Salía yo de un bar,

esta tarde,

la primera tarde de invierno.

Hoy ha empezado el frío

en Madrí, donde vivo.

El frío ese que da en las orejas y la punta de la nariz,

que tanto gusta al principio y tanto duele después.

Bueno, pues estaba yo en ese bar

tomando un gin tonic para celebrar

el principio del invierno, y no pasó nada

dentro del bar.

Pero cuando salí, sí. Nada más

pisar la calle, miré

hacia abajo y ví un perro

atado en el exterior del bar, como si fuera

un caballo en la barra esa de los «Saloon» de las películas del Oeste.

El perro y yo

cruzamos miradas.

Yo salía del bar, con mi gintonic en el coleto, no feliz, pero sí

contento. El perro estaba ahí, solo, y eso, con el principio del invierno.

Nos miramos.

El perro y yo, durante medio segundo. Era un boxer, pero da igual

la raza para lo que voy a contar.

Al mirarnos, supe

que sí, que existe el alma.

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