Durante mucho tiempo pensé que «La Diligencia», de John Ford, era la mejor película del mundo. El dibujo de sus caracteres, su narrativa perfecta, su carácter de comic lineal magistral. Aun hoy desde luego sigo viéndola de cabo a rabo en fechas señaladas y momentos especiales y me sigue resultando sencillamente magnífica.

Luego ví «El Hombre que mató a Liberty Valance», también de Ford. Aquí la épica del Far West adquiría sorpresivamente un tinte personal, de tragedia íntima. Ya no se trataba de buenos y malos, de vaqueros e indios, sino de valores, de cómo se construye un país, una vida. El sacrificio de Tom matando a sangre fría a Liberty (para evitar que éste a su vez matara al payaso) tiene una carga poética espectacular. No sé si hay unidades de medida para la carga poética, pero el momento en que Tom mata a Liberty desde el callejón debería ser una referencia. Por encima de este nivel, es poesía. Por debajo, una mierda. Propongo que la calidad poética se mida de ahora en adelante en «LibertyValances».

Luego ví «Blue Velvet». Esta peli seguía reproduciendo el esquema de buenos y malos de toda la vida, pero fue la primera en presentar al malo como alguien interesante, gracias a la interpretación de Dennis Hopper. O mejor dicho: fue la primera en presentar al malo como una simple encarnación del mal, un inocente, un pardillo, una víctima. David Lynch comprendió y trasladó en su arte cinematográfico que no hay «buenos y malos personas», sino que el mundo mismo es una perpetua escenografía del conflicto permanente entre el bien y el mal universales, cósmicos, eternos. Eso significan los planos iniciales de «Blue Velvet», con sus bomberos y sus insectos bajo tierra, y esa oreja cortada a lo Van Gogh.

Luego ví «Mon Oncle», de Jacques Tati, y comprendí por qué el séptimo arte se llama «audiovisual», y la primera parte de esta palabra se refiere al sonido.

Luego -bueno, siempre- ví Polanski. Nadie ha sabido transmitir como él el misterio del mundo, la magia impenenetrable del bien y el mal. Toda la obra de Polanski es una tesis sobre el bien y el mal, en su sentido universal. Aunque haga pelis chorras, a veces. Roman Polanski es uno de esos tipos que parecen haber estado en el infierno y saben que van a volver a él si no hacen méritos suficientes. Nunca me canso de ver y rever sus pelis, especialemente «Tess», «El Quimérico Inquilino» y «Frenético». Hay dos que están por encima: «Lunas de Hiel» y «El Pianista».

«Lunas de Hiel» es quizás la mejor fotografía jamás tomada del complejo paisaje de las relaciones amorosas.

«El Pianista» es sin duda alguna la mejor peli de Polanski, y el mejor también retrato cinematográfico de la tragedia que supuso el nazismo. Es, de hecho, la mejor película «de guerra» jamás realizada. Debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas de Europa y el mundo.

Pero uno es filólogo. Por eso no le valen sólo las buenas películas. Busco algo más.

Creí encontrarlo cuando ví «Mulholland Drive», de nuevo de Lynch. Por primera vez una película rompía la estructura narrativa lineal, jugaba a cintas de Escher. Algún día escribiré cosas mucho más densas y sesudas sobre esta obra maestra.

Mientras buscaba la mejor película del mundo, iba a l cine.

Y en una de esas, ví «La Vida es Bella», de Roberto Benigini.

Al principio, me pareció una comedia graciosa.

Luego me dí cuenta de que es la mejor película del mundo.

Ninguna otra plantea de manera más clara y simpática la verdad fundamental de la vida: la vida sólo es vivible si alguien te engaña lo suficiente para hacerte creer que es bella. 

LaVidaEsbella

 

 

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