Iba yo caminando, a renovar

los papeles del seguro, cabreado,

porque a las diez y media tenía que estar

en otro lao, un marrón, ya sabéis esas cosas.

El riñón derecho me dolía

como siempre, el picor de resaca

habitual, la semana que viene

empiezo en el gimnasio sí o sí.

Recibí una llamada, de un cliente

que aceptaba presupuesto, a veces

pasan esas cosas, suena el teléfono

y resulta que es algo bueno.

Paro a tomar un café, suena el móvil,

tengo mensajes, me ocupo de mi vida.

Es otoño, una vez más, se acaba el año.

Prosigo mi camino, y voy andando

casi feliz, distraído, y entonces

un chaval que se cruza conmigo me dice

«señor, lleva el alma fuera», y me doy cuenta

de que arrastro mi corazón por el suelo,

que voy por avenidas decembrinas

dejando un rastro de llaveros y lágrimas.

 

 

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