Era azul, pero no un azul natural, sino muy saturado,

solarizado, casi violeta. Una luz artificial y muy intensa,

muy oscura, estroboscópica, y el sujetador -si llevaba-

se le veía a la chica como un antifaz negro del corazón

bajo la blusa blanca ibicenca y la rubia melena cabellera lavada con jabón y vinagre.

Era azul, y el color se perdía entre los mil cubitos

de hielo del enésimo licor, a su vez reflejado por una barra de espejo, a su vez

reflejada por un techo de espejos, a su vez iluminados por la bola de disco esa.

Parecíamos libres, con nuestro aire acondicionado y el último disco

recién llegado de Londres. No sabíamos dónde íbamos, ni por qué, ni a dónde llegaríamos,

era un juego, sólo un juego, ser parte de un cuadro solarizado en azul

intenso, y violetas, y siluetas, y círculos concéntricos, y melenas afro. Fue

lo más cerca que llegamos a estar del amor en el siglo XX, ¿verdad?

 

psychedelic-girl

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