Lo peor de la ambición es que no sabe bien lo que quiere» (¡qué bien retrata la angustia insaciable del que nunca está contento con lo que tiene..!)

«El sueño es un pequeño adelanto que nos hace la muerte para que nos sea más fácil pasar la vida» (y qué tremenda amargura tan bien trenzada en esta frase…)

«El ruido de los pies descalzos de una mujer sobre los baldosines da una fiebre sensual y cruel» (ecos del «Tango del Viudo», de Neruda -Josie Bliss caminando cuchillo en mano…)

«Son más largas las calles de noche que de día» (axioma del solitario que regresa cansado a casa…)

«La tragedia de la gota de agua que cae en el lavabo toda la noche angustia como nada el corazón humano» (el tiempo…)

«El niño que toca la armónica chupa un caramelo de acordeón» (esto de definir la armónica como «caramelo de acordeón» en boca infantil es verdadera y genuinamente gongorino)

«Hacía tal calor que los murciélagos se volvieron loros» (exageración andaluza, equívoco fonético entre «loros» y «locos», de la cueva al trópico…)

«Lo que defiende a las mujeres es que piensan que todos los hombres son iguales, mientras que lo que pierde a los hombres es que piensan que todas las mujeres son diferentes» (y Ramón de amores algo llegó a saber, sin duda!)

«El cerebro es un paquete de ideas arrugadas que llevamos en la cabeza» (es que uno lo visualiza así en seguida, ¿verdad?)

«Las costillas del esqueleto simulan una jaula rota de la que se ha escapado el pájaro» (¿se puede definir el alma con mayor gracia y hondura?)

Después de leer líneas así, ¿se puede seguir dudando de la grandeza de Ramón, ¿o le ascendemos de una vez a la primerísima división de la historia literaria española, donde a buen seguro le recibirán con los brazos abiertos Federico, Rafael, Miguel, Antonio, Luis…?

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