Si supieras cómo he buscado

tu rastro por todas las redes,

como quien recorre hasta el último bar

del último pueblo del universo.

Si supieras cuántas veces

he repasado tus tuits, uno a uno;

o revisado las fotos de tu muro,

como quien cuenta un tesoro,

moneda a moneda, día a día,

gesto a gesto, tontería a tontería.

Cuántas noches, y qué tarde

muchas de ellas me he levantado

para ver si brillaba la luz del wasap.

Adicto, sin duda, enamorado, loco,

suicida, robándole horas al sueño,

quizás porque mi verdadero sueño

eras tú, y para qué dormir entonces.

Y cosas peores aún: averigüé la clave

de tus cuentas, como quien encuentra

la llave de las alcobas prohibidas,

y entré, de puntillas, temblando,

y recorrí las bandejas de entrada y salida,

y te conocí por dentro, clandestino

fantasma enamorado bordeando el delito

por pura necesidad de saber de tí.

No hay amor que no incurra en faltas

más o menos graves, dicen los gurús;

pobre consuelo. Tiemblo cuando siento

la tentación de volver a violar

tus cuentas, y generalmente consigo

doblegarla, porque sé que no se debe,

no sólo porque esté mal, sino también

porque no todo está escrito para mí.

Tiemblo si la tentación insiste,

y ¿sabes? finalmente no lo hago

porque temo descubrir que hayas cambiado

las cerraduras, y el momento

de girar la empuñadura y notar

que mi llave ya no va, no sé si podría

resistirlo. Prefiero no saber.

Rey imaginario aún de un palacio

deshabitado que miro desde el jardín,

oculto tras la maleza y la lluvia.

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