Cuentan que Freud supo

que había llegado el fin

cuando su perro rechazó

el beso que le ofrecía en los morros,

olfateando la gravedad del cáncer

de garganta que padecía.

El perro se echó hacia atrás,

y huyó, y fue más fuerte

la repugnancia a la podredumbre

que la lealtad al dueño.

Freud no le culpó, claro.

Pocos días después se administró

una dosis letal de morfina, pues era

médico. Fumar mata. Pero

no me interesa esa moraleja.

Lo que me interesa es el momento

de sordo diálogo entre Freud y su perro,

y como supo leer el bueno de Sigmund

en los ojos y el ladrido de su amigo

la hora final. Hasta en eso

el perro es el mejor amigo, que nos dice

cuándo ya no merece la pena más ná.

 

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