Me ha gustado mucho este mundo.
Sus cielos azules, la luna blanca, las cañas
amarillas llenas de burbujitas, los mejillones
naranjas, y las patatas fritas amarillas.
Las nubes grises y la selva verde, los ojos
negros de una luz tan poderosa como el rayo,
la piel rosa, los pezones marrones, la lluvia roja.
Es un mundo muy colorido, desde luego.
Me han gustado las piedras, de imaginación
infinita, sobre todo desde que las miras al microscopio
y descubres su fabulosa arquitectura de cristales;
la piedra más gañana, el ñosco más humilde
es una catedral de enlaces moleculares sofisticados
hasta decir basta. Y si encima nos vamos a una galena,
malaquita, pirodendrita o rosa de los vientos, qué pasada.
Por eso, uno de los lugares que más me han gustado
de este mundo ha sido el Museo Geominero, en la calle
Ríos Rosas, en Madrid, una de mis ciudades.
Allí están expuestos, en galerías concéntricas, bajo una bóveda
de vidrio labrado y en vitrinas del siglo XIX, cientos
de minerales a cual más bonito. Yo estoy convencido
de que las piedras están vivas, lo único que pasa
es que su tiempo vital es mucho más lento que el nuestro.
Pero también nacen (se forman) y mueren (se desgastan, desaparecen, se rompen).
Eso sí, no se reproducen. Si no, el Museo Geominero
sería el Arca de Noé o el César Palace de Las Vegas, no sé.
Me han gustado mucho las piedras.
También me han gustado las plantas.
Desde la brizna de cesped a las orquídeas,
helechos, potos, lechugas, y la reina de todas, el romanescu,
la más barata, además, con su fabulosa fractalidad
(es bastante raro que los cocineros estrella no hayan disparado
la cotización internacional del romanescu). Las plantas
que crecen entre las ruinas de los bombardeos,
entre las grietas del hormigón, entre las ruinas de Angkor,
y que algún día crecerán donde ahora escribo,
me han gustado mucho. Son como los minerales, pero
más rápidas, más imaginativas, más graciosas.
Las hay femeninas, como el jazmín o la rosa, y otras
machotes, como el pino, el abedul o el olivo.
Las hay tenaces, como la yedra, y efímeras, como las setas.
Las plantas descubrieron el sexo. En eso, desde luego,
son superiores a las piedras. En primer lugar, inventaron las flores
para escenificar la atracción, la seducción, el deseo. Lo hicieron
tan bien, tan bien, tan bien,
que atraen a las abejas, daros cuenta, bichos
muy posteriores en la escala evolutiva. Incluso atraen a las mujeres, bichos
muchísimo más posteriores y perfectos.
Además, las plantas inventaron un nuevo arte: el perfume.
No contentas, las muy capullas, con inventar las flores,
se sacaron de la manga un repertorio inagotable de aromas
irresistibles, codificados en un lenguaje que habla
directamente al oído del alma, que es el lenguaje del alma.
Me han gustado mucho.
En cuanto a los animales, me han gustado
unos sí, y otros no. Los perros, desde luego
que sí, mucho. Los hipopótamos, no.
Con las personas me ha ocurrido algo parecido.
Algunas me han gustado mucho, muchísimo, demasiado,
pero de otras pienso que no deberían haber nacido.
Me han gustado personas vistas al azar, en alguna
de las ciudades que he conocido (Río, Venecia, Berlín, Astorga…)
y personas con las que he vivido, convivido y amado y luchado.
Mucho.
Pero no me han gustado nada los miles de hijosdeputa
que hay en el mundo, abducidos por satanás, crueles, fríos,
a quienes llamar hijosdeputa es insultar a la madre, no a ellos.
Esto es lo que menos me ha gustado
de este mundo: parece ser que hay
un virus contagioso de maldad
flotando en la atmósfera, y cualquiera
de sus habitantes parece que podría, contagiado,
transformarse en canalla, torturador, demonio.
El otro día iba en el metro y pasó una mujer
mayor, muy despacio, con la biblia entre las manos, y decía
“leed la biblia, leed la biblia”, y no pedía nada, y otras mujeres
le dijeron que no las molestara, y yo no supe
discernir dónde estaban el bien o el mal en cada caso. En fin.
Anécdotas aparte, me ha gustado mucho.

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